Salvador Illa, el heredero de Josep Tarradellas

La historia de Cataluña no empieza el 11 de septiembre del 1714. Mucho antes se produjeron dos hechos determinantes que han marcado los siglos a venir: la muerte sin sucesión del rey Martín el Humano, en 1410, y la unión dinástica de las coronas de Aragón y Castilla, en 1469, con el matrimonio de los reyes Isabel y Ferran.

La actual etapa de la historia de Cataluña tiene su origen en la muerte del dictador Francisco Franco, en 1975. A continuación vendrían la aprobación de la Constitución democrática española (1978), del Estatuto de Autonomía (1979) y la entrada de España en la Unión Europea (1986).

Son hechos de los cuales una mayoría de la población –entre los cuales me cuento- tenemos memoria viva o somos directamente tributarios. Y, en general, los catalanes estamos de acuerdo que la recuperación de las libertades democráticas, la consolidación del Estado del Bienestar (pensiones, seguro de desempleo, educación pública de calidad, sanidad al alcance de todo el mundo…), la pertenencia a la comunidad europea y la adopción del euro han sido adelantos muy positivos y a los cuales no queremos renunciar.

Pero, de manera curiosa y anacrónica, en Cataluña hay una parte de la población que se emperra en retroceder la historia presente al 1409, antes de la muerte sin descendencia de quien fuera rey de la Corona de Aragón, Martín el Humano. Esta masa de gente tampoco acepta el matrimonio posterior de los Reyes Católicos ni, por supuesto, la Constitución española del 1978. Para ellos, el cambio dinástico de la monarquía española de los Austrias a los Borbones, acaecido a inicios del siglo XVIII, es una “tragedia” que todavía colea y que marca nuestros días, como si nada hubiera pasado después.

Por supuesto, son totalmente respetables, pero también son incoherentes. La Corona de Aragón, que tanto añoran, estaba formada en 1410 por otros territorios, además del Principado de Cataluña –Aragón, las Baleares, la Comunidad Valenciana, Sicilia, Malta…-, que, hoy en día, son radicalmente contrarios a hacer este viaje al túnel del tiempo que reclaman los independentistas catalanes. También defienden enconadamente la adscripción a la Unión Europea, pero no quieren aceptar que el “pasaporte” para acceder a ella es la Constitución democrática española.

Para entender todas las graves contradicciones que empañan, desvirtúan y deslegitiman el discurso independentista tenemos que ir al año 1980, cuando se celebran las primeras elecciones autonómicas después de la aprobación del Estatuto. El banquero Jordi Pujol se impuso, contra pronóstico, al candidato socialista, Joan Reventós, y cerró el paso a la previsible coalición PSC-PSUC. Para consolidar su designación como presidente de la Generalitat, Jordi Pujol pactó con la ERC de Heribert Barrera (a quien la patronal Fomento del Trabajo financió la campaña), la UCD (el partido de los herederos reformistas del franquismo) y el exótico Partido Socialista Andaluz.

Cataluña pasó, casi sin solución de continuidad, de los 40 años de régimen franquista a los 40 años del régimen pujolista, que ha llegado hasta nuestros días a través de varias mutaciones (Convergència, Junts x Sí y ahora Junts x Catalunya). Si no tenemos claro que Carles Puigdemont procede de las juventudes de Convergència (JNC) y que las siglas JxCat son los rescoldos del pujolismo no entenderemos qué hay en juego este próximo 14-F, si es que finalmente se celebran las elecciones en esta fecha.

En la construcción de la Cataluña democrática hay un hecho capital: el retorno, en 1977, del presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, y su exitoso pacto para la reinstauración de nuestra histórica institución de autogobierno. El corto mandato de Josep Tarradellas al frente de la Generalitat restaurada (1977-80) nos dejó una lección que Jordi Pujol liquidó fulminantemente cuando ganó las elecciones y accedió al poder.

Aquella “primavera democrática” catalana se basó en un gobierno de unidad de todas las fuerzas políticas y un sentido de Estado basado en el espíritu republicano que Josep Tarradellas trajo de Francia: seriedad, negociación permanente, buena administración, austeridad, lealtad a los pactos y rigor.

El hombre de máxima confianza que tuvo Josep Tarradellas en la gestión de la Generalitat provisional fue Romà Planas, que volvió con él del exilio. Y Romà Planas, que acabó su vida política siendo el alcalde de la Roca del Vallès, fue el descubridor y el impulsor del entonces jovencísimo Salvador Illa, que lo sucedió en el cargo cuando murió. Hay, por lo tanto, un hilo conductor directo entre el ex presidente Josep Tarradellas y el actual candidato socialista a la presidencia de la Generalitat.

En este contexto, las próximas elecciones al Parlamento son una “segunda vuelta” de aquellos trascendentales comicios del año 1980. Carles Puigdemont, a través de Laura Borràs, encarna la fase final del pujolismo: el independentismo unilateralista, henchido de épica trasnochada y de insostenibles contradicciones políticas que no se sostienen ni un minuto. Por su parte, Salvador Illa representa la herencia de Josep Tarradellas: unidad, racionalidad y progreso.

Salvador Illa, en su cara a cara con Laura Borràs, ya tiene la campaña electoral hecha. Solo le debe recordar la votación del pasado 26 de noviembre del Parlamento europeo, que rechazó, por aplastante mayoría, que las regiones puedan ejercer el derecho a la autodeterminación de los Estados de los cuales forman parte. No hay nada más que añadir.

Josep Tarradellas ya nos advirtió, antes de morir, que Jordi Pujol había instaurado una “dictadura blanca muy peligrosa” en Cataluña. El Plan de Nacionalización, puesto en marcha en 1990 –que EL TRIANGLE destapó íntegramente en 2019-, es un documento escalofriante que demuestra la estrategia totalitaria que pretendía Jordi Pujol y que se ha inoculado a la sociedad catalana en las últimas décadas.

Esta “dictadura blanca” ha acabado sometiendo Cataluña a la ruina y a un callejón sin salida. Las próximas elecciones son una oportunidad de oro para revertir esta lamentable situación de degradación, de división y de decadencia a la cual nos han llevado los 40 años de régimen pujolista y Salvador Illa es el único candidato que puede ganar y que puede hacerlo.

Hay otra Cataluña posible y ahora es posible reencontrar el hilo perdido de la historia. Después de la dictadura de Francisco Franco y de la “dictadura blanca” de Jordi Pujol, los catalanes merecemos, finalmente, vivir en un presente y en un horizonte serio, solvente y coherente, sin delirios ni proclamas estériles que solo sirven para hacer el ridículo internacional e intentar tapar la corrupción.

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