El retorno de la inquisición

Hace unas semanas saltaron a la palestra informativa dos temas que, aunque tienen pocas cosas en común, han servido para evidenciar la mezcla insana que se pretende hacer entre lo personal y lo político, así como el espíritu inquisitorial no tanto de la ciudadanía como de una cultura bastante imperante en los medios de comunicación, muy ávida y estimulada cuando se trata de «hacer daño». Me refiero a las imágenes del alcalde de Manlleu ebrio y a las filtraciones sobre posible acoso sexual por parte de un ex diputado de la CUP. Tanto uno como otro se magnificaron, repitieron y reiteraron en los medios hasta acabar criminalizando dos personas de manera injustificada. Indudablemente en el caso de la primera, pero también de la segunda, en la medida en que si se hubiera cometido un delito se le habría denunciado en el juzgado.

Al hacer correr imágenes y hacer acusaciones grandilocuentes y gratuitas no se tiene en cuenta el daño que se inflige a personas, en muchos casos de manera irremediable, ni el hecho de que en una sociedad libre lo personal debería mantenerse estrictamente en esa esfera. No se trata de defender ni de decir que es bueno excederse en el consumo de alcohol, pero si lo hace incidentalmente en su tiempo de ocio, esto no convierte a alguien en buen o mal político, y en ningún caso en mala persona.

Ciertamente que es deseable que los políticos tiendan a ser ejemplares en su comportamiento, pero no podemos pretender que estén liberados de cometer los errores o caer en las debilidades propias de la imperfección humana. Debemos aspirar a tener políticos y dirigentes capaces y honestos, modélicos en su entrega al servicio público, pero no líderes cargados de una impostada perfección que siempre suele ser moralismo de postureo, irreal.

Resulta significativo, en este caso, que el gran pecado fue la existencia de imágenes, que permitieron magnificar el hecho y al mismo tiempo hacer una reposición reiterada de los mismos para humillación y escarnio de la persona y para el dudoso disfrute morboso de la sociedad. Pese a resultar comprensible por la presión sufrida, el denigrado hizo mal dimitiendo de manera precipitada -cosa de la que luego se desdijo de manera poco acertada-, ya que suponía aceptar una culpa que políticamente, pero también personalmente, era inexistente. Y más se equivocó su partido si es que le forzó a hacerlo, lo cual desconozco.

En el caso del ex diputado de la CUP, estamos ante un episodio de cainismo y venganza política tan típico de algunas organizaciones. Una filtración de información hacia un determinado medio que ya nos indica el grado de enfrentamiento que se está dando en ese espacio político. Una propagación que deja indefenso y a los pies de los caballos a un inculpado sin posibilidad de defensa. No se dice el qué, sino que sólo se insinúa. Con éso basta. Así el lector puede imaginar lo que quiera. Hay que suponer que no estamos hablando de ninguna acusación de las que tienen la consideración de delito y cabida en el Código Penal, ya que si fuera así ya lo habría sustanciado quien tuviera que hacerlo. El tema es más sibilino y de reminiscencias totalitarias.

Expedientes abiertos y conductas impropias, según normativas internas de una organización que cree que debe ir más allá de lo que rige a la sociedad y así depurar a los imperfectos. Todo ello remite a códigos de conducta sectarios y en la convicción de que se puede intervenir en la vida de las personas de manera discrecional, con la pretensión además de llevar a cabo procesos de admisión de culpa y de reeducación. ¡Qué miedo!

Desconozco si el acusado tuvo o no actitudes poco consideradas o no adecuadas en las relaciones personales, que son inherentes en el trabajo en cualquier organización y en la vida social. Pero no me interesa ni debería ser cuestión de debate público. Hay cosas que forman parte de las relaciones interpersonales, con los errores y las incomprensiones que se quiera, y es justamente en este ámbito donde se han de dirimir y resolver. Utilizar fricciones para degradar a los individuos, para construirles causas generales, para destrozarles personalmente y acabar con su credibilidad, es precisamente lo que practicaban de manera muy refinada el estalinismo ruso o el maoísmo chino de la revolución cultural. Rumores y acusaciones sin base para destruir dos de las cosas más preciadas para los humanos: el respeto y la credibilidad.

La vida pública sólo resulta saludable cuando lo personal y privado se mantiene en la esfera íntima. También el derecho de los individuos a no ser acusados ​​en vano.

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