Laporta se enfrenta a un mandato más incómodo y tenso tras el adiós de Piqué

Sin el capitán ‘tóxico’ en el vestuario, renunciando a medio año de ficha, ya no hay excusas para ese exceso de 200 millones de masa salarial ni tampoco para los malos resultados

Joan Laporta

Joan Laporta empieza a acreditar un palmarés impresionante después de echar a Messi y a Piqué, ambos con el mismo mecanismo, envolvente, prometiendo conscientemente lo que sabía que nunca podría cumplir, luego dejándolos en la estacada, engañados, y, al final, acusándolos, encima, de deslealtades y mentiras.

De Messi, ya está explicado de sobras. Laporta sigue abusando y utilizando pérfidamente esa presunta relación suya, del todo inexistente, porque sabe que Leo no va a entrar en el juego ni va a responderle o afearle su actitud, no vaya a ser que la no menos perturbadora prensa laportista interprete y manipule cualquier reacción suya como un ataque al Barça. Leo prefiere pasar y esperar que el tiempo ponga al presidente en su sitio.

Con Piqué, en cambio, no le ha salido tan bien la jugada. Al contrario, el central no se ha dejado golpear como si fuera un punching ball ni tampoco se ha ido amargando acosado por la mala leche de Laporta en la asamblea y la no menos acusadora actitud de Xavi para sacarse de encima el muerto de la eliminación de la Champions tras el partido del Inter.

Lo peor, con todo, no fue que Piqué, astutamente, provocara que la grada silbase al palco cuando agradeció de forma genérica el trato recibido por todas las directivas de su carrera. Tampoco que no cerrase la vuelta de honor con un saludo a la presidencia como quería Laporta. Eso tampoco le salió como esperaba, pues cuando quiso reaccionar a la imprevista decisión de Gerard e invitó toda la familia del central y a su entorno al palco del Camp Nou ante el Almería lo único que obtuvo fue una elegante negativa. Por ese motivo, al retirarse a los vestuarios, a los pocos minutos de esos gritos de “President! President!”, Piqué no dirigió ni una mirada, ni simpática ni agria, a la zona noble de la grada. Un gesto de indiferencia de los que duelen.

Billy el Niño no hubiera disparado tan rápido ni con tanta puntería. La cuarta bala, la verdaderamente peligrosa y más letal de todas, es de efecto retardado, pues a Laporta y su proyecto se le ha añadido una presión añadida ahora que sin Piqué ya no puede servir de excusa el peso de esa herencia en forma de jugadores que, como se ha venido repitiendo exageradamente, cobran muy por encima de su rendimiento o valor de mercado.

Ha sido un mantra periodístico recurrente de la propaganda oficial en los malos partidos o resultados del equipo de Xavi, amplificado y artificialmente concentrado en un solo fallo de Piqué y en un solo partido. Así de bien funciona la Gestapo laportista.

Lo cierto es que Jordi Alba y Sergio Busquets ya no pueden formar parte de esa cadena de excusas, pues no son ningún eslabón perdido del affaire Piqué, sino titulares indiscutibles del actual equipo de Xavi, para lo bueno y para lo malo. Además, Busquets está con una ficha de 14 millones este año y Jordi Alba, en silencio, se avino a un recorte para seguir. El salario de dos futbolistas históricamente rentables, idolatrados, titulares y profesionales hasta la médula no puede provocar un desequilibrio de 200 millones, la cifra que LaLiga le exige a Laporta que reduzca a 1 de julio de 2023.

¿Solucionado con la marcha de Piqué? Para nada, el marrón que le queda a Laporta sigue siendo de dimensiones descomunales y sigue siendo una adversidad que nada tenía que ver con las condiciones de los capitanes sino con la pésima gestión económica, financiera, deportiva y patrimonial de una junta sin nadie con conocimientos, experiencia y arrestos para decírselo a la cara al presidente-CEO.

Todo lo que se quiera fantasear sobre la perniciosa continuidad, actitud o participación de los capitanes sólo puede formar parte de una persecución enfermiza, pues que sigan apareciendo en el once en cada partido es directamente responsabilidad de Xavi.

Al único que Laporta quería eliminar de la ecuación era Piqué por el doble motivo del peso de su salario y porque si esta temporada jugaba el 35% de los partidos automáticamente se le renovaba por año más de contrato. Luego se ha sabido que, en realidad, cuando Piqué se rebajó su ficha en verano de 2021 -para que cupiesen las altas de Eric Garcia y Memphis Depay- lo hizo a cambio de asegurarse la prima de final de carrera. Más o menos, Laporta le comprometió el mismo dinero que había pactado con Josep Maria Bartomeu.

En definitiva, que como Laporta no había podido aliviar la masa salarial el verano pasado, básicamente porque ni los capitanes ni nadie iban a someterse a algo que ni la propia junta de Laporta estaba dispuesta a hacer -o sea, a un plan de rigurosa austeridad- al presidente le entró un ataque de impotencia y de rabia. La gota que colmó el vaso fue que él mismo hubo de avalar con su patrimonio personal ante LaLiga para poder inscribir a Koundé. Aquel día Piqué fue sentenciado por el mismo presidente que desde entonces ha estado removiendo cielo y tierra para que se fuera y que cuando decide irse entonces filtra que ha intentado convencerlo para que se quede.

Muy propio del cinismo y de la hipocresía de Laporta que también ha movido todos los hilos para intentar disolver esa impronta mediática de que Piqué se va harto de sus mentiras y de sus puñaladas traseras.

Desesperado, Laporta quiso convocar una rueda de prensa de despedida, conjunta, para escenificar ese coleguismo con Gerard del que tanto presumía, ya irrecuperable, y arrebatarle al menos parte de ese inmenso protagonismo de su despedida triunfal en el Camp Nou. Laporta buscaba esa foto finish con él para combatir, de alguna manera, lo que ya es, consumadamente, una ruptura generacional del barcelonismo en ese escenario electoral que Piqué ha revolucionado por completo.

Y lo ha hecho además con la habilidad de no buscar ni el enfrentamiento con Laporta ni tampoco lo contrario, abriendo una vía nueva, distinta a todo lo conocido, mayoritariamente acogida con agrada y simpatía por la grada, como si Laporta, aunque con mando y años de presidencia por delante ya hubiera empezado a formar parte del pasado.

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