La plaza de Sant Jaume, más dividida que nunca

Partidarios de Ada Colau e independentistas mantienen un pulso tenso dentro y fuera del Ayuntamiento durante la sesión de investidura como alcaldesa
Intervención de Ada Colau en la sesión de investidura a la pantalla ins
Intervención de Ada Colau en la sesión de investidura en la pantalla instalada en la plaza de Sant Jaume

En los partidos de fútbol de alto riesgo se separan las aficiones por motivos de seguridad. Se trata de que no coincidan en ninguna zona del estadio para evitar enfrentamientos entre los seguidores de los dos equipos contendientes. La toma de posesión de Ada Colau como alcaldesa del Ayuntamiento de Barcelona ha sido de alto riesgo. Las dos aficiones –la partidaria de Colau y la adversaria- habían convocado manifestaciones coincidentes a partir de las 4 de la tarde en la plaza de Sant Jaume.

Los primeros en llegar han sido los independentistas. Antes de las 4 ya tenían instaladas sus paradas en la plaza, con lazos amarillos, esteladas, pegatinas, chapas y lo que hiciera falta. Pancartas de 'Mozos por la democracia' (¿los hay 'por la dictadura'?) o 'Bomberos en lucha' recibían a los ciudadanos y las autoridades que iban llegando. Una enorme bandera, de aquellas que da un poco de grima porque contiene una simbología misteriosa mezclada con esteladas, destacaba cerca del acceso al Ayuntamiento. Los gritos de "Colau es un fraude", "Independencia", "Libertad presos políticos" o "Unidad" hacían pensar que los independentistas ganarían por incomparecencia del contrario.

De repente, una gran pancarta con el lema "Alcaldesa" se ha levantado junto a la gran bandera independentista. El griterío se ha acentuado y el miedo a que de los gritos se pasara a las bofetadas estaba presente. Pero no ha habido ninguna. Sólo parece que un procesista clásico, Mark Serra, le ha dado una a un común que lo estaba filmando. Han sido tres horas y media de tensión continua pero se ha demostrado que la gente sabe insultar pero también encajar los insultos y devolverlos sin que la cosa vaya a mayores. Puede parecer milagroso pero es así.

Se tiene que ir con cuidado, eso sí. Una mujer me ha venido a recriminar que la estuviera mirando mientras insultaba a Colau cuando la veía en la pantalla. No me he visto con ánimos de explicarle que la miraba porque al lado suyo tenía a un niño pequeño, probablemente su nieto, al que aquellos improperios no contribuían a su buena educación. De improperios se han llevado muchos los comunes Ernest Urtasun o Lluís Rabell cuando accedían al Ayuntamiento sorteando la barrera policial. Otros, como Eduard Pujol, de JxCat, han entrado en olor de multitudes, saludando a todo el mundo cómo si fuera un futbolista o un cantante famoso. Artur Mas ha entrado aplaudido pero con más contención. En estas circunstancias, mejor no ser demasiado conocido. El marido de la alcaldesa tan insultada esta tarde, Adrià Alemany, se movía por la plaza sin que nadie lo reconociera, a pesar de que, según algunas fuentes, manda más en el Ayuntamiento que su compañera.

Cuando la gran pantalla situada en un chaflán de la plaza ha empezado a emitir las imágenes del Saló de Cent, todo el mundo se ha girado y entonces en vez de cruzarse insultos o gritos entre las dos aficiones, las reacciones de los asistentes han ido dirigidas a los concejales enfocados durante la sesión. Cada vez que aparecía el cabeza de lista de JxCat, Joaquim Forn, que había llegado desde prisión y volvería al acabar el acto los independentistas estallaban en aplausos. Nadie le silbaba. Cada vez que aparecía Manuel Valls los independentistas le insultaban. Nadie le defendía. Cuando salía Ada Colau había división de opiniones.

Y así durante todas las intervenciones que se han producido después de que no hubiera sorpresa en el recuento de los votos. Los 10 de Barcelona en Comú, 8 socialistas y 3 del grupo de Manuel Valls han confirmado que Colau seguirá cuatro años mas como alcaldesa. Tampoco ha habido sorpresas en los parlamentos. El popular Josep Bou no se ha cortado en gritar al final de su intervención un "¡Viva España!" de aquellos que hacían daño en una plaza donde no faltaba quién insultaba a Jaume Collboni cuando ligaba un par de frases en castellano. El líder del PSC ha descolocado, sin embargo y sin saberlo, a quien le pedía que hablara sólo en catalán cuando ha seguido con una breve frase en inglés.

La intervención de Forn ha sido aclamada por los suyos dentro y fuera del Ayuntamiento. Todo ha ido bien hasta que ha acusado al equipo que se ha hecho con la alcaldía de ser "el instrumento útil de los poderosos". Los comunes, en la plaza, no han aguantado más y han replicado con gritos de "3%". Para Forn todo el mundo ha tenido buenas palabras menos los portavoces del PP y de Ciudadanos. Cuando Manuel Valls ha dicho que "en España no hay presos políticos ni exiliados" le han interrumpido los gritos de algunos de los asistentes a la ceremonia en el Saló de Cent. En la plaza ya os podéis imaginar el jolgorio.

Las palabras del representante de los comunes, Joan Subirats, han sido un bálsamo porque su tono de profesor universitario ha calmado los ánimos. Sobre todo cuando ha echado mano de una cita para afirmar que "donde no llegan mis competencias llegan mis incumbències". Ernest Maragall, el candidato frustrado a alcalde de ERC, ha sido menos agresivo que en campaña. Ha empezado saludando al presidente de la Generalitat, Quim Torra, que ya se había ido y ha acabado con una entrañable y preciosa alusión a su hermano Pasqual, que todo el mundo recuerda más como alcalde que como presidente de la Generalitat.

Cuándo ha hablado Ada Colau la plaza se ha vuelto a dividir pero a aquella hora las fuerzas independentistas ya flaqueaban. Habían dejado más terreno a los comunes que celebraban que su candidata mandará cuatro años. Ha dicho que "no es un día exactamente feliz" y que ha sido "una investidura difícil". Ha agradecido los votos de los socialistas y de los tres concejales de Valls, "unos votos que nos incomodan" pero que, según ella, no impedirán que aplique "políticas valientes". Ha anunciado que, si el consistorio lo aprueba, volverá a colgar el lazo amarillo en el balcón del Ayuntamiento, cosa que no ha sido suficiente para enternecer a sus adversarios en la plaza que la han abroncado cuando hablaba en castellano de la solidaridad con el Madrid de Manuela Carmena o cuando ha llorado al saludar a su familia presente al acto.

Al final, alguien ha creído oportuno poner Els Segadors y, por un momento, ha habido comunión mayoritaria. Los que lo cantaban en la plaza no podían silbar a Valls cuando veían que no lo entonaba. No ha sido el único. A continuación, y mientras la pantalla nos ofrecía imágenes de Joaquim Forn marchando escaleras arriba camino de la prisión la comitiva municipal cruzaba la plaza camino del palacio de la Generalitat para saludar Quim Tuesta.

La plaza se ha ido vaciando. Y también han marchado los que llevaban pancartas donde se leía "Queremos el CAP Raval Nord en la Misericordia" o "Escuela Entença. ¡Traslado ya!". La Barcelona del día a día, la que no entiende de lazos amarillos o de peleas, gritos e insultos a favor o en contra de la independencia de Catalunya.

 

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