Ciutadans, el arma secreta del independentismo

Tenemos a Inés Arrimadas buscando desesperadamente a alguien que le haga un poquito de caso. A ver si puede hacer una coalición para esconder las miserias electorales que divisa el partido en Catalunya, Galicia y Euskadi. Pide un frente constitucional a las nacionalidades históricas al poco de abrir de par en par las puertas de las instituciones a esta escisión anticonstitucionalista y punk del PP que es Vox. Contradicciones de una formación que fue socialdemócrata, después se hizo llamar liberal y ahora está pendiente de celebrar un congreso refundacional para definir de nuevo su identidad. Ideología y coherencia nunca han sido los fuertes de un partido que, desde el primer momento, ha dadoo la sensación de ser el arma secreta del independentismo.

Ciutadans nació en 2006 –dicen las malas leguas que con el apoyo entre bambalinas del factòtum convergente David Madí– con el propósito de debilitar a los socialistas en una área metropolitana siempre impermeable al nacionalismo y como reacción al tripartito formato por PSC, Iniciativa y ERC. El único planteamiento del nuevo partido era acabar con la inmersión lingüística; una propuesta original del PSUC y del PSC, que tuvo como ideóloga a Marta Mata.

CDC, siguiendo el espejo del País Vasco, apostaba por una doble red escolar con un tipo de ikastolas a la catalana. Eran aquellos tiempos lejanos, cuando los partidos se hablaban. Incluso se escuchaban y acordaban cosas. Así que nadie se sorprendió el día que Aina Moll hizo suya la inmersión. Una decisión que probablemente ha impedido que en Catalunya existan hoy dos comunidades separadas por el idioma que tanto el independentismo catalán más radical como Ciutadans se entozudecen en buscar.

Los años pasaron y los vientos procesistas hicieron de Ciutadans la primera fuerza política en el Parlament. Una primacía estéril, puesto que Arrimadas convirtió en irrelevante la fuerza que le dieron sus votantes al ser incapaz ni tan siquiera de presentar su candidatura a presidir la Generalitat. El argumento fue la carencia de apoyos ante la mayoría independentista en la Ciutadella. Su omisión evitó que el reloj parlamentario se pusiera en marcha y regaló un tiempo precioso para construir acuerdos a un independentismo que, ya en aquellos momentos, se mostraba dividido y enfrentado. La única tarea notoria en el Parlament es proporcionar al independentismo los exabruptos que necesita para mantener vivo su discurso y mostrar España como un lugar agresivo, ultramundano y francamente desagradable. Un aprecio por la bronca que se aviene muy poco con las civilizadas formas del liberalismo europeo, pero que encaja muy bien con aquello que siempre ha sido: el primer movimiento populista aparecido en nuestro país –con unos postulados cercanos a los de Menem en Argentina o Berlusconi en Italia–, cosa que explica su última pirueta, que lo ha llevado a ser poco distinguible de la extrema derecha y a echar a sus dirigentes menos testosterónicos.

La consecuencia de esta incapacidad política fue un hundimiento sin precedentes en la repetición de las elecciones generales. Pero este fracaso no ha hecho que Ciutadans pierda la oportunidad de tropezar nuevamente con la misma piedra. En un ejercicio de hipocresía sin precedentes, Arrimadas paseaba por los pasillos del Congreso, durante los ratos que le dejaba libres una absurda e insultante exhibición de cartelitos y muecas, pidiendo un traidor que frustrara el acuerdo de gobierno que ella podría haber evitado haciendo algo útil con sus votos. Su opción era la España ingobernable de Laura Borràs y Mireia Vehí.

Con su postura Arrimadas ha rescatado al independentismo del ostracismo al que podrían haberlo condenado sus votos, para regalarle vida nueva y un protagonismo absoluto en esta legislatura. Gran servicio a sus presuntos enemigos, que quizás tendrá como efecto colateral positivo abrir, por fin, un diálogo imprescindible. No será el último favor. Pronto habrá elecciones al Parlament, y muchos de sus votantes se refugiarán en la abstención, decepcionados por la inutilidad parlamentaria de un grupo que ni siquiera ha sabido liderar la oposición. Abstenciones que reforzarán la mayoría independentista sin necesidad de crecer en votos.

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