«La gran qüestió feminista és la violència de gènere»

Entrevista a Marina Pibernat Vila

Antropòloga i historiadora. Actualment, és professora de teoria crítica i pensament antropològic a la Universitat Autònoma de Barcelona. Feminista i comunista, forma part de Feministes de Catalunya. Es va doctorar en Antropologia amb la tesi Género y adolescencia en la era digital: antropología de la socialización audiovisual.

 

¿Sigue respondiendo el 8 de marzo a sus orígenes o se ha modificado su sentido, al albur de los avatares históricos?

El 8 de marzo debería ser lo que son sus orígenes: el Día de la Mujer Trabajadora. Un día importantísimo en la historia, porque la Revolución Rusa de febrero empezó un 8 de marzo. Fecha reivindicativa, efeméride, que fue instaurada por mujeres socialistas, precisamente para reivindicar la condición de mujer y trabajadora. Esa especificidad concreta. No de la mujer burguesa, digamos. Pero a medida que ha ido pasando el tiempo y el discurso de clase se ha ido debilitando, que ha ido cundiendo el neoliberalismo, cada vez más, el Día de la Mujer Trabajadora se ha ido convirtiendo en el Día de la Mujer, a secas, e incluso solo 8-M. Ahora, con el ataque a la línea de flotación del feminismo, que viene del trans-activismo, y sostiene que ser mujer no tiene nada que ver con su sexo, con el que naciste, sino con sus sentimientos; que ser mujer es quien se siente mujer, el Día de la Mujer ya puede ser cualquier cosa. 

¿Las causas del feminismo siguen siendo, esencialmente, las mismas que dieron origen al movimiento?

La agenda feminista de hoy en día no es muy distinta a la de hace, pongamos, un siglo. Para empezar, las feministas seguimos exigiendo la abolición de la prostitución, que es la forma más terrible de explotación de las mujeres. Algo que ya lo hacía Flora Tristán, a mediados del siglo XIX. Lo que sí hemos tenido que añadir ahora es la explotación reproductiva: los vientres de alquiler y la ovodonación. Algo que se deriva de los desarrollos en biotecnología. Esto no existía hace cien años, pero no deja de ser, igualmente, una forma de explotación. Reproductiva, en este caso. Las mujeres también seguimos luchando por la igualdad en el mundo laboral, en contra de la precariedad, por la mejora de las condiciones materiales de vida. Esto tampoco ha cambiado. Claro, es verdad que como nos hemos encontrado con esta disolución del sujeto de mujer, tenemos que ocuparnos del asunto. Pero, en fin, las grandes cuestiones siguen siendo las mismas.

¿En este contexto, cuál podría ser el ‘quid’, el punto de la lucha feminista, en este 2022?

Quizás la lucha contra la violencia que siguen padeciendo las mujeres. La igualdad formal ya la tenemos. Somos una sociedad que, supuestamente, no efectivamente, es igualitaria. Otra cosa es que esto se plasme realmente en la sociedad, que se traduzca en una igualdad efectiva. Así las cosas, la cuestión más grave y acuciante sigue siendo la violencia contra las mujeres. Algo prioritario para el movimiento feminista, que se produce cada día. No solo asesinatos, también violaciones, agresiones, maltratos… Algo que ocurre aquí, entre nosotros, en nuestro país que, por cierto, no es comparativamente de los peores.

¿Hay algo, digamos, genético en la violencia de los hombres hacia las mujeres o es un puro constructo social, execrable?

Ningún niño nace siendo agresor o violento, por naturaleza. Es la sociedad la que le moldea en ese sentido. Se arguye que como los hombres tienen más testosterona tienden a la violencia. Pero no hay ninguna constancia de que un hombre o una mujer con mayor grado de testosterona sea más violenta. En realidad, es una cuestión cultural. De cómo se enseña a los hombres a utilizar la violencia para imponerse. Hay antropólogas, como Françoise Héritier, que sostienen que en la raíz de la violencia hay un “exceso de cultura”. Para convertir a un niño en una persona violenta, hay que entrenarlo. No hay ningún motivo para que alguien, de buenas a primeras, sea violento. La violencia contra las mujeres estructura las sociedades patriarcales, en tanto que el hombre está en una situación superior puede disponer de la vida y el cuerpo de la mujer, y también de los hijos. 

