La rueda de la historia es implacable. Pero es lenta. Más pronto o más tarde se acaba imponiendo la lógica, la justicia, el respeto por los derechos humanos fundamentales, personales y colectivos. La historia de la Humanidad es la del progreso. La de ir dejando atrás prácticas brutales, injustas, insolidarias, inhumanas. El esclavismo, el racismo, el imperialismo, la explotación brutal de la clase trabajadora, la discriminación de las mujeres o de las personas discapacitadas van perdiendo fuerza en nuestras sociedades. En algunas están presentes más que en otras, pero acabarán desapareciendo.

Los que ya tenemos una edad hemos visto como nuestro país cambiaba. La dictadura dejó una democracia que todavía debe mejorar mucho. Un ministro de derechas legalizó el divorcio. Otro de izquierdas, el matrimonio entre personas del mismo sexo. La sanidad se va universalitzar. El poder político se descentralizó.

Diréis que algunas de estos hitos todavía están a medio consolidar. Todavía hay personas que asesinan a sus parejas, agreden a homosexuales y lesbianas o maltratan a sus abuelos. La capacidad del ser humano para actuar de forma egoísta o insensible al mal que causan todavía está muy viva. Pero, con todo, y con momentos de retroceso dolorosos, el mundo avanza hacia la sociedad justa y amable a la que aspiramos.

La llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil o el ascenso del partido ultraderechista Vox en las elecciones autonómicas andaluzas forman parte de estas fases de retroceso. Pero tienen las de perder. Tienen y tendrán sus días de gloria, pero, en algún momento, tendrán que hacerse a un lado y dejar paso al progreso social, a la mejora de la convivencia que acabará imponiéndose.

Saberlo no implica desfallecer en la lucha cotidiana para que las etapas de predominio retrógrado sean cuanto más cortas, mejor. De aquí a unos cuántos años –esperamos que no demasiados- a los estudiantes de Historia les costará creer que el presidente de un país como Brasil dijera que prefería un hijo muerto que homosexual, o que una ministra suya dijera que los niños tenían que llevar vestidos de color azul y las niñas, de color rosa. O que había partidos que ponían trabas a las leyes que penalizaban el asesinato de mujeres. Del mismo modo que les costará entender que las mujeres no tuvieran derechos en muchos países, que los gobernantes de algunos estados ordenaran el asesinato de periodistas o que el mundo estuviera lleno de guerras, con centenares de millones de personas que sufrían hambre o eran muy pobres y que menos de un 1% de la Humanidad tuviera tanta riqueza como el resto.

Todo esto será superado. Un día u otro. Sólo lo puede evitar un cambio climático que nos elimine como especie antes de que ese día llegue.