«Los sindicatos tienen que ayudar al Gobierno a cumplir el programa»

Entrevista a Isidor Boix

Isidor Boix | Foto: Àngel Guerrero

Muy implicado en la acción social desde los años 60, fue líder político y responsable del PSUC en la Seat en los años 70. Autor de numerosos artículos, publicó Conversaciones sindicales con dirigentes obreros (Editorial Avance, 1975). Ahora participa en la edición de 18 de octubre de 1971. La ocupación de Seat (CCOO).

¿Los partidos, que generaban fidelidades, afinidades, referencias a largo plazo, están mutando hacia modelos más efímeros, inestables, líquidos…, que diría Zygmunt Bauman?

Los partidos, al menos los progresistas, están en crisis. Porque no cumplen la función que, por ejemplo, desarrolló el PCE en los años 70 de dirección política e impulso de la acción social. Las plataformas, sociales o electorales, son un mal sucedáneo. El problema se plantea cuando los partidos no ejercen la función de orientación, dirección y coordinación, más allá del patriotismo de organización. A medida que los partidos se van convirtiendo en fidelidad a una fórmula, una bandera, una palabra o a un dirigente, no ejercen su función. Ahora la crisis es de actividad política, incluso de desprestigio de la política como una actividad esencial.

¿En cualquier caso, los cambios en la representación política no son sino consecuencia de los que se producen en la sociedad?

Seguro que los elementos de la crisis están aquí, en las transformaciones sociales, pero los cambios no tienen que llevar a la desaparición de los partidos en su función de organización social, en su concepto clásico, marxista. Las modas de transversalidad pueden llevar a olvidar las contradicciones sociales. El trabajo es la esencia de la vida, y las relaciones de trabajo evolucionan, pero siguen constituyendo la base de las contradicciones sociales. El problema es diluirlas en cuestiones de género o ecológicas, que son muy importantes, pero que pueden acabar en la destrucción del partido como instrumento de acción social.

Esto también puede estar pasando en las relaciones de los partidos con los sindicatos…

Sí, incluso con el riesgo de que el sindicato se convierta en sucedáneo del partido. Algunas formulaciones llevan al límite este error cuando dicen, por ejemplo, que CCOO puede ser el intelectual colectivo de la izquierda. Hay compañeros que sostienen que, como no hay partido, que lo haga el sindicato, cosa que significa no solo debilitar la construcción del partido político, sino dificultar que el sindicato ejerza su propia función. Si la adscripción al sindicato tiene que ser desde su definición política, ideológica, estamos limitando el concepto de clase. El sindicato no puede organizar la clase trabajadora a través de un proyecto estratégico, comunista, socialista o el que sea. Su papel es defender los intereses colectivos y solidarios de los trabajadores hoy, no en función de proyectos para el mañana. Las Trade Uniones a principios del siglo XX se plantearon que la clase trabajadora necesitaba un partido diferenciado del sindicato e impulsaron la creación del Partido Laborista. No creo que se trate exactamente de copiarlo, pero a CCOO y UGT, juntos (no hay matices estratégicos, más allá de cuestiones e historias personales), les interesa que exista un partido político que ejerza su función en defensa de intereses a largo plazo del mundo del trabajo, por no tener que hacer ellos de sucedáneo.

En cualquier caso, y hoy más que nunca, ¿Las representaciones políticas no parece que están muy motivadas por el ejercicio del poder?

Habría que plantearse que quiere decir esto de poder. ¿Disponer del Boletín Oficial? En la tradición comunista, que he vivido, el poder es poder influir en la vida colectiva; poder intervenir y modificar realmente las cosas, las instituciones… Incluye el objetivo de conseguir el gobierno, pero no necesariamente, ni solamente. Se puede estar en el gobierno sin tener poder, y se puede tener poder sin estar en el gobierno. El objetivo es estar en el gobierno con poder.