Algo íntimamente vinculado a la propiedad…

De hecho, esto que aún permanece en la ley de que el padre pueda visitar a sus hijos, aunque esté denunciado por maltrato, habría que ver en qué medida procede del “pater familias” del Derecho romano, en el que sus privilegios estaban por encima de todo. Actualmente, hay derechos reconocidos a los padres, que están incluso por encima de la integridad física de sus niños. 

¿La actual violencia machista no podría estar de algún modo ligada a un sentimiento de pérdida de privilegios de la masculinidad, entendido en su peor sentido?

Puede ser. En la medida en que las mujeres van logrando mayor libertad, emancipándose, hay reacciones en contra porque se vivía muy bien asumiendo que, si se es hombre, por lo menos la mitad de la gente (las mujeres), están por debajo de tí. En la medida que vamos cambiando esto, surge, como es natural, una reacción en contra. Cosa que también ocurre en política con cosas como el surgimiento de Vox, que es muy votado por hombres muy antifeministas, que ven en el feminismo una amenaza a su hegemonía masculina, digamos. 

¿Aquello de las mujeres como “compañeras” de las luchas de los hombres (tan al uso en la izquierda), no está siendo sustituido por un cambio de paradigma, en el que las mujeres serán hegemónicas?

Desde luego que las mujeres somos, por decirlo de algún modo, una potencia revolucionaria. De hecho, hay muchos estudios y está comprobado, que en todas partes las mujeres son mucho más partidarias que los hombres en la redistribución de la riqueza. Como somos la mitad subalterna de la Humanidad, nos viene bien repartir la riqueza. En ese sentido, participamos también en menor medida de esa idea más competitiva, neo-liberal, de la acumulación de riqueza. No por cuestiones de que las mujeres somos, naturalmente, más compasivas, partidarias de compartir, ni nada de esto, sino porque tenemos una posición subalterna en la sociedad, y esto nos beneficia objetivamente. 

¿La crisis de la masculinidad, versus machismo,  no está también ligada a la superación de la guerra, el militarismo y toda la parafernalia del poder que arrastramos los humanos?

De hecho, estamos a punto de entrar en una guerra en Europa. Algo que tiene que ver con el conflicto de intereses. Ahora, a nivel geopolítico, tenemos unos EE.UU. en decadencia y un tándem Rusia-China que está disputando la hegemonía en el mundo. Europa en medio y, además, utilizada como peón por EE.UU. Cosas, en fin, que pueden estar pasando sin que el paradigma de la masculinidad hegemónica estuviese en crisis. No sé cómo ambas cosas podrían estar relacionadas, más allá de la metáfora. Pero el antropólogo Marvin Harris dice que los hombres iban a la guerra porque eran más prescindibles. Los podían matar y no pasaba gran cosa. Si había preñado a su mujer, asegurada la descendencia, podía irse. 

La familia y las mujeres ¿jaula de oro, solo jaula, o nada de todo esto?

Especulamos mucho sobre el tema de la familia. En realidad, la familia no es más que la unidad básica de reproducción social, que siempre y en cualquier caso será la que le convenga al sistema socio-productivo del momento. En el feudalismo y la sociedad campesina teníamos la familia extensa. En la casa vivían varias generaciones, los primos… todos juntos. Con el desarrollo industrial, ese modelo era inviable. Así, la familia pasó a ser nuclear: el matrimonio y los hijos. Esto es así porque el capitalismo necesita una mano adaptada y, en ningún caso, la familia puede entenderse de modo aislado al modelo socio-productivo. Ahora, que tenemos una situación absolutamente precarizada, inestable, flexible y efímera, las relaciones, no solo las familiares, sino en general, tienen que adaptarse a este nuevo contexto, que está marcado absolutamente por el individualismo.

¿Qué mensaje transmitirías este 8 de marzo de 2022 a las niñas?

No les lanzaría un eslogan bonito. Les diría “van a por vosotras”, porque se quiere mercantilizar sus cuerpos, empezando por sus óvulos y terminando por su imagen en Internet para convertirlas en mercancía sexual. En el momento en que una chica se está construyendo como persona, si los referentes que tiene son de mujeres delgadas, hipersexualizadas, superjóvenes… evidentemente va a acabar con graves problemas. A las mujeres se les está transmitiendo masivamente que lo único valioso de lo que disponen es de su cuerpo. “Tu cuerpo, tu capital”, se podía decir remedando aquel cartel del PSUC, dirigido a los obreros: “Tus manos, tu capital”.

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