Resulta que, además de nativos, charnegos (y, sobre todo, síntesis de ambos), en Cataluña viven y trabajan personas de muy diversas procedencias, que son o se consideran catalanes. Se trata de los olvidados de los olvidados, en el discurso nacionalista. Oficialmente, ni existen y, sin embargo, aquí están, para recordarnos que, a pesar de las apariencias, el racismo y sus criaturas excluyentes (supremacismo, xenofobia, etnicismo…) acabarán en el basurero de la historia, más pronto que tarde.

Dice Carme Junyent, del Grupo de Estudio de Lenguas Amenazadas, de la Universidad de Barcelona, que "en Barcelona hay hablantes de como mínimo 150 lenguas de todo el mundo, pero un gran número quedan escondidas en las historias de muchos barceloneses, a quienes han explicado que vivimos en una ciudad bilingüe en que su lengua está fuera de lugar". Bilingüismo incluso cuestionado, sin ir más lejos, por la recién nominada consejera de Cultura, Laura Borràs, firmante del manifiesto Koiné, que sostiene "la subordinación de una lengua a la otra (el catalán al castellano) y la consiguiente sustitución lingüística que padece la sociedad catalana".

De los 7,5 millones de personas que viven en Cataluña, oficialmente más de un millón son extranjeros que disponen de permisos de residencia. Si a ellos les sumamos los sin papeles, transeúntes y otras gentes no incluidas en las estadísticas y, desde luego, quienes proceden o están vinculados a toda España, la cifra no invita a pasar página, sino a todo lo contrario. Gente que ha llegado desde casi 200 países, que hablan más de 150 lenguas, además de catalán y castellano, pone de manifiesto que la diversidad es uno de los rasgos más llamativos de la Cataluña real. Además, cada año 100.000 personas entran y salen de Cataluña como emigrantes, y varios millones lo hacen en calidad de turistas.

Este escenario que, más o menos compartimos con otros muchos territorios de Europa y el mundo, constata que, como decía McLuhan refiriéndose a la comunicación, la tierra se ha convertido en una aldea global. La tendencia a la mundialización de la economía, la tecnología, la cultura y la sociedad es imparable y, además, va a marchas forzadas. Y eso, a pesar y más allá de los destrozos del capitalismo global, tiene mucho de positivo, en la medida en que contribuye al reconocimiento mutuo de las personas y, en definitiva, a pulverizar el espíritu de campanario.

Venir del pasado al presente, soltar lastre supremacista y reconocer que ninguna pertenencia, ningún patriotismo, ninguna lengua, nada, justifica que una persona se permita mirar a otra por encima del hombro, no debe resultar fácil para algunos, a juzgar por los hechos. Sobre todo, si la cosa viene acompañada del miedo a la pobreza y a los pobres, los emigrantes, los exógenos, los otros... Pero, a buenas o malas, que sepan los nacionalistas de toda clase y condición que su tiempo se está agotando. Que, por encima de todo, la diversidad está ganando por goleada la batalla a la uniformidad. Que, en el caso de Cataluña, tiene mucho más sentido hablar de alter-catalanidades que de "un solo pueblo". Y, si cabe la licencia, que catalanes y españoles son cada vez más los unos los otros y viceversa. Y que, por añadidura, empezamos a ser también más rumanos, chinos, marroquíes, pakistaníes, etc. Gracias a Dios.