¿Por qué el episodio lamentable del España-Egipto no tendrá consecuencias?

Bluesky
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España-Egipto

En su conjunto, el balance del amistoso España-Egipto de selecciones celebrado el RCDE Stadium a principios de semana no puede haber sido más desastroso para la imagen de todos los implicados en el episodio de islamofobia más multitudinario de Europa, y puede que del mundo entero, en los últimos años. Una vergonzosa e inexplicable ofensa a la libertad de culto, de opinión y de expresión protagonizado no por una minoría, sino por miles de aficionados que representaban, se quiera o no, a la afición española, a la afición catalana y a la afición barcelonesa.

Un desastre del que fueron cómplices y copartícipes por inacción, cobardía y falta de personalidad, cada uno con una cuota de responsabilidad porcentual, todos y cada uno de los estamentos implicados: directivos de la RFEF, autoridades políticas del Gobierno y de la Generalitat, los responsables de seguridad y el cuerpo técnico y jugadores en su totalidad, quizás estos aún más que nadie porque sí que estaba en su mano parar el partido y provocar una reacción de la grada definitivamente en contra de los abominables cánticos que se produjeron a lo largo del partido, en algún momento de las cuatro veces en que se escucharon cánticos seguidos por la mitad de la grada de ‘Musulmán el que no bote’.

En último extremo, incluso, suspender definitivamente el partido porque, más allá de la condición de musulmán de Lamine Yamal, por el respeto debido a cualquier ciudadano de la misma creencia religiosa y al equipo rival completo, Egipto, de mayoría islámica.

No vale la condena posterior al partido del presidente de la RFEF, Rafael Louzán (con la boca pequeña), de cuatro políticos de tercera división, del entrenador Luis de la Fuente (enérgica, pero demasiado tarde), y de algún jugador tras el partido. Tampoco no vale elevar a la categoría de héroe a Lamine Yamal por posicionarse al día siguiente, también con un notorio retraso y, sospechosamente, en respuesta a las primeras críticas en las redes y en los medios por su fe musulmana y su reacción nula, de silencio y quietismo ante hechos bárbaros.

Para ser del todo justos con Lamine Yamal tampoco debe ser acusado por lo contrario, de no liderar una firme protesta de los jugadores in situ. Eso debieron hacerlo los ‘mayores’ y los capitanes del equipo, secundados por el entrenador. Puede, y es comprensible, aunque sin llegar a ser una excusa perfecta, que por su juventud le sobrepasara un poco la situación en el momento y le pareciera que, como barcelonista, detener el partido en el campo del Espanyol acabara metiendo en el mismo saco demasiados conflictos.

Sólo es una mala excusa, pues quien decide celebrar su mayoría de edad con una fiesta de gángsters, enanos y ‘señoras que fuman’ y presumir además de personalidad y carácter independiente fuera del campo, también debe asumir que el fútbol es eficiente como la mejor arma social para combatir las actitudes racistas, como de cualquier otra infracción contra los derechos más elementales, y que como futbolista de elite también puede aportar su grano de arena. Y es libre, desde luego, de pasar del tema por la sencilla razón de que los insultos racistas e islamofóbicos le han llovido tanto desde pequeño que ahora le resbalan y ni los distingue del ruido de fondo de cualquier partido.

Debe elegir, en adelante, y ser igualmente respetado, entre querer ser el Lamine de Cornellà, descreído de su posible rol en la lucha social, o ser más ‘Vinicius’, intolerante y activo ante ataques racistas, sea donde sea.

Se debe evitar, por tanto, reducir los hechos a si Lamine Yamal debió responder el primero a la furia de la grada o si fue el único valiente en publicar al día siguiente un texto que alguien le escribió.

Los verdaderos culpables son, en primer lugar, los grupos organizados a quienes se les permite, como ocurrió en la previa del España-Egipto, campar a sus anchas ideológicas y fuera de la ley, haciendo acopio de entradas a la luz y permisibilidad de las autoridades y de un pasotismo demostrable por su parte: las españolas porque la seguridad era competencia de la policía catalana y las fuerzas del orden locales precisamente para dejar en evidencia a quienes, desde la RFEF, permitieron que las entradas fueran a parar a las manos y bolsillos equivocados.

Muy significativo y propio de la mediocridad del país, Catalunya, esperar a que alguien diera el primer paso al frente, plantando cara a los gritos, para colocarse detrás, a rebufo. Como nadie lo hizo, la noche del 31 de marzo ha pasado a la historia como una humillante y frustrante demostración del vacío de valores, temple y pequeñez del conjunto de la sociedad.

Muy preocupante porque, además, como los Mossos d’Esquadra han sido puestos al mando de la investigación ya es seguro que ‘no le pasará absolutamente nada, a nadie’. Como mucho, una multita a la Federación Española. ¡Qué papelón colectivo!

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