Ladrar a la luna

Este ritual perruno -que según el entonces presidente del PNV, Xabier Arzalluz, practicaba el por aquel tiempo presidente del Gobierno, José María Aznar- y que significa ir contra persona o cosa a quien no se puede ofender ni causar daño alguno, amenazar inútilmente o vender humo, es lo que está empezando a hacer el recién estrenado presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump.

El republicano Donald Trump prestó juramento el pasado viernes 20 como cuadragésimoquinto presidente de los EE.UU. y en su discurso de investidura, que suele interpretarse como la declaración de intenciones del nuevo gobierno, prometió «reconstruir el país» y devolverle «sus sueños», «su grandeza», «su riqueza», «sus fronteras» y «su seguridad». Fiel a sus expresiones favoritas, prometió «hacer el trabajo» (get the job done). Con él, «los alumnos volverán a encontrar sus conocimientos» y «los trabajadores sus empleos». Para el nuevo presidente, a partir de este día el país será dirigido por una sola y misma visión: «¡American first! ¡American first!«.

«Vamos a reforzar todas las alianzas, a formar nuevas alianzas y a unificar el mundo civilizado contra el terrorismo radical islámico, porque lo vamos a erradicar completamente, lo vamos a erradicar de la faz de la tierra», dijo, sin especificar cómo. ¿Realmente se cree el nuevo presidente poseedor del talismán mágico capaz de acabar con el terrorismo? Si así fuera, pondría de manifiesto que la conjunción entre ignorancia y poder solo produce delirio y, en consecuencia, sería para echarse a temblar.

¿Piensa acaso Trump que su predecesor en la Casa Blanca no hizo lo suficiente para acabar con el terrorismo e incluso que podría estar conchabado con él? ¿Multiplicará Trump ad infitum los policías, militares, servicios de inteligencia…, como medio para acabar con el terrorismo? ¿Les lanzará cohetes nucleares? ¿Sabrá, en fin, Trump que el terrorismo es tan viejo como la propia condición humana?

En cualquier caso, cuando se refiere a su país, Trump lo hace en términos de «reconstrucción». «Vamos a hacer que este país sea seguro otra vez y, sí, juntos vamos a hacer que sea grande otra vez», repite una y otra vez, lo cual viene a decir que EE.UU. ha dejado de ser un país grande y seguro o, dicho de otro modo, que se encuentra en decadencia. Reconocimiento que, en boca de un emperador, suena fatal, sobre todo si no va acompañado de la fórmula para salir del bache.

¿Podría ser que Trump, discreto, posee la receta para ello y no quiere revelarla? ¿Se reducirá todo a erigir el desvergonzado muro con México y repatriar la producción de coches, aparatos de aire acondicionado o limones a EE.UU.? ¿Cuánto costarán los coches, los ventiladores y los limones Made in USA? ¿Quién los comprará fuera de los EE.UU.? ¿Estarán dispuestos los consumidores estadounidenses a pagar mucho más por las cosas hechas en el país, solo por razones patrióticas?

Hay que proteger las fronteras nacionales «de los problemas de otros países que nos roban nuestras compañía y destruyen nuestra fuerza laboral». O sea que otros países roban las compañías a EE.UU. y no lo contrario: que son precisamente las compañías, norteamericanas o no, las que se van de sus países buscando ventajas competitivas por todo el mundo, a costa, claro, de cargarse el empleo y lo que haga falta en sus lugares de origen. Es más, ¿acaso muchas empresas, sobre todo norteamericanas, no han perdido desde hace tiempo su denominación de origen y actualmente no son sino gigantescos tinglados globales? Si así piensa el presidente de los EE.UU. o es tardo o cínico. Más lo segundo que lo primero y en grado superlativo, si, por ejemplo, se tiene en cuenta la composición de su gobierno ¿Quién en su sano juicio puede imaginar a las grandes corporaciones globales operando exclusivamente fronteras adentro? ¿Acaso piensa Trump globalizar lo norteamericano y gibarizar al resto del mundo como fórmula para engrandecer los EE.UU.? ¿Cómo lo hará? ¿Por las armas?

«Estamos transfiriendo el poder de Washington a ustedes, el pueblo», afirma Trump, como si él no fuera precisamente el poder al que se refiere. Y, enseñando la patita, acaba confesando que creará empleos construyendo carreteras, caminos, puentes, aeropuertos, túneles y vías férreas. Nada nuevo bajo el Sol. Todas las dictaduras que en el mundo ha habido han echado mano de lo mismo. ¿Recuerdan los pantanos de Franco? Y como guinda del pastel (de tiburón) la «limpieza», de que también han hecho gala los tiranos de todos los tiempos: «Para que los hombres y mujeres olvidados y que están en la pobreza ya no serán más, porque acabaremos con las drogas y las pandillas».

«¡El tiempo de los discursos vacíos se ha acabado y el tiempo de la acción ha llegado!», concluye proclamando Trump, como si lo suyo no fuera un discurso. Es más: ¿no suena su discurso como algo, rayado, requetevisto, dejà vu, que dicen con propiedad los franceses? ¿No es este discurso idéntico al que precedió a las guerras comerciales que acabaron en guerras a secas? Esperemos que, como los perros, la cosa se reduzca a ladrar a la luna y acabe, sencillamente, validando aquello de «perro ladrador poco mordedor». De lo contrario, estamos perdidos.

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