El ataque de los periódicos ‘zombis’: ¿Quién escribe lo que lees?

Bluesky
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El periodismo se ha convertido en una fábrica de sucedáneos donde el contenido manufacturado sustituye a la crónica de calle. Todos conocemos las fake news, esas mentiras groseras que se esparcen como la pólvora, pero lo que estamos viviendo ahora es su derivada más sofisticada y siniestra. Ya no hay que pisar el asfalto ni tener una redacción con olor a café; basta con recortes de notas de prensa, un hilo de Inteligencia Artificial y mucha jeta para fabricar diarios «fantasma» que, al estilo de las redes de desinformación americanas, no tienen ni un solo periodista en nómina.

Este fenómeno se conoce como Pink Slime Journalism (o «baba rosa»), un término acuñado en Estados Unidos para definir aquellos restos de carne de desecho triturados para rellenar hamburguesas baratas y que se traduce en portales de noticias procesadas que llenan el vacío de la prensa local. La estrategia es tan simple como perversa: se trata de coser un brillo de realidad con recortes de propaganda o ataques fabricados por la Inteligencia Artificial. El resultado es una noticia clonada que se difunde por decenas de webs locales donde solo cambia el nombre de la población, una trampa diseñada para engañar a los buscadores y conquistar los primeros resultados de Google a base de repetir la mentira.

Susana Alonso

Pero no nos engañemos: esta invasión de portales zombis no es sólo un pozo para escándalos o un catálogo de fotos de archivo; es un arma de acoso y de combate político. El Pink Slime en manos de grupos de presión o de la oposición funciona como una metralleta de noticias negativas diseñadas para hundir cualquier acción de gobierno, por brillante que sea. Al inundar la red con quejas vecinales amplificadas o datos descontextualizados, se crea un clima de crispación artificial que ninguna administración pública puede frenar con métodos tradicionales.

Es la cara más cobarde de la política: una red de webs sin rostro que disparan críticas feroces para inclinar la balanza electoral, consiguiendo que el ciudadano ya no sepa si lo que lee es un problema real del barrio o un código programado para destruir a un adversario. El objetivo final no es sólo desinformar, sino instalarnos definitivamente en la posverdad, donde los hechos pesan menos que las emociones fabricadas a medida. Aunque aquí el Pink Slime todavía pesa poco, su baba ya se mezcla con la basura digital omnipresente —IA barata y ruido automatizado— que asfixia a la prensa real y abre paso a la autocracia informativa.

Este veneno digital actúa como un ácido que lo corroe todo. Por un lado, entierra las buenas gestiones bajo una montaña de basura digital y, por otro, invisibiliza las corruptelas reales al mezclarlas con ataques inventados. Al fin y al cabo, esta saturación estrangula la viabilidad de los medios de proximidad y de los espacios de verificación que aún miran la realidad a los ojos para distinguir dónde acaba la verdad y dónde empieza la invención. Nos estamos quedando en un limbo informativo donde ya no distinguimos el grano de la paja, sustituyendo la fiscalización seria y el reconocimiento del trabajo bien hecho por un murmullo digital que no rinde cuentas ante nadie y que sólo busca que la verdad sea el primer recorte que se tira a la basura.

Detrás de esta arquitectura no está el azar, sino manos expertas que sacan un rédito muy concreto. Son los mercenarios de la desinformación: agencias de comunicación y grupos de presión que facturan fortunas por «limpiar» o «ensuciar» reputaciones a golpe de talonario, vendiendo el silencio de los escándalos o el ruido de las campañas de desprestigio como un servicio de marketing más. Esta estrategia es el combustible ideal para proyectos populistas que se alimentan de la confusión y que buscan, en última instancia, un control social cercano a la autocracia; porque cuando la verdad se evapora, la rendición de cuentas desaparece y el camino queda libre para el autoritarismo.

El control real, sin embargo, no está en manos de nadie que hayamos votado, sino que recae en las grandes fortunas y los magnates tecnológicos que han comprado y contaminado las plazas públicas digitales para convertirlas en su mesa de juego particular. Al dominar las redes sociales, estas élites no sólo gestionan datos, sino que deciden qué vemos, qué pensamos y, sobre todo, qué nos debe indignar.

Son estos arquitectos de la desinformación quienes, movidos por intereses que no entienden de fronteras ni de bienestar común, impulsan la desaparición paulatina de la democracia para sustituirla por un mercado de emociones precocinadas. Al fin y al cabo, un ciudadano que no puede distinguir un hecho de una invención ya no puede ejercer su libertad, dejando el camino libre para que los dueños del algoritmo dicten el futuro mientras la sociedad acaba pagando la factura de este engaño masivo.

No dejemos que los amos del algoritmo y los mercenarios de la desinformación nos roben la verdad. Preguntemónos siempre: ¿quién escribe realmente esto que estoy leyendo? Verifiquemos y actuemos antes de que sea demasiado tarde.

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