La Corona, el dedo, la luna y dos elefantes

Aunque la polémica en torno a la monarquía parece empeñada en dilucidar qué es dedo y qué es luna, si monarquía o república/s, cabe recelar que la almendra del asunto campa entre dos proboscidios, uno literal metafórico el otro. El literal, cadáver de 50 años y cinco toneladas, fue fotografiado junto al real cazador en abril de 2012.  Acompañaba al cazador Corinna Larsen, empresaria avispada y aristócrata consorte, que había conocido en una partida anterior con cargo a los presupuestos.

La revelación de las manadas de ceros trotantes forzó la dimisión del monarca. Corinna explicaría a la BBC que “el rey no tiene noción de lo que es legal y lo que no lo es” (https://www.bbc.com/news/world-europe-53415781). Cazar elefantes y otros lujos desafinaba con el 24% de paro en la España convaleciente del austericidio. No convalecía, en cambio,  sino que rutilaba la plutocracia de las finanzas, capaz de blandir como trofeo una pieza de la Constitución española. Mientras aún pastaba el elefante de Botswana, el metafórico, llamémosle el del hall de Wall Street, seguía invisible, como quiere la semántica del modismo, pese al legado de destrozos en su haber. Tal invisibilidad, ornada con la pócima algorítmica de Silicon Valley, es la madre del cordero de los males que nos asuelan. Para el politólogo John S. Saloma III, “una de las ventajas del dinero es que compra su invisibilidad” (Ominous Politics, 1984); y para el corresponsal del Financial Times Tom Burgis, “el secreto financiero es una herramienta esencial” (The Guardian, 24/09/2020).

Burgis acaba de publicar Kleptopia: How dirty money is conquering the world. Se basa en los documentos del banquero suizo ya fallecido Nigel Wilkins, quien sentenció: “Por comparación con las actividades de los bancos suizos, los atracadores a mano armada son delincuentes menores”. Cuando Wilkins informó a sus superiores de las manadas de foscos peculios circulantes, fue despedido. Por mala conducta. Despedido se dice en inglés fired, la voz literal para ‘disparar’. Cuidado, pues, con señalar al elefante-gorgona. La fiscalía anticorrupción acaba de pedir la petrificación del “caso Santander”, motivado por las prácticas denunciadas por Hervé Falciani; despedido y perseguido. ¡Bienaventurados los ciegos y los mudos porque serán gratificados en el Olimpo de las Business Schools!. Entre las inagotables páginas dedicadas al escándalo monárquico, pocas se han interesado por la tramoya subyacente.

Cuando Corinna se refiere al analfabetismo moral de su amante se cuida de tapar el espejo. La insensibilidad moral es la regla en un milieu que hace de la acumulación el fin que todo lo justifica. Como afirma una especialista, los delincuentes económicos presentan “una desconexión moral que hace que solo tengan en cuenta el lucro y el poder” (El País, 12/12/2020). Ni ven que cabalgan elefantes. De modo que es hercúlea la tarea de separar la economía legal de la otra, los villarejos de cloaca de los bufetes de ático (Armando Fernández Steinko, La economía ilícita en España, Alianza, 2021). Jonathan Aldred califica el evangelio neoliberal como una ascesis para no ver: “El lenguaje de la economía limita extremadamente las cuestiones morales y políticas que se pueden formular. La economía moderna nos impide ver otras cuestiones” (Licence to be bad. How economics corrupted us, 2019). En particular la subordinación de la política a la economía. El patrón del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, sentenció que “el Estado soberano ha quedado obsoleto” y David Rockefeller remachó que “alguien tiene que ocupar el lugar del gobierno y los negocios me parecen una entidad lógica para hacerlo”. Roma locuta. Era 1999 en la euforia de los dividendos del Muro.

De modo que mientras dilucidamos si corona o no corona, los elefantes desmochan las nervaduras del Estado para ponerlo del revés. La monárquica Mato con su Jaguar –invisible–, los republicanos indepes Vendrell y Boye con la suntuosa villa Bugatti o las plusvalías sitomiñancas. Non olet, non videtur. Netanyahu, Trump, Orban, Sabinsky, Bannon, Zuckerberg… La  internacional paquidérmica. Escribe el historiador James Gleick: “Lo que parecía aterrador e inmoral hace cincuenta años ahora se da por sentado” (NYR, 08/10/2020). Fue justo entonces cuando el fanático Hayek formuló el dogma del beneficio como fin supremo. Y único: vade retro bien común, delenda est igualdad.  Y se convirtió en el padre de los elefantes,  invisibles como la mano de Smith.

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