El ‘oriolet’, la moneda catalana

Acuñar moneda propia es la máxima expresión de la soberanía de un país. Esto ha sido así históricamente y en Cataluña -como sabe muy bien el vicepresidente de Economía y Hacienda de la Generalitat, Oriol Junqueras, que ha hecho de ello su especialidad académica durante su etapa en la Universidad Autónoma- hemos tenido muchas monedas medievales que nos diferenciaban de los reinos vecinos: el coronado, el real, el peso fuerte, el dinero de vellón, el croata…

Los procesos de unificación política han comportado, en paralelo, la supresión de las divisas locales. Con la revolución de La Gloriosa, que acabaría con la proclamación de la I República, en 1868 se adoptó la peseta como moneda única española, ideada por el catalán Laureà Figuerola. La última muestra -hasta ahora- la tenemos en los euros que, desde el año 2002, llevamos en el bolsillo los ciudadanos de 19 estados de la Unión Europea.

El destino de la Humanidad es la articulación de un verdadero gobierno mundial, construido democráticamente de abajo arriba y en base a estructuras federales integradoras. La ONU es el embrión que nos anuncia esta nueva era y la Unión Europea es el laboratorio de ensayo donde se experimenta. Este proceso acabará culminando con la adopción de una única moneda internacional, si es que el dinero en su formato actual -piezas metálicas y papeles impresos- continúa teniendo sentido operativo.

En las sociedades más avanzadas, como las nórdicas, gran parte de las transacciones ya se hacen hoy electrónicamente y con tarjetas de plástico. La dinámica del comercio mundial, totalmente globalizada, exige la simplificación de los trámites y el cambio de divisas en la compra/venta de mercancías es una rémora que, tarde o temprano, acabará siendo superada por la fuerza de la evidencia. En este contexto, la lucha de los grandes estados democráticos contra los pequeños «paraísos fiscales» -el escarmiento contra Panamá es la prueba- será implacable y sin tregua.

Los europeos podemos viajar desde el estrecho de Gibraltar hasta el círculo polar ártico sin necesidad de pasaporte, ni de pasar aduanas, ni de cambiar de moneda. Yo todavía recuerdo perfectamente cuando para ir a Perpiñán había que mostrar el pasaporte a los gendarmes e intercambiar pesetas por francos. De esto no hace tantos años y a buen seguro -con excepción de los nostálgicos de extrema-derecha y de los neo-medievales recalcitrantes- que nadie añora volver a aquellas épocas pasadas.

Las finanzas de la Generalitat han llegado, este 2016, a una situación dramática, con una deuda de 72.000 millones de euros y la credibilidad de la deuda totalmente hundida en los mercados internacionales. Salir de este callejón sin salida -provocado por el injusto sistema de financiación autonómica, pero también por la irresponsable gestión de los sucesivos gobiernos de la plaza de Sant Jaume- requiere mucha inteligencia y una gran capacidad negociadora.

La «prueba de fuego» para medir la racionalidad de Oriol Junqueras y su conexión con la realidad son los Presupuestos que tiene que presentar en las próximas semanas. ¿Piensa adaptarlos a las exigencias que le vienen marcadas desde Madrid y Bruselas o bien echarse al monte, agrandando el déficit que provoca, en buena medida, el descontrolado sistema del «abrevadero» catalán implementado por Jordi Pujol y continuado por los presidentes Pasqual Maragall, José Montilla y Artur Mas?

Por deformación académica de sus tiempos de Bellaterra y por alucinación noctámbula de sus tiempos de eurodiputado en Bruselas en compañía de Raül Romeva y Ramon Tremosa, a nuestro vicepresidente de Economía y Hacienda le hace «tilín» la idea que Cataluña vuelva a tener, como en la Edad Media, moneda propia. En este caso, tendremos que empezar a acuñar ‘oriolets’ para ir a comprar «croissants» a la panadería de la esquina…

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