Nunca pasa nada

Nunca pasa nada es una grandísima película de Juan Antonio Bardem donde muestra cómo de asfixiante puede ser una sociedad provinciana y como el cinismo y la doble moral permiten que se olvide pronto la sordidez de la realidad. Se rodó en 1963, pero es plenamente aplicable a la Cataluña actual, con el pequeño detalle que lo que pasa aquí no pertenece al mundo de la ficción.

Cinismo flagrante es el del ex presidente de la Generalitat Artur Mas, hoy reconvertido en youtuber, que no tiene ningún reparo en aparecer en un programa de televisión reconociendo que mintió a los catalanes con su plan para lograr la independencia en sólo 18 meses, que fue un error, una farsa, de la que algunos, como él mismo, eran conscientes. Eso sí, no se siente en absoluto responsable de su engaño y promociona su canal de YouTube afirmando que su finalidad es «contribuir a revertir el descrédito que sufre la política».

Probablemente Mas no es consciente de la profunda impudicia de sus palabras en boca de quien no dudó en impulsar la división que vive actualmente la sociedad catalana a partir de una mentira. Está claro que lo hizo sin querer, que no faltó a la verdad de forma voluntaria, sino que, presionado por la CUP, intentó imitar -mal, vistos los resultados-, lo que los nacionalistas escoceses habían hecho en el Reino Unido.

Nadie se lamenta mucho por lo que dice. No hay ninguna consecuencia. No se produce el más mínimo escándalo. No pasa nada.

La consejera de Acción Exterior y Transparencia de la Generalitat, Victòria Alsina, aparece en la televisión pública catalana asegurando que ha mantenido un contacto con el equipo del presidente del Parlamento Europeo, David Sassoli. A las pocas horas el portavoz de Sassoli, Roberto Cuillo, demuestra que es cierto lo de que el mundo nos mira, y difunde un contundente comunicado de prensa donde desmiente a la consejera y asegura que «nunca ha habido ninguna reunión ni ningún tipo de contacto». Alsina sigue en su cargo. Para conservarlo le bastó decir que en realidad sólo envió una carta a alguien del entorno del presidente del Parlamento Europeo.

No pasa nada. Mentir y hacer el ridículo, en Cataluña, sale gratis.

La inversión más importante en infraestructuras en Cataluña en unas cuantas décadas, la ampliación del aeropuerto de El Prat de Llobregat, fracasa porque uno de los partidos que conforman el actual gobierno de la Generalitat anuncia su presencia en una manifestación contra el proyecto que el propio Gobierno catalán ha negociado con el de Madrid. Para intentar salvar el plan, y seguramente la cara, el vicepresidente Jordi Puigneró hace una propuesta alternativa de la que casi nadie sabe nada. Al poco, el presidente Pere Aragonés lo desautoriza sin que se genere ninguna crisis en el Gobierno. Todo sigue igual. Puigneró mantiene el cargo y Junts no protesta mucho por la sonada bofetada en la cara a todo un vicepresidente.

En Cataluña nunca pasa nada.

En medio del escándalo por la supuesta conexión rusa del entorno de Carles Puigdemont se revela que la minuta de Paul Bekaert, el abogado belga del ex huido, se pagó a través de la cuenta corriente de la etarra María Natividad Jáuregui, acusada del asesinato del teniente coronel Ramón Romero Rotaeche. Este detalle queda escondido por el descubrimiento de una factura de 900 euros emitida por el burdel Club Gemma de Berlín durante un encuentro que el ex Quim Torra, al frente de una delegación de 28 diputados de Junts per Catalunya, mantuvo con Puigdemont en la capital alemana. El gasto se desmiente, pero nadie se molesta en explicar cómo es que aparece este desembolso. Es de suponer que no todos los diputados de JxCat fueron al prostíbulo. 900 euros no dan para tanta alegría. Así que mejor no preguntar demasiado. No insistir. Mejor que no pase nada, ni por la forma como recibió sus honorarios Bekaert ni por las necesidades de compañía de alguno de los asistentes al encuentro entre Puigdemont y los parlamentarios juntistas en Berlín.

Susana Alonso

Nunca pasa nada en Cataluña.

Seguramente porque el muro de silencio que hizo posible el procés aún está vivo, tanto como la red de intereses que lo favorecieron y que han hecho de Cataluña una sociedad asfixiante y cada día un poco más provinciana. Casi tan asfixiante y provinciana como la que dibuja Juan Antonio Bardem en su película.

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