La perversión del doble lenguaje en política

Las grabaciones de conversaciones telefónicas de algunas de las personas investigadas por su relación con la financiación de los gastos de los políticos independentistas huidos al extranjero y la organización de las acciones del Tsunami democràtic ponen en evidencia el doble lenguaje de la clase política. David Madí se refirió a Quim Torra como un "subnormal político profundo". Sergi Sol a Carles Puigdemont cómo el "hijo de puta Pelomocho". Y Xavier Vendrell se quejaba que "con todo lo que yo he hecho por este país sin pedir nada a cambio y me están tocando los cojones por todo el tema del concierto. Me están haciendo perder tiempo, ¡hostia! Agiliza esto un poco… llama a la consejera de Salud por todo el tema de los laboratorios, llama a Bargalló y llama a Chakir por todo el tema de Villa Bugatti, que me desencallen lo de las subvenciones de la escuela y tal…".

Son los mismos personajes que después, cuando hablan ante los medios de comunicación o en sesiones parlamentarias, utilizan un lenguaje exquisito. Es cómo si viviéramos en dos mundos paralelos. Cara al público escondemos los cuchillos. Cara adentro nos decimos de todo. Lógicamente, la gente lo ve y los políticos pierden credibilidad. ¿A quién tenemos que creer? ¿Al político que antes de tomar la palabra en el Parlamento se dirige educadamente a los asistentes o al que, cuando abandona el atril y coge el teléfono móvil, se lanza a insultar y maldecir a diestro y siniestro?

Peor todavía, mucha gente se acaba sintiendo más identificada con las expresiones agresivas de los personajes públicos dichas cuando se supone que nadie les escucha que con las que dicen en los actos oficiales. Entienden que el Madí, el Vendrell o el Sol reales son los que insultan o desprecian a otras personas en conversaciones telefónicas y no los que aparecen en las tertulias, el FAQs de TV3 o en los debates parlamentarios.

Este doble lenguaje tiene buena parte de culpa del desprestigio de la política y de los políticos. En la vida real hablamos de un modo. En la vida que enseñamos públicamente de otro. No es nada nuevo. Jordi Pujol bramó desde el balcón del Palau de la Generalitat que de ética sólo podía hablar él y no los adversarios políticos que aplaudían que lo procesasen por la gestión que hizo de Banca Catalana. Y cuando no lo escuchaban, o lo creía, decía que los socialistas tendrían que ir "a la mierda de dos en dos".

Si se pretende que la gente se reconcilie con la clase política, hay que erradicar la sensación de que utiliza un doble lenguaje. Este lenguaje sincero tendría que estar en algún lugar en el camino entre el insulto telefónico que se supone secreto y la formalidad excesiva de los discursos parlamentarios. No se trata de burlarse de nadie ni de pretender ser oradores brillantes. Se trata de hablar a los ciudadanos de tú a tú, tal como ellos hablan.

Teniendo claro que los buenos modales no tienen nada que ver con las quejas de Santiago Abascal sobre la form de vestir de los diputados de Unidas Podemos. El lenguaje de Vox –el oral y el no verbal- no es el que hace falta para dignificar la política y acercarla a la gente de bien.

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