Patinazo monumental. El presidente de la Generalitat, Quim Torra, enseñó sus cartas antes de tiempo. La secuencia vivida la semana pasada es esperpéntica. El presidente del Parlamento catalán, Roger Torrent, explicó que a su parecer la sentencia del 1-O se tenía que afrontar con un gobierno de concentración con amplias e idílicas coaliciones. La formación del gobierno es, como todo el mundo sabe, competencia del presidente de la Generalitat, y por eso Torra quiso saltar inmediatamente para aportar su visión de las cosas y, sobre todo, para no dejar a ERC el protagonismo en las iniciativas ni que hiciera camino su propuesta como posible vía de escapada al juicio.

Así, decidió contraatacar avisando a Torrent que se tenía que preparar para investir a Carles Puigdemont como respuesta a la sentencia del 1-O. El escenario, que el mismo Puigdemont había descartado, Torra lo ponía sobre la mesa otro vez en un claro desafío a ERC. La cosa cayó tan mal que, poco después, los miembros del gabinete del presidente telefoneaban a todos los medios para intentar convencerles que lo que se había dicho era algo más diluido. Pero era demasiado tarde. El presidente ya se había marcado el farol. Tanto es así que no coló ninguna de las excusas que aportaba Presidencia, de forma que quedaron ante la prensa como unos bocazas y, encima, como los que reculaban ante Esquerra.