¿Una guerra por el litio?

Una de las pocas cosas que pueden detener a Putin, quizás la única, es la vuelta a casa de soldados rusos en ataúdes. De ahí que desde el primer momento Ucrania haya centrado sus esfuerzos en provocar el mayor número de bajas. De ahí la insistencia de Putin en esconder tanto como sea posible a sus muertos. Una ocultación que a veces es física, enterrando y quemando cuerpos en el mismo frente de combate. El número de soldados muertos es lo suficientemente elevado como para que se empiecen a dar casos de insubordinación. Un desembarco en Odessa se suspendió por dos veces ante la negativa de los soldados a combatir. El pasado 23 de marzo el coronel Yuri Medvechek, comandante de la 37 brigada de fusileros motorizados, fue atropellado con un vehículo blindado por sus propios hombres en Makariv, cerca de Kiev, hartos de unos combates donde habían visto morir a la mitad de sus compañeros. Otras veces la frustración se manifiesta en forma de asesinatos entre la población civil.

De ahí el interés de Putin en externalizar la guerra, que se traduce en presiones en Bielorrusia para entrar en la guerra, algo a lo que, de momento, el tirano Lukashenko se resiste, pues sabe que sólo un 3% de su población da apoyo a una intervención junto a Rusia y que las recientes revueltas que casi le cuestan el cargo y el cuello todavía están frescas. Putin también ha intentado con un éxito relativo reclutar a 40.000 voluntarios en Siria y otros países afines.

Una tercera fuente de combatientes son las zonas ocupadas, donde se reclutan a hombres para luchar en el frente. No es tarea fácil. Los intentos de los ocupantes por poner a la población de su lado no parecen exitosos.

Los alcaldes de las ciudades sometidas al poder de Putin son secuestrados y sustituidos por nuevas autoridades colaboracionistas. Los servicios públicos han desaparecido y se obliga a los ciudadanos a pagarlos en efectivo. El ruso se impone como idioma en las escuelas y algunos testigos aseguran que se ha llegado a disparar contra profesores que hablan en ucraniano a sus alumnos. Muchos ciudadanos son deportados. A algunos les trasladan a Sakhalin, una isla remota en el otro extremo del mundo, en el norte de Japón, no sin haberles obligado antes a firmar un documento por el que se comprometen a no salir de allí durante al menos dos años .

En lugares como Melitopol, a medio camino entre Crimea y Mariupol, algunos testigos explican que los rusos están requisando los pasaportes ucranianos y se preparan para crear una nueva “república popular”, avalada por un referéndum, similar a las de Donetsk, Lugansk. Es lo mismo que ya hicieron en Crimea y, también, en Osetia y en Abjasia después de la guerra con Georgia. En teoría existe la posibilidad de huir de los territorios ocupados, pero en realidad la corrupción del ejército ruso lo hace imposible. Para poder abandonar la ciudad es necesario superar hasta catorce puntos de control. Controles que sólo pueden atravesarse previo pago de entre 200 y 500 dólares a cada uno. Pocos pueden permitírselo.

En otras ciudades ocupadas, como Kherson, siguen produciéndose casi todos los días manifestaciones contra Putin a pesar de una represión que cada día es más fuerte.

Un elevado número de bajas imposible de ocultar, la resistencia de los ucranianos en las zonas ocupadas y las dificultades para importar carne de cañón pueden estar detrás del reciente anuncio del Kremlin de centrar sus esfuerzos en la zona del Donbass, un lugar que ya controlaba antes de la invasión a través de las milicias que se rebelaron contra el gobierno de Kiev después de la revuelta del Maidán.

El subsuelo del Dombass esconde una de las mayores reservas de litio del mundo. Un metal raro indispensable para elaborar las pilas de los teléfonos móviles y de los vehículos eléctricos del que Europa podría llegar a ser autosuficiente si algún día Ucrania acabara entrando en la Unión. Un día lejano, pues ni la UE ni la OTAN admitirán nunca como miembro a un país con una guerra interna. Supondría verse implicados de forma directa en un conflicto armado.

Pero la pesadilla de Putin, su insistencia en alejar a Ucrania de la Unión radica aquí. Para seguir siendo una potencia Rusia necesita desesperadamente a una Europa dependiendo de sus recursos naturales. En unas décadas, si la transición energética sale adelante, el litio será mucho más estratégico que el gas o petróleo. Ésta es la verdadera razón de una guerra que se libra en Ucrania, pero que es contra Occidente.

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