Entrevista a Steven Forti

                                                 
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Historiador. Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad Novoa de Lisboa. Analista político. Autor, junto a Arnau Gonzàlez i Vilalta y Enric Ucelay-Da Cal, de «El proceso separatista en Cataluña: análisis de un pasado reciente (2006-2017)» (Editorial Marcial Pons).

¿Tiene algo que ver el nacionalismo catalán actual con los nacionalismos que rebrotan en Europa y EE.UU.?

Lo que se ha vivido aquí en los últimos años tiene, evidentemente, unas características peculiares, pero es como todo y depende del contexto en el cual nace y crece. Dicho lo cual, también es evidente que estamos viendo a nivel europeo e internacional (el viejo «Primer mundo») unas dinámicas similares, que son el fruto del fin de una época y el nacimiento de otra, sobre la que todavía no sabemos sobre qué bases se está moviendo. Lo que viene a decir Gramsci con la famosa frase de «Lo viejo tarda en morir, lo nuevo tarda en nacer y, en medio, pueden surgir monstruos (literalmente ‘fenómenos morbosos’)». Estamos viviendo un momento de cambios acelerados en la economía, la tecnología, la sociedad…, y la política tarda en responder a una fase, digamos, desconocida.

O sea, fracaso de la globalización y crisis en el proyecto europeo…

El fin del mundo bipolar, de la Guerra fría (que no ha cuajado como se pensaba en los años 90), el proyecto europeo y la globalización entran en crisis, a partir del 2007… Todo eso, explica lo que estamos viviendo en los últimos tres o cuatro años, a escala internacional. En este contexto, el fenómeno catalán, con sus grandes peculiaridades, forma parte de una ola, en la que las claves giran en torno a los problemas y consecuencias de la globalización, tal como el neoliberalismo la ha llevado a cabo y, en el contexto europeo, las consecuencias de como se ha llevado el proyecto de construcción de la UE, y la incapacidad por parte de las élites políticas de dar una respuesta a estas problemáticas.

¿En qué se está traduciendo toda esta atmósfera de crisis?

Esto nos explica que en EE.UU. alrededor de 60 millones de personas deciden votar a favor de un multimillonario, populista y xenófobo, como Trump; que una pequeña mayoría de la población británica que decide salirse del euro y darle crédito a un personaje impresentable como Nigel Farage, o que una Marie Le Pen, que se haya convertido en una apuesta creíble para un cuarto de los votantes franceses. En Alemania, que fue la tierra del nazismo, Alternativa para Alemania se convierte en el principal partido de la oposición, con casi 100 escaños en un Parlamento, al que nunca había accedido la extrema derecha, desde 1945. Y ahora mismo, el fenómeno de Italia, que puede ser el más preocupante, donde aparece una amalgama de difícil definición, que es el Movimiento 5 estrellas, que se convierte en el primer partido, con un discurso ambiguo sobre la emigración, etc., pero que no podemos tildarlo de extrema derecha. La Liga (ex Liga Norte), se ha convertido en la tercera fuerza a nivel nacional, consiguiendo porcentajes de votos altísimos en el norte y que ha roto la barrera de los Apeninos, convirtiéndose en el segundo y en algunos casos el primer partido del centro de Italia. En Macerata (donde un ex-candidato a concejal de la Liga Norte, envuelto en una bandera y al grito de «Viva Italia», disparó en víspera de los comicios contra un grupo de emigrantes) la Liga ha obtenido un 21% de los votos, cuando en las anteriores elecciones no llegaba al 0,5%. El discurso de la Liga es contra los emigrantes, cierre de fronteras, seguridad, menos impuestos… Habla a la panxa del paese.

¿Cuál es, a su juicio, la tendencia que marcan estos acontecimientos?

No soy optimista. Que al final sea la derecha conservadora o la nacional-populista la que se aproveche de todo esto, está por ver. Pero también puede ocurrir lo que ya ha pasado en Austria: la alianza de ambas corrientes. En Italia, por poner el ejemplo más reciente, la Liga ha conseguido una incipiente hegemonía en lo que era el centro-derecha italiano, pero me temo que esto va a ir a más, porque Berlusconi está en decadencia física y política. No hay duda de que esos sectores que apoyaron a Berlusconi se sumarán al carro de Salvini. Luego, en cada país, las cosas irán en uno u otro sentido, en función de que bases tiene la derecha liberal conservadora, más o menos clásica. Pero también vemos lugares donde existía una derecha conservadora fuerte, como en Francia, en que se han convertido. Algunos están en una apuesta renovada europeísta liberal, como el «macronismo», y otros entrando en la derecha más descarnada.

¿Y qué tientes adquiere todo esto en la actual Cataluña?

