El XX convenio de SEAT. Antecedentes históricos (1/3)

Ha dicho la vicepresidenta de personas y organización, Laura Carnicero, que han firmado el convenio colectivo más importante en setenta años de historia de la SEAT. Que no hay plan B. Responsables sindicales la han calificado de adanista. Pero hay que suponer, que ella habla desde el punto de vista de la dirección y de la propiedad de la empresa. Debe de ser consciente, de que se plasman postulados de la organización “científica” del trabajo, que siempre tuvo por objeto conseguir que, las decisiones gerenciales, fuesen indiscutibles para los legos, que el control del trabajo y de los trabajadores, es preferible a la eficacia y a la eficiencia.

Para explicar mejor el alcance de este acuerdo, conviene enmarcarlo en el devenir de los sistemas productivos.

Antecedentes prehistóricos

Por la necesidad de paliar la penuria, en los albores de la especie humana, buscamos las formas y los instrumentos que nos facilitasen saciar las necesidades, la creatividad y las expectativas. Nuestro cerebro evolucionó al ponernos en pie y empezar a utilizar las manos. Así pudimos incrementar y transmitir los conocimientos, necesarios para idear los medios que nos facilitasen el trabajo y la mejora del producto obtenido.

Empezamos utilizando el palo y la piedra. Las unimos para formar hachas y lanzas, más duraderas y eficaces. Aprendimos a encender, usar y controlar el fuego, que nos proporcionó luz y calor. Energía que, junto a la eólica e hidráulica, (ahora con la fotovoltaica y pronto con la de fusión), incrementó la posibilidad de obtener más y mejores bienes y servicios. La invención de la rueda y la domesticación de animales de tiro nos descargó de pesadas tareas de transporte. El descubrimiento de los metales y la metalurgia, fue decisivo en la construcción de mejores útiles y herramientas.

Pasamos de ser nómadas, cazadores y recolectores principalmente, a fundar aldeas, pueblos y ciudades. El saber, la cooperación y la coordinación de los esfuerzos, consiguió que prosperase la agricultura, la ganadería, la construcción, la metalurgia, …

La división familiar del trabajo

En la tribu primitiva los bienes obtenidos cubrían las necesidades colectivas de subsistencia. El varón tenía asignadas las tareas para las que la fuerza física y la disponibilidad eran características necesarias y principales: la caza, la cosecha, la defensa. La mujer, generalmente, cuidaba de las tareas domésticas y de los hijos, su menor fuerza física y los frecuentes periodos de gestación eran un gran impedimento. Cada unidad familiar se procuraba el mínimo vital de comida, vestido y cobijo.

La división social del trabajo

Cuando el mínimo vital se fue rebasando, algunas personas, pudieron dedicarse a otros menesteres más especializados. Aparecieron los artesanos: herreros, carpinteros, albañiles, tejedores, que intercambiaban sus productos por los remanentes de los agricultores y ganaderos.

El incremento de los bienes producidos, con la especialización artesana, dio origen a otras actividades. La milicia, para retener o apropiarse de la riqueza producida y de los medios de producción, especialmente las tierras. La promulgación de ordenamientos jurídicos, con su policía y carceleros anejos, para regular las relaciones de propiedad, comerciales y de convivencia. Y el mercader, que compra lo que producen unos para vendérselo a otros, en los mismos o distintos lugares. La moneda se ideó para, originariamente, facilitar las transacciones.

Más adelante, los mercaderes no se limitaron a comprar y vender los productos acabados. Proporcionaron las materias primas (hilo para el tejedor, metal para el herrero, semillas para el agricultor, ladrillos para el albañil), cuya procedencia era cada vez más distante y su obtención más complicada. Igual sucedió con los medios de producción: máquinas, herramientas, energía. Todo era más complicado y costoso de obtener, sin la intervención del intermediario, que en eso se especializaba.

Los mercaderes se fueron haciendo con el control de la producción. Con la parte fundamental para iniciarla y concluirla. Aumentaron sus beneficios presionando a los artesanos con la amenaza de facilitarles o no las materias primas, los medios de producción y la de comprarles o no sus productos. El comercio de objetos de lujo, armas y esclavos incrementó más sus beneficios, por la desconexión existente entre los costes de obtenerlos y su utilidad práctica.

