Ceuta, talón de Aquiles de Europa

La experiencia demuestra que, cuando cambia el gobierno, la nueva administración lo tiene difícil para revertir medidas del antecesor, sobre todo si esas decisiones eran la respuesta a una reivindicación de un aliado al que ahora se le debería hacer devolver lo se le ha dado. No es lo mismo, hablando de Donald Trump, hacer ingresar de nuevo a los Estados Unidos en el acuerdo nuclear con Irán o el Acuerdo de París sobre el clima que revertir el traslado de la embajada de Estados Unidos en Jerusalén o el reconocimiento de la marroquinidad de la antigua colonia del Sahara y la apertura de un consulado en Dajla, la antigua Villa Cisneros, hecho a cambio de que Marruecos reconociera Israel.

Y es que la crisis entre España y Marruecos del mes pasado, con el salto por la playa del Tarajal de 9.000 migrantes, empujados por su gobierno, ha sido el mensaje a España, a la Unión Europea y también a Estados Unidos de lo que está dispuesto a hacer Mohamed VI para consolidar el cambio que significó el hecho de que Estados Unidos salieran de facto del Plan de las Naciones Unidas sobre la antigua colonia. Plan y resoluciones de la ONU que lo consideran un territorio pendiente de descolonizar para el que hay que encontrar una solución negociada aceptada por las partes.

Más allá de que la ONU ya hace tiempo que renunció de facto a celebrar el referéndum que da nombre a la misión allí desplegada, la Misión de las Naciones Unidas para la celebración del Referéndum en el Sahara Occidental, Marruecos ha intentado que España y la UE también reconozcan la pertenencia de la antigua provincia española al reino alauí.

En este «ir fuerte», sabiendo que como guardián de las fronteras de África y aliado imprescindible para la lucha contra el yihadismo, tiene la sartén por el mango, Marruecos aprobó en diciembre dos leyes por las que se apropiaba unilateralmente de las aguas del Sahara Occidental 350 millas mar adentro, englobando gran parte de las aguas canarias y amenazando los intereses de España en posibles futuras prospecciones submarinas. Por ello se tiene que entender que el ingreso en un hospital de Logroño del líder del Frente Polisario y de la República Árabe Saharaui, Brahim Ghali, fue sólo la excusa de Mohamed VI para mostrar sus cartas.

Susana Alonso

Lo que han mostrado los miles de jóvenes y también muchas mujeres que se lanzaron a las aguas del Tarajal es que huían de un régimen económicamente fallido, incapaz de ofrecer una vida mejor a sus súbditos. En cuanto a los motivos por los que el líder saharaui fue ingresado con otra identidad en el hospital, creo que no fue tanto una voluntad de las autoridades españolas, o un intento de evitar ser citado en la Audiencia Nacional, como así ha sido, para declarar sobre varias denuncias de crímenes y genocidio, que el juez Santiago Pedraz, no se ha creído, cuando, después de interrogarle por videoconferencia, no le prohibió salir de España. El motivo principal de que utilizara otra identidad fue la voluntad del Polisario de esconder que el líder saharaui estaba gravemente enfermo, a punto de morir. Porque a Ghali, de 71 años, se le juntó la letalidad de la Covid-19 con un cáncer intestinal que padece desde hace tiempo. Fue nombrado para sustituir al líder histórico de los saharauis, Mohammed Abdelaziz, fallecido hace cinco años, ya que Ghali es uno de los pocos fundadores del Polisario que sigue vivo.

Poco después de asumir el liderazgo saharaui, Marruecos intentó romper el statu quo desplegando tropas en la franja desmilitarizada de Guerguerat, cerca de la frontera con Mauritania, algo a lo que respondió Ghali enviándole de las suyas, por lo que se encontraron cara a cara a pocos metros, por primera vez desde 1991, soldados marroquíes y saharauis. Finalmente se retiraron unos y otros con la mediación de la ONU. Pero Marruecos lo volvió a hacer en noviembre, utilizando fuego real, lo que motivó que el Polisario rompiera oficialmente el alto el fuego.

Es en este contexto, de fragilidad del liderazgo saharaui y de la voluntad de consolidar lo que había conseguido Marruecos con Trump, que Mohamed VI, con Ceuta, la inmigración y la amenaza yihadista presiona a España y a Europa. Una Europa que proclama que Ceuta es una frontera europea, pero que tal vez, como que realmente está en África, a la larga será un talón de Aquiles muy incómodo de defender.

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