La caja vacía

Resulta sorprendente (y alarmante) que entre tantísima mención a la independencia de Cataluña apenas se habla de sus contenidos. Así se mantiene viva la llama sagrada de la ilusión, pervive la magia, propia de los milagros y, en definitiva, permite a todos y cada uno de los independentistas soñar a su medida, sin interferencias con la realidad, que todo lo estropea.

Es cierto que en sus tiempos libres (seguramente pocos, dada su intensa dedicación a la consultoría jurídica) el Consejo Nacional para la Transición Nacional (12 catedráticos y profesores, un empresario y Pilar Rahola) ha elaborado informes sobre, por ejemplo, la administración tributaria, la Seguridad Social, el poder judicial, la seguridad o el abastecimiento de agua y energía en la Cataluña independiente por ellos imaginada. Palabras con ribete académico pero papel mojado para la gente.

No se cortaba ni un pelo Artur Más al asociar la Cataluña independiente a Dinamarca e incluso a Australia, de la que tan poco sabemos. Hay independentistas a los que les gustaría una Cataluña como Andorra. Hasta se ha oído decir que libres del yugo de España, las cañas estarían más baratas que en Andalucía. Fantasías de geometría variable, que tan bien resume la metáfora de la «casita pequeñita en Canadá» (con un estanque y flores, las más lindas que hay allá). Repite una y otra vez el ahora consejero de Economía de la Generalitat, Oriol Junqueras, que con lo que nos roba España tendríamos de requetesobra no para una sino para varios millones de casitas en Canadá.

Así se construye el espectáculo de luz y sonido del independentismo. Invocando a los espíritus, dejando caer que el prodigio es posible y está al caer. Obviando la propia existencia, que para muchos, la mayoría de los catalanes, enseña todos los días los colmillos de la precariedad, la falta de expectativas y la desilusión. Tratando de ocultar a toda costa la explotación, el saqueo y las prácticas más ignominiosas de los poderes en la sombra. Enseñando, como tan plásticamente describe una amiga periodista, la caja. La rutilante caja de la independencia, cegadora por fuera, vacía por dentro.

Así, todo el mundo habla mucho, muchísimo, de la caja, del continente (a la que se le siguen añadiendo lazadas, celofán y papel de plata) y muy poco o nada de lo que hay dentro. Como avezados prestidigitadores, los líderes del «proceso» mentan la caja, la exhiben por aquí y por allá, especulan con ella y la utilizan como medio de trueque.

Es más, hasta un mero aficionado a los análisis DAFO (Strengths, Weaknesses, Opportunities y Threats) no podría menos que tomarse con mucha precaución lo que llegaría a esconder la caja (si algún día se llena de algo) teniendo en cuenta los antecedentes y el contexto en el que se encuentra Cataluña ¿Si los buitres (políticos, financieros, mafiosos…) sobrevuelan sobre todo lo que es susceptible de ser comido, cómo no iban a hacerlo sobre un pequeño territorio, más bien desamparado, como podría ser una Cataluña en solitario? Y si otros carroñeros (3%, etc.) han campado a sus anchas durante más de tres décadas, ¿quién nos dice que no seguirán haciéndolo, incluso en mejores condiciones, en una Cataluña independiente? ¿No será precisamente esto a lo que aspira el «procés»?

Respondiéndose a la pregunta (aquí sin respuesta) de ¿para qué la independencia?, el propio Xabier Arzallus (que también sabe mucho de cajas vacías), se respondió: ¿Para plantar berzas? Y que Dios nos coja confesados si la cajita de marras no es en realidad la Caja de Pandora, aquel artefacto que al abrirlo, escaparon de su interior todos los males del mundo, salvo uno, Elpis, el espíritu de la esperanza.

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