Expertos no muy independientes

Si hacemos caso de lo que predican la mayoría de los medios, una opinión que no esté avalada por uno o varios expertos no puede tenerse en consideración, no sirve de nada. Los expertos, sean de la especialidad que sean, dan credibilidad a las teorías que defienden, incluso a las más aparentemente absurdas. Una obviedad o una tontería pronunciada por un llamado (a menudo autodenominado) experto, puede llegar a generar un respeto y una admiración muy grandes, a las que nunca podremos aspirar a los que no tenemos vocación de hacer valer constantemente nuestras experiencias o habilidades, o sea , los que en una sociedad tan llena de fanfarrones, no servimos para nada, como cantaba el poeta José Agustín Goytisolo en unos versos, de contenido autobiográfico, que tenían justamente este título (No sirves para nada) y que a algunos de nosotros nos han servido de mucho para entender este mundo de locos donde nos ha tocado vivir: “Cuando yo era pequeño/estaba siempre triste/ y mi padre me decía/ mirándome y moviendo/ la cabeza: hijo mío/ no sirves para nada… ]”.

Este siglo de pandemias y volcanes es también el de los expertos, expertos que hablan de sus temas con una seguridad sorprendente, y a menudo poco razonable, temeraria. No hay para tanto: estos expertos son unos señores y señoras como nosotros, con la única diferencia que hacen valer su especialidad (sea en vulcanología, en psicopatología, en criptomonedas o en derecho aeronáutico) para hacernos comulgar, a ser posible a través de cuantas más redes mejor, con sus opiniones no siempre muy fundamentadas.

En una de sus clases, siempre brillantes, el profesor de Derecho Constitucional González Casanova, recientemente traspasado, nos dijo que, aunque había muchas especialidades profesionales y muchas ramas científicas (cada vez hay más), faltaban precisamente especialistas en generalidades, que fueran capaces de relacionar unas especialidades con otras, de conectarlas y, en definitiva, de darles un sentido. ¿Tiene sentido seguir estudiando la historia del arte sin relacionarla, aunque sea mínimamente, con la de la ciencia? Decía también que la universidad debía ser un lugar donde aprendiéramos a establecer conexiones entre diferentes materias estudiadas, y especialmente con la sociedad en la que vivíamos.

Si no recuerdo mal, Ortega y Gasset, en su ensayo titulado Misión de la Universidad se pronunciaba en un sentido análogo: de la universidad se debería salir teniendo una idea, aunque fuera precaria, de los avances y progresos científicos y humanísticos más recientes. Por su parte, el también profesor y antiguo vicepresidente del Tribunal Constitucional, Carles Viver i Pi Sunyer, comentaba que, para resolver determinadas cuestiones jurídicas, alguna vez había tenido en cuenta la opinión de un no experto en aquellas materias, quien había demostrado poseer una visión más comprensiva y amplia del tema controvertido. Pero no siempre es así.

Con una petulancia impropia de personas universitarias, el legislador mercantil habla de expertos independientes, para referirse a determinados especialistas que deben intervenir en actividades societarias concretas, como auditorías de cuentas. ¿Cómo evitar que en las decisiones que tomen estos expertos se dejen influir por los representantes de las empresas que han requerido, por imperativo legal, sus servicios? Los expertos no son, no pueden ser diferentes de los jueces o de los historiadores, quienes, partiendo de unos mismos hechos, llegan a conclusiones diferentes, a menudo dejándose llevar, quizás de forma inconsciente, por sus filias y fobias. O por un maldito dolor de estómago. ¿No fue el ministro Solchaga el que anunciaba en el Congreso unas “auditorías de infarto” a los miembros de la poco leal oposición?

Algunos juristas modernos consideran que, en el mundo del derecho, más que justicia, existe una tendencia a la justicia, un anhelo de justicia. De la misma forma, más que de expertos independientes, habría que hablar de expertos con tendencia, con voluntad de ser independientes. En este punto puedo referir una anécdota personal: para acreditar la capacidad jurídica de una persona para otorgar testamento requerí, tal y como pide el Código Civil de Cataluña, el dictamen de dos psiquiatras, que determinaron, después de hacer una larga entrevista al otorgante, su capacidad, y así lo firmaron. Sin embargo, en el momento de despedirse, me dijeron: «También podríamos hacer un informe contrario, si fuera necesario».

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