Al Barça le ha dolido especialmente que ni el árbitro del partido de Champions contra el Atlético de Madrid, de cuartos de final, ni tampoco el VAR señalaran un penalti a favor por una mano del jugador colchonero Marc Subirà en la puesta en juego de un balón tras un fuera de fondo. También pesa la sensación generalizada de que Koke debería haber visto dos tarjetas amarillas y ser expulsado por la reiteración de faltas y acciones punibles sobre Lamine Yamal.
Las protestas encendidas de Hansi Flick tras el cero a dos del miércoles por la noche contrastaron con el discurso de veinticuatro horas antes, en la previa, cuando parecía tenerlo todo bajo control, incluido aquel repertorio imprevisible de factores que emergen en la Copa de Europa, especialmente ante un equipo como el Atlético de Madrid, desesperando por naturaleza incluso para sí mismo. «No podemos quejarnos. Tenemos que centrarnos en lo que podemos hacer dentro del campo».
Flick insistió en que el FC Barcelona debe mantener su identidad como principal herramienta competitiva y, en este sentido, puso énfasis en la presión alta como factor determinante del rendimiento.
Mal síntoma este planteo, exactamente la misma reacción azulgrana tras el 4-0 de la ida de Copa ante el Atlético de Madrid, porque nunca ha sido la actitud del mejor Barça de todos los tiempos, el que lideraba Leo Messi. Aquel equipo era consciente de que el «contra todo y contra todos» no es ninguna invención moderna de la patología mediática y electoral de Joan Laporta, sino una manera atávica y arraigada de competir y ganar.
Sin VAR ni tanta tecnología, a Messi le cometían en cada partido una decena de faltas merecedoras de tarjeta amarilla —por acción o por reiteración— que a menudo ni se señalaban ni condicionaban los partidos a su favor.
Cuatro días antes, el Barça de Flick venía de sumar tres puntos clave en la Liga —combinados con el tropiezo del Real Madrid en la Champions— en un partido marcado por la revisión de la expulsión de Nico y la rectificación de una roja a Gerard Martín, que el CTA admitió como un error en este ejercicio, entre delirante e inútil, de autoflagelación pública después de cada jornada.
Típico del fútbol: aferrarse al error arbitral o a la interpretación sesgada y perjudicial del reglamento cuando, en términos estrictamente futbolísticos, el nivel no llega. También es cierto que el barcelonismo tiende a preferir la excusa fácil de los arbitrajes antes que la sinceridad del «es lo que hay».
El problema, en este caso, es que, precisamente contra el Atlético de Madrid, este Barça ha demostrado ser superior y capaz de remontar dos goles —y los que haga falta— en las múltiples y contundentes batallas de Liga disputadas.
¿Por qué no esperar, por parte de Flick, de los jugadores y de la directiva, a disputar la eliminatoria completa antes de atribuir una posible derrota a la injusticia o al arbitraje?
La protesta ante la UEFA también suena a reacción de lágrima fácil cuando este Barça, con Yamal al frente y el resto de un equipo al que mayoritariamente se le atribuye la condición de favorito para ganar esta Champions —del mismo modo que a Lamine se le otorga una opción real al Balón de Oro—, lo que debe hacer es afilar y exhibir su potencial ofensivo.
El Barça suma 127 goles en 48 partidos, una media de 2,64, un bagaje más que suficiente para ir al Metropolitano a por todas. Entre otros motivos, porque el 0-2 de la ida ha marcado el guión de la vuelta, mucho menos favorable para el Atlético de Madrid, donde su entrenador, Diego Simeone, es perfectamente capaz —como tantas otras veces— de equivocarse enviando a su equipo a un páramo táctico en el que ni ataque ni defienda.
Para el martes, el Barça necesita intensificar el miedo que ya tiene el rival ante el único equipo capaz de atajar el marcador sin demasiadas dificultades.
Lo que no necesita es proyectar la inseguridad de atribuir al arbitraje el mal resultado de un mal partido. Lo que necesita es enmendarlo con una actuación impecable, alineada con la estadística que sustenta su condición de favorito.
Y evitar aludir a conspiraciones de la UEFA, que, si lo hubiera querido, ya habría podido sancionar cautelarmente al club por el caso Negreira dejándolo sin Champions; o bien limitarlo en el ámbito económico, impidiendo fichajes por el incumplimiento del fair play; incluso cerrarle el estadio —el Camp Nou o Montjuïc— por la reventa de entradas a la afición visitante en partidos europeos, no sólo el día del Eintracht.













