La maldición de Jordi Pujol

A veces, la vida da unas vueltas muy chocantes. Este próximo día 10 de febrero, 56 años después de los Fets del Palau que provocaron su detención, el 22 de mayo de 1960, Jordi Pujol vuelve a comparecer ante la justicia, en esta ocasión para declarar ante el juez de la Audiencia Nacional, José de la Mata, por la fortuna escondida de su familia, localizada en Andorra y dispersa en una espesa trama de paraísos fiscales.

Jordi Pujol, que entonces tenía 29 años, no estaba en el Palau de la Música la noche del 19 de mayo de 1960, cuando durante el concierto del Orfeó Català en conmemoración del centenario del nacimiento del poeta Joan Maragall un grupo de jóvenes, movilizados por el núcleo clandestino antifranquista CC (Cristianos de Cataluña) se levantó para entonar El Cant de la Senyera, que había saltado del programa musical de la velada por prohibición explícita del gobernador civil de la época, Felipe Acedo Colunga.

La policía secreta procedió a la detención de algunos de los improvisados cantores y en el Palau de la Música se desató un considerable jaleo. Torturado en las vecinas dependencias de la Jefatura Superior de Policía, en Vía Laietana, uno de los detenidos mencionó el nombre de Jordi Pujol como uno de los inductores de aquella acción de protesta. Y no sólo esto: lo identificó como uno de los promotores de la campaña que, meses antes, se había organizado contra el diario La Vanguardia y contra su director, Luis Martínez de Galinsoga, que había proferido graves insultos («Todos los catalanes son una mierda») en la sacristía de la parroquia de Sant Ildefons, en el barrio de Sant Gervasi. También le adjudicó la autoría de una hoja volante anónima que, con el título «Os presentamos al general Franco» y datada el día 15 de abril, corría aquellos días de mano en mano por Barcelona.

El párrafo final
Detenido la madrugada del 22 de mayo y sometido a duras torturas, Jordi Pujol negó ser el autor de aquella hoja volante pero, en cambio, «cantó» el nombre del pequeño impresor Francesc Pinzón, como el responsable de la reproducción clandestina de material antifranquista, que también fue apresado. Con posterioridad, la abundante literatura sobre los Fets del Palau y el consejo de guerra contra Jordi Pujol y Francesc Pinzón precisó que Marta Ferrusola transcribió personalmente a máquina el texto de «Os presentamos al general Franco». En esta hoja volante, redactada en el contexto del caso Galinsoga y de la campaña emprendida posteriormente por el régimen franquista para congraciarse con la población catalana (cesión del castillo de Montjuïc a la ciudad de Barcelona, compilación del Derecho Civil catalán, homenaje al poeta Joan Maragall, larga estancia del Generalísimo en Cataluña…), Jordi Pujol denunciaba, con tono vibrante, las incongruencias y atrocidades de la dictadura franquista, que acababa de recibir el respaldo de los Estados Unidos con la visita del presidente Ike Eisenhower a Madrid: la falta de libertad social y sindical, la opresión cultural, la pantomima de la democracia orgánica del régimen, la represión de los católicos disidentes, la censura de prensa…

El párrafo final de este texto es contundente: «La falta de libertad es absoluta. Y sólo es atenuada por el estado de corrupción en que vivimos. El general Franco, el hombre que pronto vendrá a Barcelona, ha escogido como instrumento de gobierno la corrupción. Ha favorecido la corrupción. Sabe que un país podrido es fácil de dominar, que un hombre comprometido por hechos de corrupción económica o administrativa es un hombre prisionero. Por eso el Régimen ha fomentado la inmoralidad de la vida pública y económica. Como se hace en ciertas profesiones indignas, el Régimen procura que todo el mundo esté enlodado, todo el mundo comprometido. El hombre que pronto vendrá a Barcelona, además de UN OPRESOR, ES UN CORRUPTOR».

