La amenaza de la extrema derecha, aquí y en todas partes, hace que —con la voz más o menos baja— desde la izquierda, voces más o menos altas, reclamen unidad. Es lo de siempre: la unidad hace la fuerza. La idea es aglutinar a las izquierdas que hay a la izquierda del PSOE ante un adversario que no solo crece, sino que arrastra el conjunto del sistema político hacia posiciones cada vez más duras. El primer toque de alerta viene, curiosamente, del portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, que hace días que predica en el desierto esta unidad. También quien fue su mentor, Joan Tardà, se ha apuntado al llamamiento. No es una intuición improvisada: las encuestas, con su frialdad habitual, indican que la fragmentación penaliza y que la suma podría tener recorrido.
El problema es que la llamada no ha sido acogida con entusiasmo. Más bien al contrario. Las izquierdas españolas —o buena parte de ellas— parecen más cómodas en la competición interna que en la cooperación estratégica. Como si la rivalidad fuera más urgente que la amenaza externa.
El fenómeno no es exclusivo de Madrid. Se reproduce también a escala local. En la ciudad donde nací —Igualada—, un grupo de ciudadanos ha impulsado una candidatura unitaria de izquierdas para plantar cara a Marc Castells, alcalde desde hace quince años y con voluntad de continuar. Aquí, el hilo conductor es claro: ante la perpetuidad, alternancia. Ante la acumulación de poder, relevo. Paradójicamente —o quizá no tanto—, en este caso ERC ha rechazado la propuesta, pese a que el actual portavoz republicano, Enric Conill, la había avalado inicialmente. Todo ello ha abierto una crisis de grandes dimensiones con la dimisión de la ejecutiva igualadina del partido. La política tiene estas cosas: lo que se defiende en abstracto a menudo se complica en concreto.
Es sabido y es notorio que a las izquierdas les ha costado, les cuesta y nada hace pensar que no les siga costando ponerse de acuerdo. Hay una tradición casi genética de fragmentación, de matiz elevado a categoría y de diferencia convertida en frontera. El problema es que, mientras se discute la pureza del proyecto, el adversario avanza con una claridad de planteamiento que a menudo se confunde con eficacia. Es una extrema derecha que no solo crece por sí misma, sino que condiciona el conjunto de la derecha. Vox marca el paso y el PP, demasiado a menudo, le acompaña. El resultado es un desplazamiento del centro político hacia posiciones que, hace no tantos años, habrían sido impensables.
Ante esto, la unidad no es una opción estética. Es una necesidad política. Esto no quiere decir anular diferencias ni construir artificios electorales sin alma. Quiere decir entender que hay momentos en que la suma es más relevante que la identidad de cada sigla. Quiere decir saber distinguir entre competencia y fragmentación. Entre pluralismo e incapacidad de acuerdo. Porque el riesgo no es solo perder elecciones. El riesgo es perder el marco. Y aquí es donde la llamada de Rufián —y de Tardà— adquiere sentido. No como consigna, sino como advertencia. Quizás llega tarde. Quizás no será escuchada. Pero apunta a un problema real: la incapacidad de la izquierda para actuar como bloque en un momento en el que el otro lado sí lo hace, aunque sea desde la tensión interna.
La historia política está llena de ejemplos en los que las izquierdas han preferido discutir entre ellas antes que construir mayorías. Y también está llena de consecuencias de esta decisión. Quizás esta vez convendría probar otra cosa. Porque, como advertía Bertolt Brecht, «quien no conoce la verdad es un ignorante; pero quien la conoce y la niega es un criminal». Y la verdad, hoy, es bastante evidente.







