Racionalista cómo soy, nunca he creído en la astrología. Por lo tanto, tampoco he creído nunca en los horóscopos y ni en ninguno de sus derivados. Conozco gente de todo tipo que sólo coincide astrológicamente, que no tiene ningún otro tipo de coincidencia o parecido. Pese a eso, tengo que reconocer que un artículo de Llàtzer Moix publicado el pasado 29 de diciembre en La Vanguardia me ha ayudado bastante a entender la personalidad, para mí tan complicada y extraña, de quien a estas alturas, y desde el 17 de mayo de 2018, todavía es el presidente de la Generalitat: Quim Torra.

En su artículo, El largo adiós de Torra, Llàtzer Moix nos invitaba "a recapitular y valorar el legado del todavía presidente de la Generalitat". Lo hacía con aquel estilo tan suyo, elegante, siempre un tanto distante y con su ironía inteligente, fina y sutil, de un cierto humor británico. Como quien no le da apenas importancia, después de recordarnos algunos de los hechos más relevantes protagonizados por Quim Torra durante su mandato -breve y aun así demasiado largo-, Llàtzer Moix acababa de este modo su artículo: "Aprovecho esta nota para felicitar al todavía presidente de la Generalitat, no por su trabajo deficiente sino porque ayer cumplió 56 años. En efecto, nació un 28 de diciembre (lo del 1962), día de los Santos Inocentes. Y de las inocentadas. Aquí lo dejo". Pese al error cronológico -nacido el 1962, Quim Torra tiene ahora 57 años, no 56-, la coincidencia de la fecha de su nacimiento con el día de los Santos Inocentes, y por lo tanto también de las inocentadas, me aclara muchas dudas sobre la personalidad inefable de quien todavía es -espero y deseo que por muy poco tiempo más- el presidente de la Generalitat de Catalunya.

A la espera que sea definitiva y firme la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya (TSJC) que lnhabilita a Quim Torra para el ejercicio de cualquier cargo público, se me hace del todo imposible encontrar algún elemento positivo, por pequeño que sea, en los interminables veinte meses que lo sufrimos de ejercicio vicario de la Presidencia de la Generalitat. Más allá de sus tan reiteradas excentricidades folclóricas y su ardorosa promoción del consumo de la ratafía, el legado político que nos dejará Quim Torra es simplemente catastrófico. Incapaz para la gestión de los asuntos públicos - son una prueba concluyente el deterioro de los servicios públicos más básicos, como la salud, la educación y todas las prestaciones sociales-, Quim Torra ha derrochado todo su mandato, y lo ha hecho porque ha tenido siempre presente que sólo tenía uno de vicario, atado de pies y manos a las órdenes recibidas del huido Carles Puigdemont desde su privilegiado refugio belga de Waterloo.

Quim Torra se ha limitado a obedecer, a recibir órdenes y a cumplirlas como activista que es. Un activista convencido y ardoroso, que sólo es capaz de actuar como tal y de animar, incitar y entusiasmar a los sectores activistas más radicales del movimiento separatista -desde los Comités de Defensa de la República (CDR) a la gente del Tsunami Democrático, los Lirios de Fuego o los Equipos de Resistencia Táctica (ERT)-, instándolos con su ya célebre "¡Apretad, apretad!".

Con este balance tan pobre y penoso, quizás sí que Quim Torra sea realmente una consecuencia de su fecha de nacimiento, y por lo tanto una Inocentada. O una llufa, la más famosa y popular de las inocentadas, cuando todavía se hacían. Los diccionarios nos ilustran mucho al respeto, al definir así la palabra "llufa": "ventosidad producida sin estrépito" o "ventosidad expelida sin ruído", pero también hace referencia a "pedazo de papel, trapo, etc., colgado para hacer broma detrás del vestido de alguien, que lo lleva sin advertirlo", o "pedazo de papel o de trapo, generalmente en forma de muñeco, que se cuelga en la espalda de alguien, por burla, el día de los Inocentes".

En los diccionarios encontramos también aquello que define perfectamente a Quim Torra y su paso por la Presidencia de la Generalitat: "Colgar (o poner) la llufa (a alguien)" es "hacerle alguna jugarreta abusando de su confianza, de su candidez", o "cometer con alguien un acto irritante". Todavía es más precisa esta definición: "Hacer llufa" es "quebrar".