Fase de correa extensible

Cada perro tiene un tipo de correa según la tipología del animal o las circunstancias. Así, la de nylon es ideal para paseos diarios y entrenamientos básicos, la de cuero para perros grandes o difíciles de controlar, la metálica para los que la muerden, la de cordón para bestias con mucha fuerza, la extensible para perros dóciles y obedientes… Salvando las distancias necesarias, la desescalada del confinamiento por coronavirus me encaja en la última opción, la de la correa extensible, para ciudadanos dóciles y obedientes. El lunes, algunos, no todos, podremos pasar a la fase 1, la que, entre otras cosas, nos permite sentarnos en una terraza de bar y (re)tomar una cerveza. En cada fase, el gobierno nos cede un trozo de correa. El cambio de fase da una falsa sensación de libertad, pero en el fondo sabemos que seguimos atados y que, si es necesario, el estado de alarma nos pegará un tirón e, incluso, recogerá sedal. Como en el parchís, la amenaza a tener que volver a la casilla de salida nos condiciona.

El virus nos ha hecho dúctiles. De hecho, más que del virus el mérito es del miedo, a morir, a enfermar, en definitiva, a sufrir. El temor a la muerte nos ha convertido en personajes más maleables. Se dice tanatofobia y, como tantas otras fobias, su poder es extraordinario. El miedo, así en general, siempre ha formado parte del relato político. Ahora que entreabren la puerta de la jaula, confieso que, tras dos meses de estricta obediencia, deshacer por una falla el camino hecho, pesa. No quisiera ser yo el eslabón que rompe la cadena. Así, saldré el lunes a hacer la cerveza como Dustin Hoffman entraba en la imaginaria ciudad californiana de Ceder Creek para luchar contra el virus Motaba en la película Outbreak, parapetado con máscaras, guantes y una armadura medieval si hace falta. Esta obediencia casi ciega es compatible con la desazón a que la maldita pandemia se lleve también un trozo de las libertades que tanto nos han costado atesorar y por las que tanto lucharon nuestros abuelos, motivo principal de la confiesa disciplina.

La tentación política de manejar a los ciudadanos y controlar así el desbordamiento social vía la administración de pequeñas dosis de miedo siempre ha existido. No es un uso exclusivo de la política, las religiones también han abusado y abusan. La Iglesia católica, por ejemplo, amenaza con el infierno a los parroquianos pecadores y reparte la absolución bajo secreto de confesión y arrepentimiento. ¿Cuántas donaciones a la santa iglesia se han hecho en el lecho de muerte y bajo amenaza de no pasar el corte del juicio divino? La política siempre ha planificado el miedo colectivo, y ahora no es una excepción. Ceder derechos a cambio de seguridad, esta es la receta. Un ejemplo claro lo tenemos en los ataques a las Torres Gemelas, la posterior legislación antiterrorista y el recorte de derechos fundamentales que derivaron.

Por todo ello, la pandemia da miedo, mucho miedo, pero también me lo da que su lucha sirva de excusa para perpetuar el uso y el abuso de la correa extensible.

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