Los fariseos, el catalán y el castellano

Aquellos que tenemos hijos y/o nietos en edad escolar, sabemos desde hace muchos años que la ley de normalización lingüística no se aplica en muchos colegios y sobre todo en los institutos. Lo sabemos los padres y abuelos y el resto de miembros de la familia, lo saben los maestros, y lo saben, claro que lo saben, en el Govern. Y aunque ahora proclaman con solemnidad que «el catalán no se toca», nuestros gobernantes no han hecho nada por cambiar esa situación.
También los partidos y entidades pro bilingüismo saben perfectamente que, en la práctica, las horas lectivas en castellano en muchos centros, superan en mucho a las que se hacen en catalán. Claro que lo saben.
Por eso, la reacción de ambos lados a la decisión judicial de fijar que un 25% de las clases deben realizarse en castellano me ha parecido un vergonzoso ejercicio de hipocresía. El Gobierno catalán, los partidos que le apoyan (y los Comunes, claro está) y las entidades independentistas han aprovechado para denunciar lo que califican como nuevo ataque de España al catalán. Una vez más se han utilizado mensajes más destinados a las vísceras que a los cerebros. Y, tal vez, con la sana intención de hacer olvidar las rencillas por los Presupuestos entre los miembros del 52% y en el seno del Ejecutivo.
Si al Govern y estos partidos les interesase en serio la defensa del catalán, tendrían que haber reconocido que, por razones muy diversas y complejas, el castellano se utiliza más que el catalán en muchos centros. Por tanto con el objetivo de rectificar el actual estado de cosas, el Govern debería haber asumido el 25% de clases en castellano que ha fijado la Justicia y que supone una reducción real en relación a las que ya se dan ahora. Han preferido calentar a sus seguidores. Lástima.
Por su parte, los supuestos defensores del castellano saben perfectamente que la sentencia, en la práctica, comportaría, de aplicarse, una rebaja en el uso lectivo del castellano. Deberían mostrarse muy enfadados, pero, como también se dirigen sobre todo a las vísceras de sus seguidores, han preferido hacer un discurso triunfalista pensando en su clientela más visceral.
Y así vamos tirando, inmersos en un fariseísmo de nunca acabar.

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