The Independent, el diario británico, asegura que Barcelona es una de las ocho ciudades del mundo que más odia a los turistas. Barcelona sufre turismofobia, un odio acérrimo y visceral a todo lo que huela a chancleta, pantalón corto y after sun.

Cómo dice la canción, "ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio"... Pocos podían prever en 1992, cuando Barcelona deslumbraba al mundo, que el papel de anfitriones sería tan y tan productivo. De los pocos turistas que entonces paseaban biquinis y sofisticación europea hemos pasado a un alud de visitantes: Barcelona es el primer puerto de cruceros del mundo, en el Prat llegan cerca de 43 millones de viajeros cada año, 30 millones de turistas visitan Barcelona anualmente, 8 millones duermen en la ciudad, 4,5 millones hacen colas para ver la Sagrada Familia y entre todos dejan 18 millones de euros diarios, es decir, el 12% del PIB de la ciudad.

Es cierto que nos molesta, y mucho, que invadan la ciudad en bañador con la toalla en el hombro, que gentrifiquen los barrios de toda la vida, que conviertan el elegante paseo de Gràcia en Salou y la Rambla en Magaluf, pero generan el 9% del trabajo en la ciudad y se han convertido en un gran negocio.

Uno de los principales negocios es el alojamiento de toda esta gente que llega a la ciudad. Los hoteles, que acostumbran a estar siempre bordeando el 90% de ocupación, son muy caros y por eso han surgido, como setas, plataformas alternativas para conseguir un piso que se alquila por días o semanas. De los tímidos intercambios de casa de hace unos años al boom de Airbnb, la supuesta economía colaborativa que sistemáticamente ha puesto contra las cuerdas a los dos alcaldes de Barcelona de las últimas legislaturas: se convirtieron en un problema para Trias y son un problema para Colau.

En 2010 aterrizó en Barcelona la plataforma Airbnb, con un halo de modernidad y bonhomía amparado en la economía colaborativa: eran los mismos vecinos quienes alquilaban un piso o una habitación a los pobres turistas que no encontraban alojamiento... pero los números les sacan la máscara de bondad. Airbnb es un tiburón de los negocios que mueve un volumen de 1.027 millones de euros anuales, un 65% más que en 2015. Más de 1,5 millones de personas usaron esta plataforma el año pasado, y la cifra crece exponencialmente a un ritmo del 45% anual.

Por supuesto que los más avispados han visto en estas plataformas un colador para la estafa. La más común: alquilar un piso que después se realquilará, a través de Airbnb, a centenares de turistas, sacando un rendimiento que algunos cifran en un 500%. El mismo anfitrión, que es como se denominan los propietarios de los pisos, puede tener varias viviendas en la plataforma. Se calcula que el 50% de los anfitriones de Airbnb tienen más de un piso en alquiler.

La laxitud en la política de admisiones es una de las causantes de la proliferación de la picaresca. Para tener un piso turístico legal necesitas una licencia del Ayuntamiento que comporta una serie de requisitos: que sea un piso no residencial, que se alquile por más de 7 días y que la comunidad de vecinos esté de acuerdo, pero para abrirte un perfil en Airbnb y colgar tu oferta no hace falta nada, quizás una foto bonita para tener más gancho.

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