Olvido no, perdón sí

La sociedad catalana en los últimos años ha experimentado y ha visto con sus propios ojos como el independentismo transcurría por diferentes etapas políticas, lo que a su vez comportaba diferentes lemas o proclamas.

Uno de los últimos lemas del independentismo más radical es “Ni olvido ni perdón”. Es posible que haya personas que lo repitan sin tan siquiera pensar que mensaje hay detrás. Pero, realmente, ¿qué significan estos cuatro términos agrupados de este modo? ¿Es que piensan no perdonar a aquellos que no apoyan su causa y, por lo tanto, entienden que son cómplices de lo que ellos denominan "represión"? ¿Es que consideran, tal como dice el president Quim Torra, que están en el lado correcto de la historia y que, por lo tanto, no deben perdonar a los que, según él, no lo están?

Al oír este tipo de proclamas, me pregunto que debería pensar Justiniano Martínez, exconcejal del PSUC en el Ayuntamiento de Barcelona, que, tal y como explica él mismo en un artículo en El País, “fui detenido, fui torturado, tal como atestiguan mis vértebras, cumplí seis años de prisión, grité amnistía, y perdoné a mi torturador”. Sí, Justiniano Martínez fue torturado en plena dictadura franquista por defender las libertades y la democracia. Y lo mejor de todo es que él, que sí que fue un preso político, tuvo el coraje y la valentía de poder perdonar a la persona que lo había torturado.

Por eso, lemas como “Ni olvido ni perdón” o “Estamos en el lado correcto de la historia” no ayudan a cerrar la fractura social que hay en la sociedad catalana.

Soy una persona que me siento muy afortunada por haber nacido en democracia. Por eso, agradezco el compromiso político y personal de centenares de miles de Justinianos Martínez que tuvieron que luchar para que fuera posible un pacto entre franquistas y no franquistas y, así, poder gozar de democracia, derechos y libertades. Vaya por delante que me parece excesiva la prisión provisional que tienen los actuales líderes independentistas. Pero calificar de presos políticos a los políticos independentistas que, no están en la cárcel por sus ideas políticas, sino por haberse saltado las reglas democráticas, conlleva colocarlos al mismo nivel que al exconcejal comunista. Y eso no puede ser. Como tampoco puede ser que haya catalanes en el lado correcto de la historia y que los haya en el lado malo.

Porque no hay lados buenos ni hay lados malos. Hay personas que defienden unas ideas políticas y hay otros que defienden unas otras. Todas ellas son legítimas. Y el valor de la política es poderlas defender en las instituciones que entre todos nos hemos dado.

En este sentido, la diferencia entre la realidad de personas como Justiniano Martínez y los independentistas es clara: los primeros tuvieron que defender sus ideas en la clandestinidad (no he vivido la dictadura, pero mis abuelos defendieron la democracia durante la dictadura franquista con las consecuencias que ello implicaba) y los independentistas hoy en día pueden expresar sus ideas políticas. El problema que tienen es que no disponen de la mayoría necesaria para hacer efectiva la secesión.

Todo esto, sin embargo, no deja exenta de responsabilidad a la derecha española que ha gestionado de manera pésima un problema que es de naturaleza política y que nunca debería haberse judicializado. Pero llegados al punto en el que estamos, el independentismo debería abandonar este tipo de proclamas y mensajes, y los debería sustituir por otros que apostaran por la reconciliación entre los catalanes y las catalanas. Porque, hoy en día, el conflicto no es tanto entre Cataluña y España sino que se trata de un problema entre catalanes. Esto en ningún caso implica que el independentismo abandone sus objetivos políticos, pero sí a que se comprometa a materializarlos des del respeto a la legalidad vigente, a las mayorías que ésta establece, a la pluralidad política y a todas las posturas que hay en la sociedad catalana. No pueden volver a suceder plenos como los de los días 6 y 7 del año anterior donde la mayoría independentista pisoteó los derechos de las minorías representadas en el Parlamento de Cataluña. Por eso son necesarios lemas que interpelen a toda la población catalana y mayorías parlamentarias amplias que no dejen a nadie atrás.

Si Justiniano Martínez fue capaz de perdonar a su torturador, ¿cómo nosotros, que vivimos en una democracia, no seremos capaces de reconciliarnos?

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