El odio, en el vegetariano

Domingo 27 de octubre. Tras la manifestación nos acercamos a una de las pocas librerías abiertas en la ciudad. Me compro El adversario, de Emmanuel Carrère, traducción al castellano de Jaime Zulaika. No me interesan demasiado las novedades, puesto que ese título se publicó en el 2000. Luego, y puesto que estamos en el Raval, terminamos en un restaurante del barrio, un vegetariano y con mucha solera.

No me chiflan los vegetarianos, pero este está muy tranquilo. Tras el bullicio de una manifestación, apetece la calma. Tras las horas en la calle bajo el sol acerado de octubre, la penumbra del garito viene como agua de mayo en otoño.

-¿Tenían reserva? -pregunta mecánicamente la persona que nos atiende.

Miro el aforo: de la decena de mesas del comedor, solo hay una ocupada. No, le respondo.

Mientras esperamos, una vez sentados, ojeo el libro. Me basta con el primer párrafo para saber que he acertado, aunque conociendo otras obras de Carrère, ya sé que no me arriesgo. La prosa de Carrère me recuerda a la de Javier Cercas aunque no sepa argumentarlo. Al poco rato se abre la puerta y entra un matrimonio de bastante edad. Por su conducta y por como son recibidos por el personal del restaurante infiero que son clientes asiduos, posiblemente vecinos. Hay una familiaridad que se me antoja rara cuando estoy en el centro de la ciudad, turistificada o gentrificada o como se le llame a esta desgracia.

Ella, que tiene dificultades con la movilidad, le pregunta a la camarera, con un mohín de preocupación, si cree que el almuerzo podría terminar mal, porqué hoy hay una manifestación "de esos". La camarera responde rauda y erguida que, "si esos vienen, aquí nos encontrarán". Es un desafío que pretende transmitir seguridad a la anciana temerosa. La conversación, se me olvidó decirlo pero es innecesario, transcurre en catalán.

Hablo un catalán estándar que deben asociar a los de su bando. Creo que alguna gente, poseída por la propaganda del régimen totalitario, da por supuesto que los que hablamos en catalán somos los buenos, los suyos, dels nostres. Creo que ni se les ocurre que podemos ser catalanohablantes y partidarios de vivir en España, no nacionalistas. Dios mío. Ni se les ocurre esta posibilidad, la más sencilla. En la respuesta de la camarera hay odio, desafío al otro. El discurso del odio que transmite la propaganda nacionalista es un veneno que destruye la racionalidad, no sólo la convivencia. El nacionalismo deshumaniza al adversario (son "los otros", como los zombis o los extraterrestres) y renuncia, aplaudido por el grupo alborozado, a una parte de lo humano que hay en nosotros.

Estoy tentado de contarle a la camarera que yo, con mi catalán estándar, vengo de la manifestación de esos, que yo soy un español que habla catalán, una de las lenguas de España. Las ganas de contárselo ascienden por mis venas durante unos segundos, y durante este tiempo pienso cual sería la mejor forma de contárselo, cual la más asertiva, la más democrática. Es inútil: no la encontraré. Y sé muy bien cómo terminará mi debate interno. Terminaré escribiéndolo más tarde, esa será mi solución, lo sé porque me conozco. Cada uno ha nacido para lo que ha nacido.

Un par de horas antes, en la manifestación, he estado tentado de sumarme a los gritos de "Puigdemont a prisión" que soltaban a mi alrededor. No lo he hecho. No porqué no comparta eso, ya que creo que el señor Puigdemont debería sentarse ante el juez y darnos explicaciones a todos, como el servidor público que fue antes de optar por ser un nada heroico ni nada romántico fugado de la justicia. No lo he hecho porque creo que hay que dejar que la justicia actúe, y no exigir veredictos ni sentencias previas.

Por fin terminamos la comida, pagamos y nos vamos. Nos despedimos de la camarera que alienta al odio. Nos espera una hora de camino hasta nuestros pisos en una ciudad empobrecida del cinturón metropolitano.

En cuanto llegué, escribí eso. Luego me puse música de Bach de fondo, mientras leía a Carrère. Los dos juntos (Carrère y Bach) me reconfortan con su idea de lo humano que jamás consentirá los corsés nacionalistas, las llamadas del odio, sirenas ansiosas por hundirnos en el abismo. El nacionalismo es la muerte.

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