Efecto boomerang
El resto de la historia ya es conocida: Jordi Pujol fue condenado en consejo de guerra sumarísimo a 11 años de prisión, al considerar el tribunal militar que la hoja «Os presentamos al general Franco» era una incitación a la rebelión. De estos 11 años sólo pasó dos en la prisión de Torrero (Zaragoza) y otro de confinamiento domiciliario en Girona. A continuación se reincorporó en tareas ejecutivas a Banca Catalana, la entidad financiera que había fundado con su padre, su cuñado Francesc Cabana y el socio David Tennembaum poco antes de su detención. Al cabo de 56 años, las impactantes acusaciones de corrupción que formuló Jordi Pujol contra el general Franco se han estrellado como un boomerang contra su cara. Hoy vivimos, afortunadamente, en libertad y democracia, pero muchos de los pecados que Jordi Pujol denunciaba en 1960 de los 21 años del régimen franquista son, de manera cruelmente paradójica, aplicables a los 23 años de régimen pujolista (1980-2003) y a la propina de cinco años que nos ha tocado vivir con su heredero, el presidente Artur Mas (2010-2015).

Del boicot a la subvención
El Palau de la Música, el escenario de los Fets del Palau, se acabó convirtiendo en una putrefacta madriguera de corrupción que, además de llenar los bolsillos sus indecentes gestores, con Fèlix Millet y Jordi Montull al frente, sirvió para desviar dinero de las comisiones del 3% de obra pública al partido fundado por Jordi Pujol, Convergència Democràtica. La Vanguardia, el diario que fue objeto de la campaña de boicot impulsada por Jordi Pujol, acabó siendo, veinte años más tarde, el gran aliado mediático del régimen pujolista, comprando la voluntad de la familia Godó con capazos de dinero en efectivo (caso Casinos), subvenciones públicas hipermultimillonarias, publicidad para parar un tren, miles de suscripciones pagadas por la Generalitat y concesiones de frecuencias de radio y televisión. Esta amoral supeditación llegó hasta el punto que, como ha explicado el periodista Lluís Foix, La Vanguardia había publicado autoentrevistas hechas por el mismo Jordi Pujol.

Si sacamos de contexto el último párrafo de la hoja volante «Os presentamos al general Franco» y lo aplicamos al régimen pujolista, el paralelismo provoca escalofríos: «La falta de libertad es absoluta. Y sólo es atenuada por el estado de corrupción en que vivimos. Jordi Pujol ha escogido como instrumento de gobierno la corrupción. Ha favorecido la corrupción. Sabe que un país podrido es fácil de dominar, que un hombre comprometido por hechos de corrupción económica o administrativa es un hombre prisionero. Por eso el régimen pujolista ha fomentado la inmoralidad de la vida pública y económica. Como se hace en ciertas profesiones indignas, el régimen pujolista procura que todo el mundo esté enlodado, todo el mundo comprometido. El hombre que ha gobernado Cataluña durante 23 años, además de UN OPRESOR, ES UN CORRUPTOR«.

La prisión interior
Este próximo 10 de febrero, Jordi Pujol volverá a comparecer torturado ante el magistrado del Juzgado n. 5 de la Audiencia Nacional, José de la Mata. Pero, en esta ocasión, las heridas no se las ha infligido, como en el año 1960, Vicente Juan Creix, el sádico inspector jefe de la Brigada Social de la policía. Esta vez, la tortura la lleva en su conciencia, al constatar cómo ha destruido toda su vida pública y la de su familia después de la confesión sobre las cuentas escondidas en Andorra que hizo el 25 de julio de 2014. El dolor que arrastra es intenso y, además, no tiene cura. Jordi Pujol, por su obra de gobierno y su trayectoria política, era considerado el «padre de la nación» y creía que los libros de historia ya le habían reservado un lugar de honor en el panteón de los hombres ilustres de Cataluña. Las virtudes que predicaba y que, supuestamente, practicaba –autoexigencia, honor, dignidad, disciplina y patriotismo- han quedado desmentidas al descubrirse la inmensa fortuna acumulada por su clan familiar, calculada en más de 3.000 millones de euros, que sólo se explica por el ejercicio sin escrúpulos del tráfico de influencias y la corrupción a gran escala durante más de dos décadas.

