Hace unos meses escuché una entrevista en la Cadena SER que me hizo reflexionar largamente. El arquitecto Javier Peña Ibáñez, explicaba a Àngels Barceló una idea que, de entrada, parece paradójica: que las grandes ciudades de cuatro millones de habitantes no funcionan muy diferente a las pequeñas. Y continuaba la reflexión sobre aspectos de civismo, convivencia y recuperar el sentido de hacernos nuestra la ciudad.
Un problema de todos los ayuntamientos

Como decía el propio Peña en la entrevista, «la mayor parte del tiempo la gente es muy cívica y muy respetuosa, y hay que potenciar y visibilizar esto, más que los momentos en los que ocurren otros problemas». Tiene razón. La inmensa mayoría de los vecinos y vecinas de la Bisbal, como de cualquier otra población catalana, son personas que respetan el entorno, que cuidan los espacios comunes, que hacen una convivencia posible y agradable. Sin embargo, las ciudades cada vez están más degradadas y las quejas más extendidas… sólo hay que comprobar los comentarios en redes sociales.
El incivismo existe, es transversal en todo el territorio, y los ayuntamientos lo sufrimos cada día. Hablamos de residuos dejados fuera de los contenedores. De mobiliario urbano vandalizado. De pintadas en fachadas de edificios públicos y privados. De circulación de «patinetes» en todos los rincones de las ciudades, permitidos o no. De vehículos con motores y aceleraciones que incumplen cualquier límite sonométrico. De ruidos nocturnos que rompen el descanso de los vecinos. De perros que hacen sus necesidades en medio de una plaza sin que el propietario recoja los excrementos. De vehículos mal aparcados que impiden el paso. De parques infantiles deteriorados por un uso irresponsable.
Lo importante de remarcar es que ninguno de estos problemas es exclusivo de una gran capital. Ocurren aquí, en la Bisbal. Ocurren en Palafrugell, en Figueres, en Girona, en Sabadell, en L’Hospitalet. Y ocurren, sí, en Barcelona.
Todo lo pagamos entre todos
Hay una frase del arquitecto que debería estar colgada en la entrada de cada escuela, de cada ayuntamiento y de cada espacio público del país. Dice así: «Todo lo pagamos con nuestros impuestos».
Parece una obviedad. Pero no lo es. Cuando alguien rompe un banco de un parque, no rompe un banco que es de otro. Rompe un banco que es de todos. Cuando alguien ensucia una calle, no ensucia una calle ajena. Ensucia una calle que ha pagado su familia, su vecino, su comunidad. Y todas estas acciones requieren de actuaciones municipales que cuestan dinero y que salen de los impuestos de todos.
Desde los ayuntamientos, tenemos la obligación de garantizar la limpieza, el mantenimiento y la seguridad de los espacios públicos. Pero la administración no puede ser la única responsable de una cuestión que es, en primer lugar, cultural y educativa. No tenemos suficientes policías locales para estar en cada esquina, ni suficientes recursos para reparar cada día lo que se destruye cada noche. Y, sobre todo, no debería ser necesario.
Eso no nos exime, sin embargo, de hacer nuestra parte. Debemos garantizar servicios de calidad, espacios limpios y bien iluminados, mobiliario urbano digno y equipamientos en buen estado. Porque es mucho más difícil pedir respeto por un espacio degradado que por un espacio cuidado.
Ahora bien, la ciudadanía también debe hacer su parte. No se trata de expulsar responsabilidades ni de clasificar a nadie entre buenos o malos. Se trata de entender que una plaza bien cuidada, unas calles limpias o unos parques respetados no son lujos: son la base de una convivencia sana y del respeto mutuo que nos debemos como comunidad.
Pacto ciudadano. Una solución necesaria
Me gusta la idea de Peña de que las ciudades funcionan a escala de proximidad. Porque nos recuerda que las soluciones también deben ser de proximidad. El ayuntamiento, las administraciones, no pueden solucionarlo todo. Es necesaria la implicación de los vecinos y vecinas, de las asociaciones de comerciantes, de las AFA, de las entidades deportivas y culturales. Es necesario que entre todos se construya una cultura cívica que no dependa únicamente del miedo a la sanción sino de la convicción de que el espacio público es nuestro y nos merece respeto. La solución no es únicamente policial ni administrativa: es comunitaria. Es necesario un pacto ciudadano por el civismo, la convivencia y el respeto al espacio público. ¿Nos ponemos a ello?







