Para empezar, una confesión

Me estreno. Primer artículo en estas páginas de celulosa y de bits. Y para empezar, una confesión: estoy a favor de la independencia de Catalunya. Pensándolo mejor, quizás no es una confesión, de hecho, ni siquiera es un mensaje para quien esté leyendo este artículo, sino un acto de autoafirmación. Sí, Oriol, recuérdalo, estás a favor de la independencia. Llegaste aquí como tanta otra gente, navegando sobre el relato de que los intentos de pacto con el Estado habían llegado a su límite. Ni el Estatuto que votamos, ni una negociación de pacto fiscal, ni una consulta no vinculante… Nada.

Me resulta muy curioso tener que decirme todo esto después de que el Estado haya dejado en ridículo (por tibios) los portazos de los años previos al cenit del proceso. Y es que la respuesta policial al 1 de octubre, la sentencia contra los presos políticos y el juicio contra la cúpula de los Mozos, entre otros, son manifestaciones mucho más evidentes, en mi opinión, de la necesidad de disponer de las máximas cuotas
de autogobierno posibles.

Así pues, ¿por qué he estado tres años dudando de mis convicciones independentistas? Puede ser que mi duda venga del hecho de que yo no soy independentista. O no soy independentista cómo soy liberal-demócrata, por ejemplo. Mi posición a favor de la independencia no es una posición ideológica, en el sentido de que no sale de reflexiones, si queréis, filosóficas y éticas sobre qué es justo y qué no lo es. Estoy a favor de la independencia porque me parece detectar en la cultura política española una incapacidad manifiesta de reformar la estructura institucional del Estado para poder acomodar las voluntades políticas de la ciudadanía de Catalunya y que esto, a la larga, está afectando la libertad y el bienestar de cada uno de nosotros.

Debo ser lo que los más convencidos, con cierta expresión de desprecio, llaman independentista pragmático. Pero esto por si solo no explica mi duda. Entonces, ¿qué es lo que me ha hecho acomplejar de mi independentismo pragmático en los últimos tres años? La respuesta se encuentra en el hecho que a partir del 1-O el movimiento independentista olvidó que su discurso, y más aún su praxis, tenía que dar respuesta a una sociedad compleja cómo es la catalana. No hay muestra más evidente de esto que la declaración de independencia (¿fallida? ¿suspendida? ¿de ficción?) del Parlament.

No digo nada nuevo si constato una vez más que el juego de desconfianzas entre los diferentes actores fue lo que llevó al Parlament y al presidente a declarar la República sin un mandato democrático que lo legitimara. Desde entonces, el juicio a la respuesta
del Estado se ha asociado a un cierto legitimismo y adhesión a todas las decisiones que tomaron los líderes del proceso. Las voces más matizadas han sido tildadas de traidoras o ingenuas. No se puede negar que plantear posibilidades de entendimiento con el Estado con nueve personas en prisión y cinco exiliadas genera una buena dosis de incomodidad interna. A pesar de esto, tiene que ser posible un independentismo pragmático y sin maximalismos, que pase porque los partidos que lo defiendan constaten una verdad y adopten dos compromisos.

En primer lugar, la constatación: la ciudadanía de Catalunya no ha dado un mandato a sus gobernantes para que implementen una República. Puede ser duro de admitir ante mucha de la gente que cómo yo votamos el 1 de octubre y defendimos nuestro derecho a hacerlo, pero decir lo contrario es despreciar la democracia. Y los compromisos: primero, que el próximo proceso que se haga para decidir el futuro político de Catalunya contará con el apoyo del 80% de la ciudadanía que está a favor del derecho a decidir. Esto no quiere decir que en un eventual referéndum de independencia haga falta un 80% de los votos favorables, ni mucho menos. Lo que quiere decir es que de noche, cuando conozcamos los resultados, todo el mundo los acepte como legítimos porque todo el mundo ha avalado el procedimiento.

Y segundo, que se aprovechará todo el poder de las instituciones de autogobierno, que a pesar de que es insuficiente no es poco, para trabajar
constructivamente por la libertad y el bienestar de la ciudadanía, desde la posición ideológica que sea, pero diseñando políticas públicas efectivas para sus objetivos y que no sirvan sólo de ariete para defender la independencia.

Así pues, sí, lo confieso, me lo recuerdo: estoy a favor de la independencia desde un posibilismo que evite convertir nuestros políticos en perritos que ladran mucho pero no muerden.

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