Joan Laporta se envuelve en el silencio y encadena errores de bulto

Su retorno a la presidencia del Barça coincide con la gravísima crisis financiera provocada por la pandemia

Transcurrido un mes desde la toma de posesión como presidente del FC Barcelona, Joan Laporta no ha dado respuestas ni explicaciones a los curiosos, poco notables y escasos acontecimientos de su recién estrenado mandato.

Tras dos reuniones de junta en las que se han repartido cargos y funciones a los nuevos directivos, no han trascendido más novedades que las bajas de cargos ejecutivos y las altas de ese círculo personal del presidente, una auténtica guardia pretoriana con más méritos como guardaespaldas que como potenciales ejecutivos de primera calidad.

Sobre el futuro de Messi, la continuidad de Koeman, los posibles fichajes, la llegada de patrocinadores, la magia económica necesaria y urgente para arreglar la tragedia financiera o traspasos que la arreglen, de todo eso nada.

Al contrario, las precipitadas conclusiones y la euforia desatadas por el aterrizaje de Mino Raiola y el padre de Haalland en Barcelona para entrevistarse con Joan Laporta se derrumbaron cuando trascendió que sólo fue la breve escala de un viaje con destino a Madrid para tantear el mercado. En el Bernabéu, por cierto, no les recibió el presidente Florentino Pérez sino el director general.

La inacción, patente desde la toma de posesión, refleja la falta de guión y de planes verdaderamente serios por parte de una junta que, además, debió acabar de improvisarse y acordarse, por la necesidad de los avales, después del triunfo en las urnas.

La excusa oficial es la espera de los resultados de la “due diligence” que, por lo poco que se sabe, ratificará las cuentas del cierre de la temporada 2019-20, con pérdidas de más de 90 millones, y la previsión de números rojos de casi 300 millones como resultado de la liquidación de la actual.

Sin contar con que se ha diferido el pago de casi 170 millones de euros de fichas de jugadores, pendientes de pago, parece que Laporta no dará la cara hasta que pueda hablar claro, seguramente para lamentar la situación que se ha encontrado y poca cosa más.

El nuevo presidente no sólo está atrapado por la herencia de Josep Maria Bartomeu y la carga insostenible de las pérdidas de este año. También lo está porque si no hubiera contribuido con su firma y apoyo al voto de censura se habría podido librar de este panorama. Habiendo permitido celebrar las elecciones el 21 de marzo, como estaba previsto por Bartomeu y su junta, la toma de posesión se habría retrasado al día 1 de julio con una posición de salida limpia y sin el enorme peso de arrancar con 300 millones de pérdidas.

En la junta de Laporta, parece que la primera reacción es de arrepentimiento por ese movimiento estratégico contra el presidente anterior que, a fin de cuentas, sólo ha servido para celebrar las elecciones quince días antes, el 7 de marzo, y para comerse unas pérdidas colosales.

Eso al margen, otros problemas surgen como resultado de esta entrada en plena temporada con un entrenador puesto por Bartomeu con el que no sabe qué hacer, sobre todo si gana la Copa este sábado. Las dudas y la escasa contundencia mostrada este último mes, con el Clásico perdido, le han hecho cometer otro error, mandando al vestuario el mensaje equivocado. Sin la confianza de la junta, el entrenador se vuelve vulnerable. La presunta experiencia de Laporta no le está sirviendo, desde luego, para gestionar como es debido su nueva etapa en la presidencia del club. Ninguna novedad.

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