Una parte de esto lo podríamos ilustrar con bastantes hechos de la actualidad…

Tenemos un ejemplo clarísimo en la reforma laboral. Estoy bastante en desacuerdo con el planteamiento sindical sobre la reforma laboral. Parece que CCOO y, curiosamente, a veces más la UGT, lo que hacen es exigir un día en el Gobierno que aplique un acuerdo subscrito en su momento, y al día siguiente se dice que el problema principal recae en los poderes económicos, mediáticos, etc. La función de los sindicatos no es tanto exigir al Gobierno, sino presionar sobre los poderes reales que dificulten la acción de este gobierno. Ayudar al Gobierno a cumplir su programa. Afirmar estos días que si el Gobierno no cumple habrá movilización es un error. Cuando se negocia un convenio, la movilización no es al final. La movilización es durante la negociación para que la contraparte acepte nuestras reivindicaciones en el grado que corresponde a la relación de fuerzas. En este momento es necesaria una auténtica movilización en los centros de trabajo, no tanto en la calle.

¿Curiosamente, no se apela mucho en la calle más quizás como metáfora que como realidad?

Y más si lo dice un sindicato, el lugar del cual es el centro de trabajo. Después sale a la calle, pero la calle no es el lugar esencial de la lucha de clases. Diría que hoy es más progresista (en el sentido de progreso social) no tanto el contenido formal de la reforma, sino conseguir un buen acuerdo con la patronal. Si solo hay medidas del Gobierno, sin acuerdo con la patronal, cuando el PP llegue al poder las cambiará.

¿Una manera de garantizar los adelantos, las conquistas sociales, no tendría que pasar también, quizás, por elevar el rasgo, apuntando a la Unión Europea y más allá?

Efectivamente, volviendo al poder, cada vez más el poder es transnacional. En consecuencia, hay que conseguir mecanismos transnacionales de acción social y de concordia. ¿Qué es más importante la letra de una ley o la fuerza para aplicar esta letra o aquella otra? En este sentido, la acción política no se orienta a lo que es necesario, como impulsar la acción social también en ámbitos supranacionales. Se tiene que comprender que la acción social no es para conseguir leyes y ya está, sino para que estas, una vez logradas, se apliquen adecuadamente. Primero es la acción social, después la legislativa, su transcripción al BOE. Por ejemplo hemos tenido una larga discusión sobre el aumento del salario mínimo, pero en alguna reunión sindical surgió, muy lateralmente, el tema que muchos campesinos de Andalucía y Murcia no cobraban ni el mínimo legal. Estamos discutiendo para que el BOE dé una cifra más alta (bienvenida sea), pero no lo hacemos para que de verdad se aplique. En la relación entre legislación y acción social sigue habiendo un déficit importante.

El sindicalismo, a pesar de todos los intentos para liquidarlo, está bastante más presente de lo que algunos querrían. ¿Vuelve, digamos, a ponerse de moda el sindicalismo?

El sindicalismo está. Algunos observadores están diciendo, con razón, que el Gobierno necesita CCOO y UGT, y recuerdan conflictos históricos. El sindicalismo, con un nombre o con otro, y no siempre muy estructurado, está permanentemente. En mi opinión, no hay alternativa. Si entendemos que las relaciones de trabajo son un elemento esencial en la sociedad, aquella organización que sea capaz de aglutinar los intereses colectivos, de clase, seguirá existiendo. Aunque se exprese de manera desorganizada, descoordinada, sin dirección y, a veces, al margen de las estructuras sindicales formales. Fenómenos como el de las Kellys pueden expresar tendencias antisindicales, pero salen en contra de las organizaciones cuando estas no son capaces de asumir su función.

Esto también tiene bastante a ver con la globalización…

La subcontratación llega a todo el planeta. Hay una interrelación entre el trabajador de Bangladesh, el Vietnam, Perú…, y el de Europa, cosa que el Norte social y geográfico, en la práctica, no asume adecuadamente. El 7 de octubre es el Día Mundial por el Trabajo Decente. Para participar, muchos colectivos sindicales plantean sus problemas particulares, no la necesaria movilización global por un interés colectivo, sin entender que la solidaridad con los trabajadores de Bangladesh no es para hacerles un favor, sino una necesidad para el mismo trabajador europeo. Tenemos el ejemplo de Inditex, la primera empresa de ropa del mundo, que ha incluido expresamente todos los trabajadores de su cadena de suministro, más de dos millones, en un convenio único. Su negociación duró cinco años y empezó con asambleas de las trabajadoras en las fábricas de Galicia, para que entendieran la importancia que tenía para ellas lo que estaban planteando en Marruecos, China, Bangladesh…

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