Nos pierde el orgullo

Estos días todo el mundo se quiere apropiar del estudio de arquitectura RCR (Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta) que ha recibido el premio Pritzer, uno de los más prestigiosos del mundo. Los diarios de Madrid los hacen españoles; los de aquí, catalanes; los de Girona, gerundenses; y los medios locales, olotenses. Todo el mundo, a toda prisa, haciendo suyos a los tres arquitectos premiados, incluso quienes no conocían ni la existencia del estudio ni el premio. El motivo por el que les han galardonado tampoco es importante: es un premio famoso y con eso es suficiente.

Según el acta del jurado, «cada vez más personas tienen miedo de que, debido a esta influencia internacional, perdemos nuestros valores locales, nuestro arte local y nuestras costumbres locales». El jurado cree que los arquitectos premiados «nos ayudan a ver, de una manera bella y poética, que la respuesta a esta pregunta no es «una u otra» y que podemos, al menos en la arquitectura, aspirar a tener ambas cosas: nuestras raíces firmemente en el lugar y nuestros brazos extendidos hacia el resto del mundo». Retórica no les falta a los arquitectos del jurado, queda claro.

En todo caso, todo el mundo está muy contento. Yo también. Que la arquitectura que se hace en el país sea reconocida es un motivo de alegría, aunque a nosotros no nos toque ni de lejos. Pero el mérito es suyo y tan solo suyo, hay que felicitarles y poca cosa más. No tengo nada contra estos arquitectos. De hecho, no los conozco personalmente, pero la gente me ha hablado bien de ellos, de su trato apacible y su generosidad. No pongo en entredicho su valía profesional, en todo caso puedo discrepar de su línea de trabajo. Con todo, tengo que confesar que la lista de arquitectos que, para mí, merecen este premio antes de que RCR es larga, muy larga. Además de eso, cuando he tenido relación con su arquitectura pública, que es la que más me interesa, me ha dejado siempre un regusto agrio. Expondré los casos:

1. Exposición en el CCCB sobre Hammershøy y Dreyer en 2007. Una lección magistral de lo que no tiene que ser un montaje expositivo. Una exposición tiene que mostrar de la mejor manera posible la narrativa del comisario y las piezas expuestas. La idea de imitar la luz de las obras de Vilhelm Hammershøy con una iluminación asimétrica e insuficiente es tan peregrina que tendría que haber caído en la primera reunión con los comisarios. Incomprensiblemente, el infantil recurso de «si en el cuadro es por la noche, pongamos poca luz» iba acompañado de uno uso tipográfico absurdo y erróneo, que impedía la lectura, pero que además sólo está al servicio del gusto de los arquitectos. Por si faltaba algo para complicarlo, el laberinto incómodo en que se conformaba la muestra hacía que marcharas de la exposición pensando que seguro que te has dejado algo por ver.

2. Centro Cívico de Riudaura. 1999. No se ha podido utilizar nunca, por problemas de seguridad. Ha costado 1.000.000 de euros entre la construcción y los arreglos que se han tenido que aplicar, por estar construido sobre una riera. Además de no cumplir la normativa: la terraza metálica quema cuando le da el sol, el exceso de cristaleras hace que calentar en invierno y enfriar en verano sea insostenible y eso que ellos son de la zona. El Ayuntamiento cuelga unos carteles en las paredes del centro advirtiendo a los arquitectos que se acercan a hacer fotos que por muchas fotografías que hagan en el edificio no lo podrán ver por dentro porque nunca ha funcionado. A lo largo de este años varias partes del tejado y el techo falso se han caído. A veces cerca de niños que jugaban. Los vecinos han pedido a los arquitectos soluciones, pero la respuesta queda clara en una entrevista a una tele local en la que Carme Pigem afirmó: «El Centro Cívico de Riudaura está muy bien arquitectónicamente hablando, el tema de la seguridad en los edificios se ha sacado de madre». Afortunadamente, en la actualidad se están encontrando puntos en común, RCR está colaborando y parece que 18 años más tarde la solución para Riudaura está cerca.

3. Biblioteca/centro para la tercera edad, Sant Antoni Joan Oliver. 2007. Siguiendo su trayectoria el edificio tiene mucho de escenográfico y de espectáculo. Personalmente, creo que las Bibliotecas son de los pocos edificios que tienen que ser icónicos. Está bien que la gente pase y se fije, quizás así entrarán. Ahora bien, los acabados en negro brillante llevan de cabeza a los responsables del mantenimiento. Un edificio de uso diario y popular no tendría que ser concebido como una joya de lujo. Que eso se haga para restaurantes de élite con dinero privado, no con dinero público. Sólo una puerta separa la calle de la planta baja de los trabajadores que están allí, muertos de frío en invierno. Las mesas metálicas (sello de la casa) daba calambre a los usuarios. Las barandillas eran demasiadas bajas con peligro de que los niños se despeñaran. Muchas cosas se han tenido que modificar. Seguro que Pere Quart haría un bonito cuento con este edificio.

4. Exposición Creativitat Compartida en el Palau Robert. 2015. Pocas veces, después del derroche del Fòrum 2004, he visto una exposición con tanto gasto gratuito. Por gratuito quiero decir injustificado, porque de gratis no tiene nada. Y se pagó con dinero público. Hasta el Ayuntamiento de Olot tuvo que poner dinero. El montaje, obviamente diseñado por el propio estudio, era de una grandilocuencia y arrogancia muy exageradas. Curiosamente, cuando la visité, unos días después de la inauguración, estaban colocando uno listón de madera porque el paso de vidrio que habían colocado para entrar a la sala hacía tropezar a los visitantes. Es lo que tiene la arquitectura de lujo, que el usuario es más una molestia para las fotos que otra cosa.

En resumen, felicidades a los ganadores pero uno se queda con la sensación de que a pesar de todo lo que ha sucedido durante los últimos años, el entorno de la arquitectura todavía no se ha dado cuenta de que su profesión es, sobre todo, de compromiso social. No necesitamos más monumentos, por favor.

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