Cuando el mundo se reduce a un tuit en mayúsculas y un dedo apuntando hacia «el enemigo», ya no estamos en política: estamos en una comedia de chichinabo (y de mala calidad). En este sainete, la indignación de sofá y la gesticulación vacía ya no sirven para nada.
Es necesaria un arma más cotidiana, más incómoda: el pensamiento crítico como práctica colectiva. Pensemos. Cuestionamos. Exijamos pruebas. En un mercado inundado de fake news -ese fast food que te llega por WhatsApp y te confirma lo que ya querías creer-, el pensamiento crítico es el control de calidad que nos salva de la intoxicación.
La capacidad de dudar no puede ser un lujo de cuatro intelectuales, es la vacuna social contra la sumisión (y sí, la vacuna que los antivacunas deberían tomar por prescripción facultativa).
Una sociedad que calla por miedo, por cansancio o porque «ya nada importa» deja de ser democrática, se convierte en mobiliario de escenario, en decorado, que entrega su futuro a quien hable más fuerte o prometa más rápido. Sin pensamiento crítico, la democracia no muere: simplemente hace like a su propio funeral.
Soy consciente de que pedir a una sociedad adicta a lo inmediato que se ponga a verificar hechos y a desmontar basura informativa es machacar en hierro frío, pero entre ser un ciudadano que cuestiona o ser un simple figurante en la manada de algún vendedor de humos, todavía hay una pequeña dignidad que querría conservar.









