Las periferias geopolíticas y la crisis de Irán

Bluesky
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En las grandes crisis internacionales, el foco suele concentrarse en los actores centrales: Estados Unidos, las potencias europeas, los equilibrios en Oriente Medio. Sin embargo, es en las periferias —Asia emergente, África, América Latina— donde se revelan con mayor claridad las fracturas del sistema internacional por la forma en que absorben, reinterpretan y devuelven los impactos de la crisis.

La escalada en torno a Irán —alimentada por la deriva estratégica de Donald Trump y la incapacidad de construir una arquitectura estable de seguridad—reconfigura equilibrios regionales tanto en lo que afecta a las dependencias de provisión de gas y petróleo como a las narrativas políticas de dichas periferias.

El petróleo como vector de vulnerabilidad

Para una parte significativa de Asia —desde India hasta el sudeste asiático— la cuestión es inmediata: el suministro energético. El estrecho de Ormuz no es una abstracción geopolítica, sino un cuello de botella real del que dependen economías enteras impactando en inflación, presión fiscal y riesgo social.

En África, la paradoja es aún más aguda. Países productores pueden beneficiarse coyunturalmente de precios altos, pero la mayoría —importadores netos— sufre el impacto en alimentos, transporte y estabilidad política, ahondando las crisis sociales actuales.

En América Latina, el mapa es más heterogéneo. Exportadores como Brasil o México amortiguan parcialmente el choque, mientras economías dependientes —Centroamérica, el Caribe— enfrentan un deterioro inmediato de sus balanzas externas.

Reactivación de narrativas: antiimperialismo difuso y nueva moralidad

Lo que reaparece no es un alineamiento ideológico clásico, sino una sensibilidad. incluso países sin ninguna simpatía por el régimen iraní perciben la actuación occidental como arbitraria, errática o directamente prepotente.

La figura de Trump actúa aquí como catalizador simbólico: no tanto por lo que decide, sino por cómo lo decide. La unilateralidad, la volatilidad estratégica, la desconfianza hacia los organismos multilaterales reactivan un imaginario que refuerza la fatiga geopolítica.

Pero este “antiimperialismo” no es doctrinal como en el siglo XX. Es, sobre todo, pragmático. Muchos países del Sur Global no buscan confrontar a Occidente, sino usar a China, Rusia o las potencias regionales como contrapesos más que como aliados naturales. En ese contexto, la idea de “daños colaterales” resulta cada vez menos creíble para amplias capas de la opinión pública global.

Desde la Segunda Guerra Mundial hasta la Guerra de Vietnam la evidencia histórica muestra que el impacto sobre la población civil no es accidental, sino estructural. La erosión de la moral social, la presión interna sobre los gobiernos, la desestabilización del tejido cotidiano forma parte del cálculo estratégico, aunque raramente se explicite.

En este contexto, las sociedades periféricas —muchas de ellas con experiencias propias de violencia o intervención— leen el conflicto con una lucidez escéptica. En esa perspectiva el vector clave es la percepción de desorden en el propio núcleo occidental. Las tensiones entre la Casa Blanca, el Pentágono, la CIA y aliados internacionales proyectan una imagen de improvisación que debilita la legitimidad de cualquier intervención.

Este vacío es observado con atención en el Sur Global. No tanto para explotar la debilidad, sino para recalibrar posiciones. Si el centro ya no garantiza estabilidad, la periferia busca diversificación.

Finalmente, hay un cambio de fondo: la centralidad de la opinión pública. En un entorno hiperconectado, las imágenes de la guerra circulan sin mediación suficiente para sostener relatos oficiales homogéneos.

Las periferias ya no son receptoras pasivas de narrativas. Son productoras de interpretación. Y esa interpretación influye —cada vez más— en decisiones políticas internas que pone en entredicho la legitimidad.

Hacia un sistema más fragmentado y menos ingenuo

La crisis de Irán no solo tensiona el orden internacional. Lo reconfigura desde sus márgenes. Asia gestiona vulnerabilidades energéticas. África enfrenta el riesgo de desestabilización social. América Latina reinterpreta el conflicto en clave histórica y política. Y en todas ellas emerge una constante: desconfianza hacia las narrativas dominantes.

Si algo caracteriza este momento es el fin de la ingenuidad. Ni sobre la guerra, ni sobre las potencias, ni sobre el propio funcionamiento del sistema internacional.

El resultado no será necesariamente un nuevo orden más justo. Pero sí, probablemente, uno más fragmentado, más consciente de sus contradicciones y, por ello mismo, más difícil de gobernar.

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