No hace falta que la Audiencia Nacional, como hizo el consejo de guerra sumarísimo que lo juzgó en 1960, lo condene a una pena de prisión. Jordi Pujol ya está encarcelado, desde hace un año y medio, en su casa. Él era un hombre de calle a quien le gustaba mucho charlar con la gente y cotillear sobre esto y aquello. Ahora no puede hacerlo. Sabe que nadie le perdona la gran estafa moral que ha perpetrado al pueblo de Cataluña y no osa exhibirse en público, porque tiene miedo de ser increpado o que le giren la espalda. Esta prisión interior es mucho peor que la que sufrió en Torrero: es a perpetuidad y, cuando él ya no esté, la condena la continuarán pagando sus hijos y sus nietos, que, como es evidente, no tienen ninguna culpa.

La gran pregunta
Desde que en 1980 fue elegido presidente de la Generalitat por primera vez, el régimen que erigió y dirigió degeneró, a continuación, en un lodazal de corrupción. La lista de casos que nos ha dejado sus 23 años de mandato ininterrumpido es escalofriante y sin precedentes en un país europeo democrático: el caso CARIC, el caso Prenafeta, el caso Ferrovial, el caso Lottogate, el caso Casinos, el caso VVM, el caso Planasdemunt, el caso Hidroplant, el caso Cullell, el caso Roma, el caso Trabajo, el caso De la Rosa, el caso Pascual Estevill, el caso Adigsa, el caso Europraxis… Después de su retirada de la política activa, en 2003, han continuado estallando escándalos que son herencia directa de la profunda amoralidad de la «cultura política» que implantó en Cataluña: el caso ITV, el caso Palau, el caso Pretoria, el caso 3%…

¿Cómo es posible que con todos estos antecedentes, Jordi Pujol consiguiera mantenerse en el poder durante 23 años? Esta es la gran pregunta que nos tendríamos que hacer todos. Esto sólo se explica por el control absolutista que consiguió sobre los medios de comunicación, por la capacidad de presión y de intimidación a la oposición política, por la manipulación del poder judicial y, en especial, por sus pactos en Madrid con los gobiernos de la UCD, el PSOE y el PP, que le garantizaron la impunidad para hacer y deshacer en Cataluña como si fuera su finca privada. Con 85 años a cuestas, Jordi Pujol afronta este próximo 10 de febrero la hora de la verdad. Él y su mujer se encontrarán ante un juez, José de la Mata, que está muy molesto porque considera que Pujol –el matrimonio y sus hijos- son unos cínicos sinvergüenzas que le han intentado burlar y engañar. Más allá de lo que diga la letra pequeña del Código Penal, aquello que, sin excepción, indigna a los jueces -y José de la Mata lo es-, es que un inculpado o un testigo los quiera hacer pasar por imbéciles y les intente tomar el pelo.

La cuenta 63810
La copiosa documentación bancaria entregada por Andorra a la Audiencia Nacional demuestra, de entrada, que la «historieta» de la «herencia» del padre Florenci Pujol, que es la versión que ha dado hasta ahora el expresidente de la Generalitat para justificar el dinero a nombre de su mujer y de cuatro de sus hijos que apareció en la BPA, es inverosímil o, cuando menos, insuficiente. Entre otras razones porque Jordi Pujol reconoció de su puño y letra que era el titular de la cuenta 63810 del Andbank, que se abrió en 2001 (¡21 años después de la muerte de su padre!) con un ingreso de 307 millones de pesetas.

Durante el consejo de guerra sumarísimo del año 1960, Jordi Pujol –impelido por su mujer- hizo un encendido alegato final donde expresó su convicción y su esperanza de que las jóvenes generaciones acabarían tumbando el régimen dictatorial y conseguirían hacer realidad el anhelo de lograr las libertades democráticas que se vivían en otros países europeos. Ahora, 56 años después, y una vez consolidadas las libertades democráticas en un Estado español que es miembro de la Unión Europea, Jordi Pujol vuelve a comparecer ante un juez y unos fiscales que, esta vez, lo interrogarán a fondo para que explique el origen y los mecanismos empleados para acumular la fortuna colosal que su familia ha escondido en Andorra y, a través de testaferros, en un enjambre de paraísos fiscales.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on whatsapp
WhatsApp

HOY DESTACAMOS

Deja un comentario