Apuntémonos a la revolución de la accesibilidad

Cuando era adolescente recuerdo que mi madre me decía recurrentemente una frase: “Cuando seas madre lo entenderás”. Era un recurso que salía a menudo a la luz en las conversaciones sobre llegar tarde por la noche, sobre su imposibilidad para dormir hasta que llegáramos sanas y salvas en casa. Y ciertamente, ahora que soy madre, y a pesar de que por suerte todavía no me toca sufrir las noches de fiesta porque mi hijo todavía es pequeño, creo entender como se podía sentir. Y es que, si bien todos y todas conocemos la palabra “empatía”, que es la capacidad de una persona para poder ponerse en la piel del otro para entender su sentir, vivir una cosa en primera persona es aquello que más te hace ver una realidad. Explico esto porque hace unos días tuve la ocasión de poder participar en una formación para ponerme al lugar con personas con diferentes discapacidades y “vivir” su día a día en la ciudad. Así, por ejemplo, salimos a la calle equipados con una silla de ruedas que una vez detrás el otro se emperraba al desviarse hacia la acera, pues las aceras de mi ciudad tienen una ligera pendiente para evitar la acumulación del agua. Nada. Dimos solo una vuelta en unas cuántas islas de casas, pero fue suficiente para comprobar como de difícil es salir y hacer una vida mínimamente normal con una silla de ruedas. Cruzes mal diseñados que hacen que girar de una calle a la otra sea un peligro, aceras con bordones tan elevados que es imposible bajarlos si vas solo, tiendas y parques infantiles inaccesibles… en definitiva, espacios que no se han pensado para todo el mundo. Lo mismo pasa en muchas calles si eres una persona ciega. Desorientarte puede ser muy fácil por la carencia de pavimentos podotáctiles, por la dificultad de cruzar la calle ante la carencia de semáforos sonoros… o las personas sordas, que pueden tener dificultades por cosas tan simples como hacer una ruta turística con un guía y por cosas tan básicas como poder poner una denuncia y entenderse con un agente de policía. Y los agravios no se acaban aquí, las mismas dificultades pueden tener las personas con discapacidad cognitiva.

Las personas tendemos a quejarnos siempre. Siempre. Solo hay que entrar un minuto a twitter para comprobar el estado de indignación que transpira esta red social. Nos quejamos porque hay personas que no recogen las cacas del perro, porque los pavimentos no están en buenas condiciones, porque las aceras son estrechas, porque los trámites a la administración son dificilísimos… pero no nos imaginamos como este mundo de pequeñas trabas que tenemos nosotros llega a ser de difícil para personas para quienes no se ha pensado. Por eso quiero hacer un ruego desde este espacio que se me concede y es que pensemos realmente en las personas, en todas las personas cuando construimos nuestra ciudad. Porque la tarde después de hacer la formación no podía evitar pensar que las personas ciegas, sordas, en silla de ruedas.. son unas valientes, y me niego a pensar esto! Porque no lo tienen que ser para cosas que a nosotros no nos requieren esfuerzo. Tienen que poder hacer su vida en igualdad, y salir a la calle sin que esto sea una aventura digna del universo Marvel.

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