El combate continúa

Tres buenos amigos nos hemos reencontrado este pasado viernes en el Ateneu Barcelonès, en un acto para rememorar la lucha contra el gran pantano de Rialb, construido en el río Segre, hace 40 años: Santiago Vilanova, Xavier Garcia y yo mismo, cofundadores del Colectivo de Periodistas Ecologistas de Cataluña (CPEC) y compañeros de trinchera en mil movilizaciones por la defensa del medio ambiente.

Ha pasado mucho tiempo, no los veo muy a menudo, pero los tres preservamos los mismos ideales de un país limpio, equilibrado y sostenible, donde el campesinado sea respetado y valorado; donde convivan armoniosamente la naturaleza con el bienestar de las personas; donde la actividad humana esté enfocada al bien común. Escribimos juntos, en 1979, el libro El combate ecologista en Cataluña -todavía hoy, de rabiosa actualidad- y con Xavier Garcia somos coautores del trabajo El pantano de Rialb. Elegía por el Medio Segre. La vida nos ha dispersado por caminos diversos, pero la amistad y el amor a la tierra restan imperturbables.

Es cierto que, en el ejercicio de nuestro compromiso periodístico con el ecologismo, sufrimos derrotas: la construcción del pantano de Rialb, las nucleares de Ascó y Vandellòs o la central térmica de Cubelles. Pero también nos apuntamos numerosas victorias, apoyando y compartiendo las movilizaciones del territorio: la lucha contra las minas de uranio en Osona, la salvaguardia de los volcanes de la Garrotxa, la protección de las marismas del Empordà, la oposición a los macrovertederos de la Conca de Barberà, el combate contra el trasvase del Ebro, el rechazo a la térmica de Enron y un largo etcétera.

Además, nuestros enemigos van cayendo. Hoy, la térmica de Cubelles ya no existe y es un gozo bañarse en verano en las magníficas playas de este pueblo, liberado de esta maloliente instalación eléctrica. Las centrales nucleares que hay en Cataluña, como advertimos con vehemencia, son un factor permanente de problemas y riesgos, con un montón de incidencias acumuladas, y el incendio de Vandellòs I estuvo a punto de liquidarnos a todos. Hoy, estas cafeteras atómicas ya están en la cuenta atrás para su cierre y desmantelamiento, que celebraremos por todo lo alto.

Hace 40 años se nos podía tildar de rebeldes, de utópicos o de locos, pero hay una realidad incontestable: las energías alternativas (eólica, solar, biomasa, geotérmica…), que nosotros propugnábamos y que entonces podían parecer una idea exótica, se están implantando masivamente en todo el mundo como la solución racional contra el calentamiento del planeta. Éramos unos soñadores, pero ¡qué alegría constatar que este año 2021 la energía eólica ya se ha convertido en la primera fuente suministradora de electricidad de España!

También éramos unos firmes defensores del ferrocarril como alternativa inteligente al disparate de las autopistas y hete aquí que la Comisión Europea hace una apuesta decidida por el tren como medio de transporte del siglo XXI. Si hace 40 años, se estaban desmantelando líneas ferroviarias y cerrando estaciones, hoy las cuatro capitales catalanas están conectadas por la alta velocidad y se multiplican los proyectos para mejorar la conectividad sobre raíles.

Algo parecido ha pasado con la bicicleta. Los viejos ecologistas ya defendíamos su recuperación del baúl de los recuerdos para transformarlo en el vehículo urbano por excelencia, porque es saludable y no contamina. Cuando veo hoy que Barcelona y todo el resto de ciudades europeas han cambiado su piel para abrir vías para los ciclistas me enorgullezco de haber sido un ecologista avant la lettre.

Aproveché este acto en el Ateneu Barcelonès para proclamar que no es momento de nostalgias y que la lucha continua. Ahora mismo tenemos embates muy urgentes y de gran potencia que tenemos que acometer con los movimientos ecologistas, sociales y territoriales: la desporquización de Cataluña, infestada por los nitratos que contaminan las aguas freáticas; la salvaguardia del Delta del Ebro, gravemente amenazado por el imparable avance del mar, o la recuperación de las concesiones hidroeléctricas de los pantanos del Pirineo que ya están caducadas y que Endesa explota y roba con total impunidad.

Con una diferencia fundamental. Hace 40 años, cuando estrenábamos la democracia en España, los movimientos territoriales creyeron en la honestidad y en la palabra dada por los nuevos políticos y por los partidos políticos que salían de la clandestinidad. Al fin y al cabo, habíamos estado en los mismas trincheras contra el régimen dictatorial.

Si perdimos las batallas del pantano de Rialb o de las nucleares fue, en gran parte, por la traición de los nuevos políticos democráticos. Con esto no contábamos. Creíamos que su aliento y su apoyo se mantendrían cuando llegaran al poder, aupados por la fuerza de las urnas. No fue así. Nos engañaron. Decían que no y acabaron transigiendo con estas dos brutales agresiones al territorio, producto directo del totalitarismo franquista. Nunca más.

Ahora, esta lección ya la tenemos aprendida y sabemos que, de entrada, hay que desconfiar de la palabra de los políticos. El único lenguaje que entienden es la denuncia, la movilización y la presión de la calle y de los medios de comunicación. Cuando ven que sus poltronas –y los beneficios personales que comportan- correrán peligro en las urnas si perseveran en sus errores es cuando cogen miedo y dan marcha atrás. Es de este modo cómo, desde hace 40 años, hemos ido ganando batallas sin cesar, en esta larga guerra para conseguir una Cataluña sostenible que sea ejemplo de inteligencia y de respeto al medio ambiente.

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