¡No todo es economía, idiotas!

Como seguramente muchos de los lectores saben, la frase “Es la economía, estúpido”, que en un principio puso en circulación James Carville, estratega de la campaña presidencial de Bill Clinton del año 1992, enseguida hizo fortuna entre los medios políticos y periodísticos de todo el mundo que, siempre dispuestos a dejarse deslumbrar por chistes agresivos de este tipo, la hicieron circular, de forma repetitiva, casi obsesiva, cada vez que querían hacer referencia a determinadas cuestiones que ellos consideraban esenciales, como verbigracia la empresa, el déficit o las matemáticas. Estúpidos los que no viéramos claro su mensaje.

Naturalmente, las cuestiones que se juzgaban ajenas a la economía –o económicamente no esenciales- no se tomaron en consideración, como si no estuvieran en el mundo híper económico que aquellos dogmáticos estrategas habían imaginado y que querían imponer a sus numerosos alumnos, los cuales acudían apresurados y previo pago de una muy cuantiosa matrícula, a escuchar, embobados, aquellos oráculos del siglo XXI. Así se escribe la historia de quienes no han tenido tiempo para estudiar a fondo la Historia, ni la profana ni siquiera la sagrada, que es más fácil.

Para muchos de estos creyentes en las presuntas virtudes de estos economistas con licencia para insultar, salidos de prestigiosas y carísimas universidades americanas poco sospechosas de izquierdismo, todo lo que no fuera convertible en cifras y estadísticas económicas, no tenía cabida en su mapa del mundo (un mundo ciertamente muy escuálido), y todo lo que ellos no definían como esencial no formaba parte de aquella iglesia económica que habían erigido para mayor honra del mercado (suyo).

Aunque todos estos seguidores de la religión de la economía global presumían de su independencia, sería inútil buscar, entre todos ellos, algún miembro disidente (algún marxista o podemista, pogamos por caso); personalmente muchos de ellos me recuerdan las siglas de una agrupación política que se presentó en las elecciones del año 1979 en algunos pueblos de Cantabria: Agrupación independiente de derechas. Pues eso.

Ahora bien: si a algunos de los no creyentes se nos ocurriera plantear alguna duda sobre la viabilidad de sus teorías (sobre la capacidad de autoregularse del mercado, por ejemplo, o sobre la posibilidad de quebrar de los fondos de pensiones privados ), seríamos tachados inmediatamente de comunistas, de neandertales, de estúpidos. Que sepamos, ninguno de ellos, aunque presumen de ser muy demócratas, nunca se preguntaron si los estúpidos no serían ellos, ni siquiera ahora, cuando su mundo está a punto de caer, como una torre de Babel cualquiera. Sin embargo, ellos sólo daban publicidad a la estupidez de los no creyentes.

Donde no hay publicidad resplandece la verdad, se titulaba una de las secciones de la revista humorística La Codorniz, revista que me temo que no suelen leer estos nuevos profetas de la economía global, una economía que no es ningún invento actual, ya que ha existido en otras etapas de nuestra historia, en beneficio, esto siempre, de unos pocos. A esta tropa le convendría, como mínimo, hojear La Codorniz: si lo hicieran, podrían comprobar (o al menos intuir) que existe otro tipo de chistes menos agresivos que los que ellos patrocinan, unos chistes que contemplan el mundo con mayor empatía que la que ellos ponen de manifiesto en sus discursos, a menudo tan bélicos. Un mundo en el que, además de ellos y de sus familias y amigos, podrían caber muchas más personas que las que caben en el que ellos han querido erigir.

Para estos economicistas, tanto los de un lado como los del otro, las materias humanísticas -desde la Literatura y la Filosofía hasta la Historia y las lenguas clásicas- sólo son útiles si pueden apoyar alguna de sus teorías, a menudo tan esotéricas, y hacen verdaderos esfuerzos por adaptarlas a sus discursos, algunos de los cuales, como es fácil comprobar, pueden justificar incluso una guerra como la que ahora mismo nos han plantificado en el este de Europa.

Esta estúpida economía tan reduccionista y pretendidamente global tiene, por fortuna, algunos límites: sus defensores se encontrarán siempre indefensos ante las palabras, imposibles de valorar económicamente, como las que cada día escriben poetas, dramaturgos, novelistas, historiadores y guionistas que nunca han estado, ni están, ni quieren estar a su servicio. Aún quedan unos pocos, y me consta que la suya es una economía de paz.

¡¡No, no todo es economía, idiotas!!

Susana Alonso
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