Boti, boti, boti, cristiano el que no bote

Bluesky
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Un numeroso grupo de fachas estuvieron en el RCDE Stadium el pasado martes 31 de marzo para exhibir su odio y su falta de cultura y de respeto hacia el resto de la gente durante la celebración del partido de fútbol amistoso entre las selecciones de España y Egipto. Añadieron a sus clásicos gritos de «Pedro Sánchez, hijo de puta» o «Puigdemont al paredón» uno especial para la ocasión: «bote, bote, bote, musulmán el que no bote«. Una parte considerable de los asistentes se sumó a los cánticos quizá creyendo que tenía gracia. Pronto se dieron cuenta de que no tenía ninguna y dejaron solos a los energúmenos que se continuaron dedicando a insultar a los que practican la religión musulmana.

Lamine Yamal, que es musulmán, no botó. Eso me hace pensar que entre los fachas que gritaban había pocos del Barça porque para los culés Yamal es el nuevo dios, sustituto de su antecesor Lionel Messi. En las pantallas del RCDE Stadium aparecieron unas frases que lo dejaban claro: «Se recuerda que la legislación para la prevención de la violencia en el deporte prohíbe y sanciona la participación activa en actos violentos, xenófobos, homófobos o racistas». Los fachas siguieron gritando un buen rato. Se les tendría que haber echado del estadio y suspender el partido hasta que no estuviesen fuera.

Eran muchos, sí. ¿Por qué?

Durante muchos años los jueces han tolerado que la extrema derecha utilizara el insulto, el odio, para hacer daño al adversario ideológico. Los medios de la Fachoesfera se han hecho eco encantados y felices de los «Pedro Sánchez, hijo de puta» que los ultras convertían en rebuzno habitual. OK Diario, por ejemplo, la noche del espectáculo lamentable en el campo del Español, publicó como una gran acción popular un vídeo que recogía los insultos al presidente del gobierno. Si puedes llamarle ‘hijo de puta’ al presidente, si una presidenta de comunidad autónoma puede hacerlo en el Congreso de los Diputados y convertirlo después en una supuesta gracieta, si un provocador puede ir por las universidades españolas, las discotecas y los actos del principal partido de la oposición, difundiendo este insulto, ¿nos ha de extrañar que haya un montón de burros que griten «bote, bote, bote, musulmán el que no bote» durante un partido de fútbol?

En Cataluña tampoco podemos estar orgullosos de nuestro papel en el combate contra este tipo de comportamiento. Durante muchos años y todavía hoy hay medios de comunicación y partidos que aplauden que se grite «puta España» en manifestaciones, conciertos, redes sociales y, hasta hace bien poco, en TV3 y Catalunya Ràdio.

¿Cuándo se pasa de los insultos a los puñetazos? ¿Qué pasaría si un grupo de personas se pusiera a gritar «boti, boti, boti, cristià el que no bote» en una misa en la abadía de Montserrat, una procesión de Semana Santa en Sevilla o en un partido de fútbol que enfrentara a Egipto y España en El Cairo?

Más de una vez he dicho y escrito que estoy en contra de las religiones. Que me parecen una ‘comida de tarro’ y que suscribo absolutamente la convicción marxista de que la religión es el opio del pueblo. Si mezclamos el otro opio, la otra droga dura que permite que mucha gente deje fluir sus frustraciones personales, como es el deporte y especialmente el fútbol, tenemos la combinación perfecta para llegar a situaciones vergonzosas como las que vvivmos en el campo de los pericos.

El mundo iría mejor sin personajes como Donald Trump, Benjamín Netanyahu o Vladimir Putin. No tengo ninguna duda. Como tampoco tengo ninguna de que el patriotismo excluyente y la religión han facilitado su acceso al poder, con la colaboración necesaria de las plataformas sociales y de medios de comunicación en manos de autócratas y de individuos a los que les importa muy poco la construcción de una buena convivencia entre personas y países, unas sociedades más justas y un mundo en paz.

No es fácil dar la vuelta a la dinámica en la que nos han instalado estos poderosos pero no nos queda más alternativa que intentarlo. Frente a los «Pedro Sánchez, hijo de puta«, «Puta España«, «Puigdemont al paredón» y «bote, bote, bote, musulmán el que no bote» debemos plantar en la cara de los fachas la ironía y el buen humor de los Monty Python y cantar aquello de «mira siempre el lado positivo de la vida».

Es más, yo organizaría un partido de desagravio entre España y Egipto y pondría esa canción por los altavoces del campo para que la cantara y la silbase todo el mundo. Lo haría en un estadio de Palestina, Minneapolis, Moscú o Khartum. Y al final proyectaría un abrazo entre un jugador musulmán y un cristiano para que quedara claro de qué palo vamos. Todo ello, claro, a la espera de que algún día no haya ni musulmanes ni cristianos. Y dejemos de creer en dioses que no existen.

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