Aquí vemos qué en un contexto ciertamente incierto, en el que todo podría cambiar hasta cierto punto en seis meses, que la vieja Convergencia desaparece del combate y lo que nos queda es un PDCat, que no sabe dónde meterse y, por otro lado, una apuesta que ahora se llama «legitimista», la de Junts per Catalunya, que no puede ser calificada de extrema derecha, pero la forma de presentarse, el discurso que hace, el lenguaje, su conexión con los electores…, no ofrece dudas de que apela a la patria, a la nación. O sea, que también en Cataluña vemos donde se encuentra lo que era la derecha conservadora. No afloran fuerzas de extrema derecha, lo mismo que en el conjunto de España y Portugal, cosa que distingue a la Península Ibérica, pero digamos que lo que los alemanes llaman el zeitgeist, el espíritu de la época, también lo vemos aquí de alguna forma, con sus diferencias, menos radical… Pero también Salvini acaba de decir que no son extrema derecha y que podrían formar parte del Partid Popular Europeo, como Orban. Eso quiere decir, que la nueva derecha populista y nacionalista no puede ser asimilada al neo-fascismo.

Lo cual, cuestiona de raíz las continuas apelaciones del nacionalismo catalán y no solo de él a lo «facha».

El fascismo como experiencia histórica se acabó en 1945, aunque tuvo con las dictaduras de Salazar y Franco una continuidad atípica. Luego hubo neo-fascismo o pos-fascismo, como el Movimiento Social italiano u Orden Nuevo. Ahora hay grupúsculos que tienen el mismo peso que hace 20 años, como Forza Nuova. Y una nueva extrema derecha, que se ha transformado de forma brutal y muy inteligente, que arranca en los años 90. Dinámicas que también se han vivido en el este de Europa, tras el derrumbe el sistema soviético. En definitiva, estamos ante una nueva ultraderecha que ha sabido llegar a una población que está indignada, asustada…

¿Y la izquierda, que pinta en todo esto?

Más allá de alguna pequeña esperanza, o experiencia peculiar, como la de Portugal, todas las izquierdas están mal. Lo que falta es un análisis serio, profundo, hacerse preguntas sobre el fin de la experiencia comunista en la URSS. Han pasado 30 años y muchas interrogantes siguen sin responderse. De ahí viene, en la socialdemocracia, la tercera vía de Blair. Y la izquierda no socialdemócrata no ha encontrado su norte. En general, a la izquierda le falta capacidad para llegar a lo que eran sus votantes. En los años 50 al 70, la izquierda tenía unos lemas claros que llegaban a los barrios de trabajadores. Ahora, la izquierda ha convertido los debates en una cosa tan complicada, que solo unos pocos pueden participar de ellos.

¿Ha visto la clase media, con la crisis económica, la pobreza de cerca y se ha asustado?

Habría que empezar por preguntare que es esto de clase media ¿Cuáles son los criterios para medir la pertenencia de clase? ¿Cuál es la percepción de la gente? Hoy todo el mundo se considera clase media. Hay una clase media que gana 4.000 euros al mes y otra que gana 700. En sentido amplio, parece cierto que la clase media en Cataluña ha visto de cerca la crisis, ha tenido miedo, pero en cualquier caso sus efectos no son comparables con lo que ha ocurrido en otros países, como Grecia o el sur de Italia. Así, las cosas, hay unas fuerzas políticas que no dan respuesta y se ha comprado un discurso que se ha vendido como una utopía absolutamente vacía. Pero aquí hay un tema de fondo, que demanda una reflexión importante en España y también en Cataluña, que es la crisis del sistema surgido de la Constitución del 78: crisis económica, territorial, fin del bipartidismo… Desde 2010, nadie ha intentado construir un nuevo relato. Podemos lo ha intentado, pero le ha faltado desarrollarlo y, ahora, la FAES de Aznar habla de recentralización.

¿En resumen, que es lo que, en su opinión, resulta más preocupante del asunto catalán?

Me preocupa la incapacidad, por parte de las élites políticas, de dar respuesta a la ciudadanía y, en concreto, la incapacidad de gobernar ¿Qué se ha hecho en cinco años y medio de «Procés», más allá de las declaraciones retóricas? También resulta muy preocupante, aunque se pueda revertir, la incipiente fractura social. Resulta inquietante la aparición de un discurso, todavía minoritario, pero que existe y casi nadie lo condena, cada vez más identitario; se ha substituido la clase por la nación. No se puede entender, por ejemplo, que haya un partido que se denomina anticapitalista y apoye al partido de Puigdemont, mientras no vota los presupuestos de Ada Colau, por considerarla una traidora reformista.

 

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