Elegir entre Llach y Los Chunguitos

Si me hacen escoger entre Llach y Los Chunguitos, me quedo con Los Chunguitos. Sin ningún remordimiento. Esta es una elección tramposa: Llach no me gusta, se me hace aburrido, es pretencioso y su música no me acompaña. Si esta elección no me presenta problemas, ¿por qué lo explico? Porque en Catalunya se ha ido imponiendo la necesidad de tener que escoger, demasiado a menudo, entre dilemas que no me interesan. ¿Eres catalán o español? ¿Del papá o de mamá? ¿A cuál de las dos abuelas quieres más? A estas elecciones nos habitúan desde pequeños, cuando no tenemos herramientas para defendernos del chantaje, y lo único que aprendemos es a ser víctimas del chantaje emocional, a normalizarlo.

Pero llega una edad en la que ya sabemos defendernos. Sobre la identidad nacional tengo poca cosa que decir: hasta hace poco me consideraba tan catalán como español y me quedaba tan ancho. Pero a medida que han ido poniendo difícil ser catalán he perdido las ganas y he decidido que ya no lo soy. Ahora ya sólo soy español y me siento la mar de bien. Incluso más tranquilo: no tengo las exigencias insufribles de la escabrosa identidad catalana. Ahora respiro mejor. Desde que he dejado de ser catalán me costipo menos y no he pillado ninguna bronquitis, señal inequívoca de que la identidad catalana perjudica el sistema inmunitario. (Un dato: la neurociencia actual advierte de que las relaciones tóxicas y maltratadoras, así como la infelicidad, acortan la esperanza de vida).

Cuando explico que no haré huelgas ni me manifestaré para que liberen a los presos procesistas, cuando digo que, según yo lo veo, en
España no hay presos políticos, enseguida me saltan: ¿entonces estás a favor que una gente se pudra en prisión? ¡Aquí lo tienes! El chantaje emocional de nuevo. No hay respuesta buena a esta pregunta: me he dejado arrinconar otra vez por el chantajista catalán. Tengo que escoger entre hacer un giro pusilánime o exhibir una crueldad que no siento. Y, finalmente, opto por un conciso: no es mi
problema, ellos eran bastante mayorcitos y sabían lo que se hacían, no me interesan.

Podría añadir: ellos no pensaron ni un segundo en el malestar que generaban a la sociedad, en el daño incurable que infligían a la cohesión social. Pero esto último no siempre lo digo. Acostumbro a optar por la respuesta evasiva, que no es la mejor ni la que recomienda la asertividad. Acostumbro a sentir preguntas cómo: "¿Prefieres vivir en un Estado totalitario, en una monarquía opresora que en una república popular?" ¡Vaya! Aquí hay que esforzarse algo más: puedo decir que la república es preferible a la monarquía como principio, pero tan sólo en términos teóricos y generales. Porque si bajamos a las concreciones, puedo decir que prefiero la monarquía sueca que la república de Montenegro. De forma que sí: prefiero vivir en la España que es una monarquía constitucional, donde hay un rey que, en sus discursos, defiende valores más republicanos que los que defienden el Triste de Waterloo o su vicario, los dos poseídos por unas tentaciones totalitarias escandalosas.

Sí, prefiero laEspaña con un rey constitucional que no la república catalana nunca concretada, nunca definida, de los catalanes de la derecha nacional-populista. "¿No crees que este conflicto se resolvería con un referéndum?". Esta pregunta te la plantean cada dos por tres, y cuando se plantea siempre lleva el chantaje asociado: a quien responda que NO quiere un referéndum, se le acusa de no ser un verdadero demócrata. Y entonces hay que entrar en una discusión turbia y enfangada, donde uno se encuentra cada vez más inmerso; una discusión que tiene todos los números de poder acabar mal.

Aquí hay que decir que NO pase lo que pase: el referéndum no es un instrumento más democrático que unas elecciones, sino todo lo contrario. El referéndum nos obliga a escoger sin matices, y obliga al perdedor (ni que sea por un voto) a fastidiarse. En nuestro caso, si perdiera el NO, más de la mitad de la ciudadanía de la región perdería la nacionalidad española, se situaría fuera del marco europeo y se convertiría en súbdito de una Andorra ampliada. ¿Sería democrático que pasase esto simplemente por la diferencia de un solo voto?

No, no: ni referéndums ni puñetas. ¡Aquí sí que no tenemos que tolerar el chantaje.

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