Camino hacia el precipicio y el suicidio colectivo

La violencia sectaria ha vuelto a estallar en las calles de Irlanda del Norte. Por culpa de las tensiones y disfunciones provocadas por el Brexit, los acuerdos de paz del Viernes Santo del año 1998 corren peligro de saltar por los aires, 23 años después.

En esta ocasión, los incidentes han sido iniciados por los unionistas protestantes, que defienden la adscripción del Ulster al Reino Unido, descontentos con el impacto negativo que tiene el Brexit en la economía de estos seis condados y con el poco caso que les hace el premier británico, Boris Johnson. Los católicos, partidarios de la reunificación de la isla en clave independentista, se han añadido con ganas a intensificar los disturbios, que dinamitan la frágil convivencia lograda entre las dos comunidades.

Es bueno recordar que la base de los acuerdos del Viernes Santo radica en la voluntad y la obligación de unionistas y de independentistas de compartir el Gobierno autónomo de Irlanda del Norte. A pesar de su precaria estabilidad, este es el “cemento” que consiguió acabar con la espiral guerracivilista iniciada en 1968 y que, en 30 años, dejó más de 3.300 muertos, entre católicos, protestantes y miembros de las fuerzas de la orden.

Es obvio que si David Cameron no hubiera cometido el error de convocar el referéndum del Brexit, en 2016, este estallido de violencia en el Ulster no se estaría produciendo. Al igual que la acelerada migración del sector financiero de la City hacia Holanda o la imparable destrucción del sistema productivo británico causa de las barreras aduaneras. Los referéndums de secesión identitaria, como bien saben en el Reino Unido, en Canadá y también en Cataluña, los carga el diablo.

El independentismo catalán, desde los tiempos de Francesc Macià, siempre se ha inspirado en el caso de Irlanda. Entre otras razones porque las raíces católicas del nacionalismo irlandés “blanquean” al nacionalismo catalán conservador –heredero de las guerras carlistas-, históricamente enfrentado a los movimientos liberales, masónicos, progresistas, socialistas y anarquistas.

Desde esta perspectiva, se entiende el fenómeno de la pretendida entronización de Manuel Carrasco i Formiguera, el líder democristiano que fue a Burgos y acabó fusilado, a quien los independentistas de derechas intentan imponer como el antifascista por antonomasia. Es esta misma distorsión histórica que quiere convertir la Guerra Civil española en una guerra de España contra Cataluña. Para mí, los grandes héroes de la Guerra Civil fueron estos soldados de la quinta del biberón –¡tenían solo 17 años!-muertos en la batalla del Ebro y que, estos días, están siendo exhumados en silencio en las fosas encontradas en el caserío de la Magdalena (Móra d’Ebre).

En Cataluña, como que no hay conflicto religioso, la división, la polarización y la confrontación se intenta establecer con la lengua. Hay aprendices de brujo, de un lado y del otro, a quienes les gustaría que Cataluña fuera como Irlanda del Norte y que, como allí, también se esfuerzan en dividir a la sociedad catalana entre “independentistes” y “unionistas”.

Las palabras, como sabemos, pueden hacer mucho daño. Es un ejemplo la Radio de las Mil Colinas, que ejerció de incitadora del genocidio, en 1994, de más de 500.000 personas de la etnia tutsi en Ruanda. Quienes, en Cataluña, utilizan y se identifican con los conceptos políticos de “independentistas vs. unionistas” son los portadores de una semilla de odio cuyas flores son el mal y la destrucción.

Me preocupa y me indigna que Cataluña no tenga gobierno y, por consiguiente, un presupuesto aprobado para poder desplegar las políticas urgentes que requiere el desastre colosal provocado por la covid-19. Pero me preocupa y me indigna, sobre todo, que las negociaciones en curso vayan dirigidas a la formación de un gobierno de signo exclusivamente independentista, con el apoyo de ERC, JxCat y la CUP.

Se diría que no hemos aprendido nada del drama y de la enorme decadencia que sufre Cataluña desde 2012 hasta hoy. No hemos entendido que la solución para curar a nuestra desgraciada sociedad es el diálogo y la negociación entre diferentes para hacer un gobierno de la Generalitat con independentistas y no independentistas, tal y como pasa, con absoluta normalidad, en numerosos ayuntamientos catalanes. Tal y como han hecho, desde el año 1998, en Irlanda del Norte. Tal y como hacen sabiamente en Euskadi o a Navarra.

Los independentistas dicen que se preparan para “un segundo embate” contra el Estado y que quieren convertir las instituciones democráticas de Cataluña –el Parlamento y la Generalitat- en un caballo de Troya para derrotar al “enemigo” (es decir, a todos aquellos que no estamos de acuerdo con esta división ficticia que nos quieren imponer). Esta dinámica, encabezada desde Waterloo por el eurodiputado Carles Puigdemont, nos lleva al enfrentamiento comunitario, con la lengua como factor separador.

Un Parlamento y un Gobierno donde los independentistas caigan en la tentación de pasar el rodillo creará un grave empeoramiento del estado de salud del cuerpo social catalán y comportará la aparición de anticuerpos. Quienes, a pesar de todo, insisten en afirmar que “lo volveremos a hacer” -¡a la vez que exigen la amnistía!- como respuesta a los problemas palpitantes de Cataluña son unos insensatos que nos llevan al precipicio y al suicidio colectivo.

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