PSUC que estás en los cielos

Entre los milagros atribuibles al independentismo que nos rodea, llama poderosamente la atención el de la resurrección del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), no para reivindicar su perfil comunista, claro, sino con afán de alinearlo con la causa nacionalista.

El PSUC se creó el 23 de julio de 1936 -cinco días después del golpe fascista- en el bar barcelonés del Pi, al fusionarse cuatro formaciones de izquierdas, incluida la federación catalana del PSOE. Se declaró partido nacional y de clase, de ideología marxista-leninista y adscrito a la Internacional Comunista. Durante la guerra gobernó en Cataluña, colaboró en la resistencia al nazismo, luchó contra Franco, fue uno de los partidos más votados en las primeras elecciones autonómicas catalanas y en 1987, siendo su secretario general Rafael Ribó, actual ombudsman de Cataluña, fue liquidado.

Dicen algunos (historiadores) que, a diferencia de otros partidos comunistas, el PSUC nació vinculado a la por entonces clase media y al catalanismo. La creación del GEPCI (Federación Catalana de Gremios y Entidades de Pequeños Comerciantes e industriales), con cerca de 18.000 miembros, durante la guerra, sería, según esta tesis, la prueba del original ADN del PSUC. En cualquier caso, la Tercera Internacional reconoció al PSUC como sección oficial, contraviniendo el principio de que los partidos comunistas tenían que serlo de ámbito estatal. Diez años después Joan Comorera, primer secretario del partido, fue expulsado oficialmente por «titista» (partidario del entonces presidente de Yugoslavia Josip Broz Tito) y oficiosamente por sus diferencias con la dirección del Partido Comunista de España.

Durante la Dictadura, PSUC y PCE compartieron organización, estrategia y quehacer político, manteniendo, eso sí, diferencias que en algún momento pudieron parecer más formales que reales. Llegó la transición -en la que el PSUC fue un referente- y al calor de la crisis de las izquierdas, se tomó la decisión de acabar con él. Tomó su antorcha ICV que -de aquellos polvos, estos lodos-, mientras funcionó el «oasis» catalán, se permitió el lujo de mantener a sus familias más o menos avenidas. Hasta que llegó Mas y con él la hora de retratarse. ICV surfeó, poniendo una vela al Dios del «proceso» y otra al diablo de clase y la cosa acaba como todos sabemos.

Lo chocante, sin embargo, no es tanto este fin de fiesta, como sus protagonistas. De la noche a la mañana, nos enteramos que Josep Fontana, un faro de la historiografía marxista, resulta ser un nacionalista explícito. Y, así, in crescendo, afloran nuevas adscripciones de antiguos militantes de PSUC a la causa nacionalista, en ocasiones de manera escandalosa (Raül Romeva), en otras de forma discreta (Joan Vintró, Muriel Casals…) o inducida: Jordi Sánchez.

En este punto, la cosa se pone de moda (no es de extrañar) y el PSUC que, a pesar de su fragancia nacionalista, siempre fue muy mal visto por algunos que hoy lo loan, adquiere un inusitado halo de santidad ¿Por qué? ¿Por comunista? ¿Porque en él militaban nacionalistas y eso prueba que el nacionalismo no es solo cosa de derechas? ¿Porque hasta los comunistas ponen la patria por delante de sus ideas? ¿Porque, en fin, el asunto suma y no resta al «procés»?

A juzgar por lo conocido, parece que el PSUC siempre albergó un alma nacionalista y lo que ahora visualizamos siempre existió. Pero también cabría, por ejemplo, preguntarse (vista la casuística) si no han influido intereses muy personales en trayectorias como las de Ribó, Romeva, Sánchez, Muriel… O quizá ambas cosas, haciendo valer el proverbio francés que «si de joven no tienes el corazón a la izquierda eres un miserable y si de mayor no tienes el bolsillo a la derecha, un tonto».

Pero lo que, sobre todo, resulta chocante es la revisitación del PSUC, con la explícita intención de llevar el agua al molino nacionalista, como se hace profusamente desde de su ladera mediática. Con motivo del fallecimiento de Muriel Casals, Joan B. Culla (El País, 19 febrero 2016) no se corta ni un pelo al afirmar que «han sido cientos de miles los antiguos militantes, simpatizantes o votantes no solo del PSUC-ICV, sino de toda la izquierda en general (…) que se han posicionado sin ambages a favor de la independencia de Cataluña». ¿Demasiados, no? Y para que la cosa quede clara, remacha: «El discurso unionista procura minimizar este fenómeno, o reducir sus casos más visibles a mero transfuguismo político ansioso de prebendas».

Sin obviar el ansia de prebendas (evidente) lo chocante es el desenterramiento del PSUC por obra y gracia de quienes fueron sus enemigos naturales y el intento de coger el rábano comunista por las hojas nacionalistas. ¿Por qué no se deja que los muertos entierren sus propios muertos? ¿Será por efecto colateral del vampirismo político a que tan acostumbrados nos tiene el «procés»? En tal caso, lo mejor será devolverlo purificado al cementerio. Porque, el PSUC, donde mejor está es en los cielos, junto a Gary Cooper, como en la película de Pilar Miró.

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