Nos la jugamos

Hace unos días, la prestigiosa revista científica Nature publicó un estudio del Instituto Weizmann de Ciencias, de Israel, sobre el impacto en la Tierra de la masa antropogénica (es decir, la creada por el hombre). El resultado es espeluznante. Nada menos que la masa de todo lo artificial es ya mayor que la suma de todos los seres vivos, vegetales y animales. Es decir edificios, polígonos industriales, centrales eléctricas, aeropuertos, carreteras, puertos, centros de ocio, pero también envases, plásticos, etc., tienen hoy ya un peso superior al de la totalidad de la biomasa del mundo y las plantas, los peces y los animales terrestres.

Los casi 8.000 millones de humanos, que equivalen a un ínfimo 0,01% de la biomasa del planeta, han generado un alud de hormigón, de ladrillo, de aglomerado, de metales y de plásticos tan gigantesca que llega a la descomunal cifra de 1,1 billones de toneladas, y ya supera el billón de toneladas de todos los seres vivos animales y vegetales que pueblan la Tierra.

Pero si nos asusta esta fotografía de la situación actual, aunque mucho más lo hace la constatación de las tendencias. El Instituto Weizmann recoge mediciones desde 1900 que señalan como merma de forma preocupante la masa de los seres vivos y, por el contrario, como crece aceleradamente la acumulación de lo artificial. Si lo artificial se doblaba cada 20 años, en las próximas dos décadas se triplicará. No es ni siquiera una ecuación de suma cero: crece mucho más deprisa el hormigón de cómo decrecen las plantas y los animales. Dicho estudio presenta dos ejemplos aleccionadores: sólo la masa de los edificios, las calles y los puentes de la ciudad de Nueva York ya es mayor que la suma de los peces de todos los océanos; y el peso de la inmensa montaña de plásticos que nos ahoga dobla el de todos los animales terrestres y marinos. Cuanto más plástico, menos animales. Cuanto más hormigón, menos árboles.

La evolución es tan aparatosa que no hace mucho, a principios del siglo XX, la masa antropogénica (la artificial) no iba más allá del 3% de la biomasa. Se afirma también en el estudio que las cuatro quintas partes de los productos y objetos en uso actualmente tienen menos de 30 años y, ¡atención!, que en los cálculos no se cuentan las montañas de desechos de los vertederos.

Cabe preguntarse cómo afecta esta preocupante deriva en nuestro país. El fenómeno de la urbanización desbocada no nos es ajeno. Evidentemente, las áreas metropolitanas son ejemplos arquetípicos de artificialización irreversible con efectos de contaminación del aire, de los cursos fluviales, de las aguas marinas y, por supuesto, de aguda pérdida de la biodiversidad. Se trata de un fenómeno que ha convertido la línea de la costa mediterránea en un continuo edificado.

Sin ir más lejos, también el Pirineo ha conocido en muchos lugares una acusada artificialización, básicamente en los valles principales de las áreas más turísticas y en las zonas esquiables. Basta comparar las fotografías de comienzos del siglo XX del fondo de los valles de las Valiras y, en menor medida, de la Garona, para darnos cuenta de la magnitud de los cambios experimentados.

Decía el poeta romántico alemán Holderlin: «Allí donde crece la amenaza y el peligro, también crece lo que nos salva». Así, ¿de dónde debería venir la salvación? Probablemente, de la intensificación de la conciencia medioambiental del conjunto de la sociedad; de la necesidad de poner límites al crecimiento (David Pilling, autor del libro El delirio del crecimiento, nos lo advierte: «Sólo la economía considera una virtud la expansión sin límite. En biología se llama cáncer»); de la consideración de los prados, los bosques, los ríos, los mares y de la biodiversidad en general como un valor esencial. Todo esto lleva a una sencilla consideración, pero difícil de aplicar: hay que ajustar todo lo que se fabrica artificialmente a la estricta necesidad de preservar los equilibrios medioambientales fundamentales para asegurar la calidad de la vida futura.

Como decía Saint-Exupery: «No heredamos la tierra de nuestros antepasados. La legamos a nuestros hijos».

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