«Mande quien mande, la ciudadanía debe tener un control de la gestión»

Entrevista a Custodia Moreno

Custodia Moreno | Foto: Àngel Guerrero

Enfermera. Fundadora y, durante más de 25 años, presidenta de la Asociación de Vecinos de El Carmel (Barcelona). Se considera de izquierdas, sin carné. “Sed utópicos”, dijo en el último pregón de la Fiesta de la Mercè, que ella protagonizó.

¿Por qué se tiende a hablar de las Asociaciones de Vecinos en pasado?

Es verdad que durante un tiempo fuimos las líderes de los movimientos de barrio, porque las Asociaciones de Vecinos, por definición propia, aglutinaban las reivindicaciones del barrio. Las Asociaciones de Vecinos tienen una visión global, más allá de los problemas o intereses particulares que eran cosa de colectivos determinados. En una época en la que estaba todo por hacer, las Asociaciones estuvimos al frente de todas las luchas. Y no solo nos dedicamos a mejorar la vida en los barrios, sino que nos sumamos a la lucha por la democracia. Jugamos un papel importante, junto con los sindicatos y los estudiantes. Fuimos uno de los motores para el cambio político.

¿Qué ha pasado después?

Posiblemente tengamos que hacer un poco de autocrítica porque no supimos hacer esa transición de incorporar nuevas cosas, quizás porque con nuestro ego creíamos que lo sabíamos todo. Hubo un momento en que empezaron a montarse plataformas porque no se estaba de acuerdo con lo que hacían las asociaciones. Esto es una parte, pero la más importante. Porque los tiempos han ido cambiando, la juventud está por otras cosas… Una serie de reivindicaciones gordas ya se habían conseguido, y ahora no se entiende organizar un follón para que te arreglen la calle. Se supone que con los ayuntamientos democráticos esto ya debería estar solucionado.

Cuando se construyeron los barrios, las carencias eran tales que las Asociaciones de Vecinos tuvieron que intervenir en el asfaltado de las calles, el alumbrado público, el suministro de agua…

Cuando fundamos la Asociación, en el 68 (cuatro años antes de la legalización de las asociaciones), faltaba de todo. La gente se había hecho casas, mayoritariamente de autoconstrucción, y se ponían las tuberías de desagüe en la calle. Empezamos a pelearnos con el Ayuntamiento porque pagábamos el alcantarillado y no teníamos alcantarillas.

¿Substituyeron los ayuntamientos a las asociaciones? ¿Cuentan actualmente con ellas?

Hubo un momento en el que los ayuntamientos cambiaron las leyes de participación, porque hasta entonces las asociaciones eran la palabra de Dios. Cosa que molestaba bastante. Con ese cambio disminuyó la influencia de las Asociaciones, pero también es verdad que fue la falta de participación lo que más afectó a nuestra actividad. Por supuesto que los ayuntamientos democráticos no son los mismos que en la época de la Dictadura, y que tienen asumidas una serie de reivindicaciones, a las que se les van dando respuesta. Pero a un ritmo no suficiente. En estos barrios, donde había tantas carencias; donde se requiere tanta inversión económica, nunca han llegado a solucionarse los problemas. El Ayuntamiento actual tiene una lista con todo lo que se tiene que hacer, y se va haciendo. Lógicamente, la relación es buena, pero no paramos de reunirnos y, a veces, lo que decimos tampoco se tiene muy en cuenta. Pero, mande quien mande, la ciudadanía tiene que tener un papel de control de la gestión. No se trata solo de conseguir que hagan una escuela o un centro de salud. Lo que tiene que preocupar es como funcionan.

¿Las nuevas reivindicaciones arrinconan o desbordan las viejas?

Hay problemas eternos, como el de la vivienda, la sanidad, la educación… Pero han aparecido, con mucha fuerza, cosas nuevas, como todo el tema ecológico, o el animalismo. También sigue siendo un problema el transporte público, los aparcamientos… Pero, sobre todo, hay que tener en cuenta que la gente que participa, que no es tanta, lo hace ahora junto a otras muchos foros y plataformas. Las Asociaciones de Vecinos aglutinaban. Allí no reuníamos los de todos los partidos… Pero todos teníamos en común la lucha por las mejoras del barrio en general.

¿En cualquier caso, las Asociaciones siguen manteniendo su transversalidad originaria?

