Cuatro maneras de erradicar el hambre en el mundo

A la hora de plantear soluciones para erradicar el hambre en el mundo, nos encontramos con varios tipos de reacciones que podríamos clasificar en cuatro categorías arbitrarias. La primera la formarían el tipo de sugerencias que son una burla desacomplejada a la dignidad humana. Se aconseja a los desnutridos del planeta que coman insectos, consuman yogures caducados o bien compren hamburguesas prohibitivas, elaboradas con células madre de vaca.

 

Los autores de las «rompedoras» ideas son la FAO, Miguel Arias Cañete y una pandilla de científicos holandeses, respectivamente. Sabemos que ciertos investigadores no tienen los pies en el suelo y del Ministro español tampoco se puede esperar gran cosa. En la ONU, en cambio, deberían proponer alguna alternativa menos ofensiva, si tenemos en cuenta fracasos históricos como la Cumbre por la Agricultura y la Alimentación, que se cerró en 2008 sin ningún compromiso político serio encima de la mesa -no fuera el caso que las grandes corporaciones vieran peligrar los ingresos-.

 

El segundo conjunto de medidas lo encabeza el incombustible cinismo capitalista, que busca la redención a través de una solidaridad aparente. La metáfora sería un capo de la Camorra napolitana que confiesa sus crímenes, cabizbajo, al cura de Casal di Principe. Cuando sale de la iglesia, con la conciencia limpia de pecado, el delincuente prosigue tranquilamente con la actividad criminal. En la primera esquina asesina a un miembro del clan rival y a la siguiente prueba una partida de heroína adulterada, con un grupo de ionquis moribundos. Me refiero a aquellas entidades bancarias que prometen que destinarán nuestro dinero a llenar miles de estómagos vacíos, a pesar de que han desahuciado familias enteras y/o estafado jubilados, sin ningún tipo de piedad. He aquí la doble moral: Con una mano fomentan la miseria y con la otra sufragan caras campañas publicitarias, en las cuales aseguran quererla combatir.

 

La «tercera vía» la han forjado las personas que trabajan sobre el terreno, codo a codo con los afectados. Son maestros infatigables, enfermeras comprometidas, trabajadores sociales tenaces o valientes voluntarios de ONGs, que están siempre al pie del cañón. Gracias a su entregada dedicación, palian los efectos devastadores de la mutilación del Estado del bienestar, susceptible de condicionar toda la vida de un ser humano. Además de los problemas físicos vinculados a la desnutrición infantil -el retraso en el crecimiento o la propensión a contraer ciertas enfermedades-, hay que tener en cuenta las secuelas psicosociales. Una intervención tan sencilla como facilitar una comida al comedor escolar puede mejorar la atención en el aula, rebajar la ansiedad o aumentar el nivel de actividad. A largo plazo, tiene capacidad para generar nuevas oportunidades al estudiante y, porque no decirlo, evitar los elevados costes públicos derivados de la exclusión.

 

El filósofo de la modernidad líquida, Zygmunt Bauman, repite sin descanso que no existen soluciones locales para problemas globales. Finalmente, pues, tenemos que aplaudir la tarea de los intelectuales y activistas que señalan las auténticas raíces del hambre, indefectiblement ligadas a la rapacidad de las élites financieras. Hagamos una rápida mención. Si no queremos poner parches eternamente, habrá que afrontar el problema del elevado precio de los alimentos y la carencia de recursos del cual disponen los pequeños agricultores, así como el monopolio de diez empresas transnacionales, que controlan el 67% del mercado mundial de entonces. Este tipo de abusos se esparcen como una mancha de aceite.

 

Según un informe elaborado por Intermón Oxfam, en caso de que sigan las políticas de austeridad, en Europa habrán 25 millones más de pobres, en 2025. Las desigualdades en materia fiscal claman al cielo: Los ciudadanos pagamos un 21% de IVA pero las SICAV de las grandes fortunas sólo asumen un intolerable 1%. En cuanto a la flexibilidad laboral, un día tras otro, vemos como miles de trabajadores son abocados miserablemente al paro. Hay otros, de larga duración, que ya no disponen de ningún ingreso y no saben como se lo empescaran para poner el plato en la mesa de sus hijos. ¿Permaneceremos de brazos cruzados ante esta injusticia? ¿Cuánto de tiempo soportaremos la cruel opresión?

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