La isla de Palma en el siglo XVI

Me temo que, para muchos turistas contemporáneos, la isla de La Palma es el hotel de Fuencaliente (con tantas piscinas) o el de Los Cancajos (con dos calas con arena negra), la excursión a la Caldera o los volcanes y unas tiendas en unas calles empedradas –la Calle Real, la Calle Trasera…– donde puedes comprar mojo, malvasía y gofio. Ahora también es la isla del volcán y de los vulcanólogos, a los que se refería el poeta Domingo Acosta en su poema “Sobre el volcán” (1949): “Tantas versiones nos dan/ y sin ninguna acertada/ que al fin los sabios dirán/ que ellos no entienden de nada”.

Pero La Palma es algo más: esta isla, de sólo 700 kilómetros cuadrados y pico (ahora quizás algo más, contando con la accesión volcánica), tuvo su momento más álgido en el siglo XVI, unas décadas después de haber sido «descubierta por los españoles». En 1587 tenía una población de unos 6.000 habitantes, integrada, casi a partes iguales, por castellanos y portugueses y, en menor cantidad, por genoveses, flamencos (cuyo legado artístico seguramente es el mejor de todo Canarias), ingleses, franceses, indígenas y esclavos negros y moriscos (el puerto de la isla fue una importante escala para el tráfico de esclavos a América).

En algunas escrituras de la época, para identificar la procedencia del otorgante, se habla de “catalán”, tal vez para distinguirlo de otros peninsulares, que entonces todavía no eran tildados, en forma despectiva, de godos. Al norte, la ciudad de San Andrés y Sauces, la segunda en importancia de la isla, fue fundada por un catalán, Gabriel de Socarrás (o Socarrats), que era apoderado de Pedro Benavent, el cual obtuvo la mitad de las aguas que transcurrían por la zona norte de la isla. La patrona de esta ciudad es la virgen de Montserrat, que a diferencia de la nuestra no es muy morenita.

Eduardo Martínez, historiador que regenta una pequeña librería en la Calle Trasera de la capital, dice que la isla, en el siglo XVI, era “un dulce en el Atlántico” y, en su libro sobre esta época, concluye que en ese siglo se formó en La Palma una próspera burguesía comercial, que procuró sustituir el azúcar por el vino como primer producto de exportación: “La isla pasó de un Neolítico atlántico a una moderna república renacentista”, y fue, durante un tiempo y a pesar de tener unos concejales bastante mejorables, la líder de todo el archipiélago.

Debido al intenso comercio existente con Flandes (el puerto de la capital era de los primeros de las Españas), las naves que transportaban el azúcar y el vino a Flandes volvían a menudo cargadas de tapices, adornos, libros impresos, campanas y pinturas y esculturas policromadas procedentes de los talleres de Brujas, Malinas y Amberes.

Se entiende, pues, que durante este siglo XVI un corsario del rey de Francia, François Le Clerc, atacara la isla, que estaba poco protegida –y además sus concejales corrieron a refugiarse fuera de la ciudad–, y que sus tropas saquearan y quemaran edificios, iglesias y archivos. La isla se fortificó, y unos años después pudo defenderse con mayor fortuna de la llegada del corsario inglés Francis Drake.

A lo largo de los últimos seis lustros, el investigador Luis Agustín Hernández Martín, en soledad y en silencio, ha ido elaborando, con tanta o más precisión que cualquier notario, un precioso inventario de los documentos civiles y eclesiásticos otorgados en las ciudades de Santa Cruz de La Palma y San Andrés y Sauces durante el siglo XVI, siglo que fue de oro para la isla. Luis Agustín ha publicado una decena de libros que recogen el importante legado documental que, contra vientos, mareas y volcanes, ha podido conservarse en los diferentes archivos de la isla: su rico y variado contenido nos da una idea bastante aproximada de cómo eran de espabilados y, a menudo, de cultos los antepasados ​​isleños, cuya pequeña historia ha sabido recoger.

Susana Alonso

El catedrático de esperanto nacido en La Palma Juan Régulo, en el prólogo del muy divertido libro editado por su hija María, Protocolo de la Santa Mueca, concluye que en el siglo XVI, “la isla se nos aparece como un trasunto moderno de las ciudades helenas clásicas; la vida de Santa Cruz de La Palma transcurrirá entonces en el ambiente comercial, filosófico, artístico y cultural más estimulante de Canarias”.

Quienes hemos tenido la fortuna de pasar parte de nuestra vida en La Palma hacemos votos para que se recupere el espíritu palmero del siglo XVI, más poderoso que cualquier volcán.

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