Por diferentes motivos, como la cuestión del nacionalismo que hemos tenido, los partidos tienen sus propios intereses, y eso dificulta la acción compartida. La gente se está haciendo conservadora. La gran contradicción de la izquierda es que lucha para conseguir cosas y cuando las tiene parece que molesta que otros también las tengan. Mira lo que está pasando con la emigración. La gente que vinimos aquí, emigrada, y con todos los problemas que tuvimos, seguimos diciendo las mismas tonterías y más, con la gente que viene ahora. No nos estamos volviendo “fascistas”, sino “pancistas”, con “P”.

Las Asociaciones de Vecinos podrían ser para las Administraciones Públicas herramientas muy útiles en la relación con el vecindario, como lo son, de algún modo, los sindicatos en las relaciones laborales

Mande quien mande, siempre tenemos que estar picando. Con unos ocho veces, con otros cuatro. Porque ese papel de participación y control de la ciudadanía, aún en épocas buenas, hay que promocionarlo. No quedarse solo con la pancarta. Si se consigue un equipamiento, tendría que preocupar como mantenerlo y sacarle provecho. Tendríamos que estar siempre, de manera activa, ejerciendo un papel dinamizador, crítico, participativo… Ese papel de movilización del barrio de una manera global se ha perdido. La gente se moviliza por cuestiones muy concretas.

¿Las Asociaciones de Vecinos crean, casi de la nada, una práctica asociativa, en un contexto que no contaba con tradición en ese terreno?

Cuando hablamos de esa época gloriosa del movimiento asociativo, hay que destacar el papel de Barcelona y su entorno metropolitano. Había conciencia política, no de partido, sino entendida como que todo es política. Si esto no se tiene claro la gente se mueve por intereses muy particulares. Hay que tener en cuenta que con el franquismo y la dictadura fue eliminado todo resquicio de asociacionismo y participación. Tuvimos que volver a tomar conciencia, partiendo de cero.

Curiosamente, en EE.UU. que no despierta especial interés en nuestra izquierda, parece existir una tradición de participación ciudadana, como así se pone de manifiesto en Barak Obama, por ejemplo, que estuvo dedicado a la lucha en los barrios ¿Hay por Europa algo de esto?

Fuera de aquí quizás no se llaman Asociaciones de Vecinos, pero por todos lados surgen plataformas de toda naturaleza. No tengo ahora mucho contacto con gente de fuera, como lo tuvimos en algún momento con Holanda, pero por lo que me llega y lo que veo, las movilizaciones son por cosas concretas. Ahora, las Asociaciones de Vecinos se mantienen porque quedamos cuatro de mi época, porque no hay relevo. Su sentido, de visión y participación global, que sigo predicando en El Carmel, Can Baró…, los barrios donde yo me muevo, es lo que reivindico. No de la misma manera que hace 50 años. Los tiempos han cambiado y las necesidades son otras, pero no son incompatibles las reivindicaciones particulares con la vida global del barrio. Quizá como enfermera, tiendo a ver el cuerpo humano en general, además de en particular. En el barrio si la escuela funciona, muchas cosas funcionan. Si tienen las calles bien asfaltadas y existe un lugar donde los niños puedan jugar sin peligro acaba afectando a la salud general del barrio.

¿Se le presta alguna atención, digamos académica, a las Asociaciones de Vecinos?

Estudios, los hay. Y popes hay muchos. Pero no muy trascendentes. A estas alturas de la película, con tantos estudios y demostraciones de cuáles son las necesidades, se entiende que las Administraciones públicas tendrían que ir por delante. Pero parece que todavía se siguen necesitando pancartas para llamar la atención de las Administraciones. Y hay problemas cronificados, como el de la vivienda.

¿Las Asociaciones de Barrio se entienden sin las mujeres?

Y tanto. Fuimos fundamentales, porque teníamos que luchar. Éramos las primeras que estábamos en todas las “manis”, y nos veíamos en la obligación de despertar la conciencia de cambio en la mujer. En la primera charla que organizamos un grupo de mujeres, hablamos sobre sexualidad y dibujamos en una pizarra el aparato genital masculino y femenino. La mayoría de las asistentas se marcharon de la reunión. Era un escándalo hablar de los problemas de las mujeres. Tenían tan asumido su papel que pensaban que lo normal era estar aguantando toda tu vida.

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