El dinero acumulado por los mercaderes, resultante de la diferencia entre el precio de compra y el de venta, aumentó continuamente. Surgió la figura del prestamista, muchas veces usurero, que dio origen al banquero. Acumula dinero propio y ajeno a fin de prestarlo, a cambio de un porcentaje, previo evaluar las garantías de devolución del principal más los intereses. El dinero pasó a ser una mercancía más, necesaria para iniciar, mantener o ampliar la industria.

La revolución industrial

El mercader transformado en capitalista, por el acopio de dinero, cambió de estrategia con la ayuda del banquero. Dejó de suministrarles a los artesanos las materias primas y los medios de producción y no les compraba los productos que elaboraban.

Concentró en un local de su propiedad los materiales, las máquinas y las herramientas y ofreció a los artesanos solo un empleo en su fábrica. Al pequeño taller le fue imposible competir con la gran fábrica. Por la dificultad de obtener, sin un holgado soporte financiero, los cada vez más sofisticados medios de producción y la energía necesaria, que provenía de la máquina de vapor y la electricidad.

El capitalista se adueñó de la producción, reemplazando al antiguo mercader que tenía que comprarla. El artesano se transformó en obrero al tener que vender su fuerza de trabajo en vez de vender su producción. El “poder hacer” cambió de manos, pero el trabajador retuvo el “saber hacer”. El trabajo pasó a ser una mercancía más, que se compra por menos de su valor real, es decir, por menos de la cantidad a que se puede vender el producto que elabora.

La energía disponible, distinta de la del hombre y de los animales de tiro, de la hidráulica y eólica, que debían consumirse en el mismo lugar en que se producía, dio un salto cualitativo y cuantitativo espectacular. La producida por la máquina de vapor alimentada con carbón, el motor de explosión que utiliza derivados del petróleo y, sobre todo, la electricidad y su transporte en alta tensión, pudieron ser utilizadas en lugares distintos al de su generación.

El aumento de la energía disponible, más la concentración de los trabajadores en las fábricas, propició la producción en masa. La fuerza física del varón y los limitados periodos de gestación de la mujer, dejaron de ser una necesidad y un impedimento, respectivamente, para intervenir en el proceso productivo. Trabajaron hasta los niños.

El sistema propició otro cambio de paradigma. El trabajo, de subvenir a las personas, pasó a ser el instrumento principal del enriquecimiento de pocos. De trabajar lo necesario para vivir mejor, a trabajar lo máximo para aumentar los beneficios de los dueños de los medios de producción y de los banqueros. Del uso de los medios naturales a esquilmar toda clase de recursos.

Los artesanos y sus gremios tenían dificultades para oponerse a la prepotencia de los mercaderes, por su individualidad competitiva. Los obreros se encontraron unidos por iguales intereses, frente a un mismo patrón y por permanecer juntos en la fábrica. Eso creó identidad y conciencia de clase e indujo a la solidaridad.

La organización obrera los hizo fuertes. Impusieron derechos de reunión, asociación, huelga y expresión. Con luchas que les produjo mucho sufrimiento. En el siglo XIX se fundaron sindicatos de clase y partidos de izquierda. Se denunciaba la relativa pauperización de la población, en beneficio de la minoría capitalista y discutieron la dicotomía salario plusvalía.

El sufragio universal propició que el Estado dejase de servir solo a los propietarios. La unidad sindical y la negociación colectiva, variaron la correlación de fuerzas, con resultantes favorables a las reivindicaciones obreras. Disminuyó la jornada laboral, se incrementaron los salarios y, en general, mejoraron las condiciones de trabajo.

En las escuelas industriales, se obtenían los conocimientos teóricos y la práctica básica de los oficios. En el taller se completaba la formación práctica y se adquiría la experiencia. Los adolescentes se incorporaban al trabajo, como pinche o aprendiz, e iban promocionando en la escala de Oficiales de 3ª, 2ª, 1ª y de Maestro de taller. Algo similar sucedía con los grados de ingeniería y demás profesionales.

La promoción por mérito y capacidad de la persona, incentivó la adquisición de conocimientos y de experiencias. La alta cualificación profesional de los trabajadores, los hizo imprescindibles y propició la contratación fija e indefinida. Al actualizar su vertiente intelectual y cultural se mejoraba su estatus social, adquirían identidad y se posibilitaba el incremento salarial. El trabajador era independiente de la empresa, podía irse a cualquier otra, al tener mayores y mejores saberes, que lo que la empresa le enseñaba, para hacer lo que le mandasen, donde lo pusiesen.

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