Sobre las mierdas que apestan

En la edición inmediata a la abdicación, El Jueves debía publicar una portada donde se veía al rey emérito Juan Carlos I cediendo una corona pestilente, cogida con pinzas, con mierda y moscas incluidas, a su hijo, el rey Felipe VI. La caricatura se esparció como un reguero de pólvora por las redes, pero en realidad nunca fue la portada de la satírica publicación. La editora, RBA, censuró el dibujo, en su lugar sacó otro con Pablo Iglesias como protagonista. La ilustración era de Manel Fontdevila, que dejó El Jueves después de la censura, desencadenándose entonces una profunda crisis que dejó la publicación tocada de muerte. El despropósito demostraba que el rey emérito conservaba intactas sus facultades represoras.

La clarividencia del dibujo ha quedada sobradamente demostrada con la proliferación de escándalos que señalan el enriquecimiento del viejo monarca y su entorno. Se confirma, pues, que la corona llevaba mierda, y la mierda real, al contrario de la de montaña, huele mal. Así, cada día se nos desvela un nuevo escándalo relacionado con el emérito. Dicen que sólo hemos visto la punta del iceberg y que la magnitud de la tragedia es aún mayor. Esperamos que pronto se desenmascaren los cómplices de Juan Carlos y que todos, él el primero, rindan cuentas con la justicia.

La defenestración del rey ha transcurrido paralela a la del presidente más longevo de la historia de Cataluña, Jordi Pujol. No es nueva la teoría de la intersección de los escándalos del rey español y del virrey catalán. Estamos a la espera de la concreción. Como Felipe de Juan Carlos, Artur Mas también recibió una corona, en este caso virreinal, llena de mierda. Como los de Juan Carlos, los tentáculos censores de Pujol también han sido públicos y notorios. Las funestas coincidencias de los destacados personajes de la transición son reconocidas. En ninguno de los dos casos hemos limpiado.

Por otra parte, desespera que mentes presuntamente preclaras como la del expresidente español, Felipe González, todavía hoy se empeñen en negar la mayor. Así, el González de «nunca creí» que Pujol fuera corrupto, ve ahora en los escándalos del rey emérito «una campaña contra el régimen del 78». Triste y profundamente decepcionante. De la defensa numantina e indecente de la derecha no hay perder ni tiempo ni energía.

Por último, constatar sólo que el actual rey no ha sabido o no ha querido hacer un buen cortafuegos con los escándalos de su padre. Una falta que, poco a poco, va minando la monarquía. Quizás cuando quiera poner remedio, ya no estará a tiempo. Coincidí una vez en Igualada con el actual rey, entonces príncipe. Ya entonces, cuando la monarquía gozaba de mejor fama, pensé que él y lo que representa eran totalmente irreales y prescindibles.

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